CAPÍTULO TREINTA Y UNO - MALIBÚ #2
—Yo sí lo sé... —comentó Lissa con naturalidad, aunque le hervía la sangre de pensar en el interés nada fraternal que sabía que Karen sentía por Gabriel—. Pero como no quiero pelear, me guardaré de señalar lo obvio.
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—¡Esto es una locura! —gruñó Melissa, frotándose las caderas doloridas mientras subía al coche huyendo del ataque de los paparazