CAPÍTULO TREINTA Y DOS - SIGUE AGUANTANDO
Le habían advertido de que la rutina de una gira era agotadora, pero Melissa solo comprendió lo que Arthur y Gabriel querían decir cuando empezó a sentir en su propia piel lo que significaba estar constantemente en movimiento, entrando y saliendo de aviones, aeropuertos, hoteles y salas de conciertos.
Solo había pasado un mes desde sus últimos días libres y, aunque pareciera increíble, ya deseaba volver a Sarasota.
Le resultaba imposible no darse cuenta de que prefería la soleada Florida a todo lo que conllevaba un horario de locos.
Nunca entendería cómo Gabriel tenía energía para cumplir con todos sus compromisos sin quejarse ni lloriquear, mientras que ella prácticamente se arrastraba detrás de él.
Y para colmo, tenía que lidiar con el insomnio que aún la visitaba con más frecuencia de lo que habría querido. Era cierto que ahora dormía más que antes de empezar la gira, pero todavía había días en los que el sueño simplemente no llegaba.
Era ya la tercera noche que no conseguía dormir más de dos o tres horas, y eso, unido a haber recorrido tres ciudades en cinco días, le estaba pasando factura, sobre todo mentalmente.
Dejando a un lado el inseparable cuaderno de bocetos, ya que ni siquiera podía concentrarse lo suficiente para dibujar, Lissa se llevó las manos a la cara y ahogó un gemido.
Le dolía demasiado la cabeza, le ardían los ojos, y la escasa luz de luna que se filtraba por las ventanas le resultaba tan molesta que parecía estar mirando directamente al sol.
Debería haberle hecho caso cuando Gabriel intentó convencerla de que tomara el medicamento que la ayudaría a dormir, pero evitaba las pastillas siempre que podía.
Pensando que quizá otro baño la ayudaría, se arrastró hasta el cuarto de baño y sumergió el cuerpo cansado en la bañera llena de agua tibia.
Si no se sintiera tan mal por acabar siempre, aunque fuera sin querer, perturbando el descanso de su novio, habría despertado a Gabriel y le habría pedido que se uniera a ella; al fin y al cabo, la semana anterior había conseguido dormir un poco cuando compartió la bañera con el rockero y dejó que él le acariciara el pelo mientras cantaba en voz baja.
Deseando que el recuerdo surtiera el mismo efecto que el momento en sí, cerró los ojos e intentó relajarse.
Debió de ser suficiente, porque lo siguiente que recordó fue estar en brazos de Gabriel, que la llevaba a la cama.
—Está bien... —le susurró él mientras el cuerpo de ella encontraba el colchón y se removía, despertándose—. Vuelve a dormir.
Algo en su voz la despertó de golpe y Melissa buscó el rostro de él.
El sol ya había invadido la habitación, así que debía de haber dormido al menos hora y media, ya que todavía era de madrugada cuando se arrastró hasta el baño. La luz intensa la hizo gemir y cerrar los ojos hasta que se acostumbró.
En cuanto pudo mirarlo, no le gustó la expresión del rostro de Voss.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, forzando la voz para quitarse la ronquera.
—Vuelve a dormir, cariño. —insistió él.
—No puedo... —Lissa negó con la cabeza, agradecida de que la migraña hubiera remitido un poco, y fijó la mirada en Gabriel—. ¿Estabas llorando? —preguntó alarmada al ver los ojos enrojecidos—. Gabe...
—Está todo bien —respondió, con tono irritado—. Solo... —La soltó para que se acomodara como quisiera y se pasó las manos por el pelo, tirándose de él—. Solo me asusté al verte en la bañera.
Melissa tardó un momento en entender lo que quería decir, y cuando lo comprendió, se sintió horrible, peor que nunca.
Se movió todo lo rápido que pudo, se sentó en su regazo y lo abrazó.
—¡Lo siento! —le dijo al oído.
Solo se había quedado dormida, pero podía imaginar lo mucho que la escena debió de recordarle a cuando encontró a su exnovia muerta en una bañera.
—No podía dormir... Pensé que un baño me ayudaría. No tenía intención de quedarme dormida dentro.
—Está bien... —repitió Gabriel, devolviéndole el abrazo—. Fue una reacción exagerada. Ya pasó.
Mel lo mantuvo abrazado un rato, dejándolo digerir lo que había sentido esa mañana e intentando hacer lo mismo al darse cuenta de que se sentía impotente y culpable al ver al siempre seguro Gabriel Voss tan frágil.
—¿Sabes en qué estaba pensando antes de quedarme dormida? —dijo con un tono ligeramente pícaro, para distraer a su novio y a sí misma—. En lo bien que había estado cuando nos duchamos juntos la semana pasada.
—Te dormiste antes de que pudiera caldear el ambiente... —Gabe decidió seguirle el juego a Lissa y no darle más vueltas a la desesperación que había sentido al despertar y encontrar a su novia inconsciente en la bañera.
—No es culpa mía que tu voz me dé sueño... —lo provocó.
—En tu caso, creo que eso es un cumplido... —La apartó de su regazo y la acostó de nuevo a su lado, pero esta vez se acomodó cerca, acariciándole con los dedos el rostro abatido que lo miraba—. Estoy preocupado por ti... —admitió con un suspiro—. Necesitas dormir, Mel.
—Estaba durmiendo hace un momento... —intentó bromear.
—Necesitas dormir más que una siesta cada dos o tres días. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste una noche entera?
Había sido la semana pasada, justo el día que él le había cantado en la bañera. Pero no iba a decírselo o se preocuparía aún más.
—Estoy bien —dijo con una leve sonrisa.
—¿Te tomarás la pastilla esta noche si no puedes dormir? —preguntó con dulzura—. Por favor, cariño.
Seguía odiando dormir bajo los efectos de los somníferos, pero en ese momento descubrió que odiaba aún más la forma en que Gabriel la miraba, como si fuera a hacerse añicos delante de sus ojos.
—De acuerdo... —aceptó, pensando que más tarde lo convencería de volver a intentar el baño juntos antes de tragarse las pastillas que tanto odiaba—. Ahora deberíamos prepararnos para el desayuno... Tengo hambre.
El rockero asintió y habría salido de la cama si el teléfono de Melissa no hubiera sonado justo en ese momento. La observó coger el aparato de la mesilla, mirar la pantalla y hacer una mueca.
—¿No vas a contestar? —preguntó cuando el móvil se quedó en silencio y volvió a sonar.
Al ver el nombre de su madre en la pantalla, Melissa deseó poder ignorar la llamada sin que Gabriel la acribillara a preguntas.
Su madre no la había llamado ni una sola vez en casi cuatro meses fuera de casa, lo cual no era ninguna sorpresa, ya que solo llamaba cuando necesitaba algo. Lo que invariablemente significaba que su marido la había agredido de nuevo.
Molesta, Melissa aceptó la llamada cuando sonó por quinta vez.
—¡Hola, cariño! —cantó su madre antes de que pudiera decir nada.
Bueno, no estaba llorando ni gritando. Eso era una buena señal.
—¿Qué quieres, madre? —murmuró impaciente al teléfono, intentando ignorar la mirada curiosa de Gabriel.
—A mí también me alegra hablar contigo, Melissa —respondió Penelope Bittencourt—. ¿Es que una madre preocupada no puede llamar a su hija?
—Venga ya... —Lissa salió de la cama sin reparar en que estaba desnuda, con la piel aún fresca tras su aventura en la bañera.
Estaba demasiado molesta por la farsa de su madre y el juicio descarado de su novio como para acordarse de que no se había vestido al despertar—. ¿Desde cuándo te preocupas por mí?
—Desde que me he enterado por una web de cotilleos de que te has estado cortando —la respuesta directa, hosca e inesperada hizo que Melissa clavara la mirada en Gabriel mientras sentía que le faltaba el aire.
—¿Qué? —dijo antes de que el teléfono se le resbalara de la mano y cayera al suelo.
—¿Mel? —Gabriel saltó de la cama y corrió hacia ella—. ¿Qué ha pasado?
No pudo responder, pero fue más rápida y se agachó a recoger el teléfono antes de que él pudiera hacerlo.
—¿Dónde has visto eso? —preguntó con voz temblorosa a su madre, que seguía al otro lado de la línea.
—Por lo visto, está por toda internet... Tu tío me llamó muy preocupado y...
Melissa colgó antes de escuchar nada más, y esa vez se derrumbó, aún con el móvil en la mano.
—¿Melissa? —Gabriel se agachó a su lado—. Cariño, respira... —la sacudió suavemente—. ¿Qué pasa?
Ni aunque hubiera querido habría sido capaz de responder. Parecía que la habitación se le caía encima.
La migraña volvió y el aire parecía haberse agotado, pero lo único en lo que podía pensar, lo único que veía, eran las marcas en sus muñecas.
Bajó la mirada hacia sus brazos y comenzó a llorar, lo que solo le dificultó más la respiración.
Sin saber qué hacer, Gabriel la atrajo hacia su regazo y la abrazó.
—Está bien... —ella intentó creerle—. Pase lo que pase, todo va a estar bien.
Repitió el mantra durante largos minutos, hasta que unos fuertes golpes en la puerta interrumpieron el llanto de Melissa.
Los habría ignorado si, además de los golpes, no hubiera reconocido la voz de su mejor amigo.
Se puso de pie con Melissa en brazos, volvió a la cama y, mientras gritaba a su amigo que esperara, sacó un vestido de la maleta de su novia.
—Cariño... —intentó que le prestara atención—. Tienes que vestirte.
Ella lo oyó, pero no podía parar de llorar ni controlar el torbellino de emociones que la invadía.
Con dificultad, Gabriel logró vestirla mientras maldecía a su mejor amigo, que seguía aporreando la puerta como si fuera a echarla abajo.
—¡Qué coño, Arthur! —abrió la puerta, sintiendo que le temblaban las manos—. No es un buen momento.
—¡Es un momento de mierda! —coincidió el mánager, siguiendo a su mejor amigo de vuelta a la habitación—. Por lo visto, ya lo sabéis... —continuó al ver a Melissa llorando en la cama, con la mirada clavada en sus muñecas.
—¿Saber qué? —Gabriel miró a su amigo con desesperación. No sabía qué hacer para que Lissa dejara de llorar—. Mel, háblame, cariño —cogió una botella de agua de la nevera e intentó que bebiera.
Arthur le tendió la tableta al cantante y se encargó de intentar calmar a Melissa mientras Gabriel leía el artículo que había caído como una bomba sobre todos.
«¡Sexo, drogas, alcohol y mucho magreo!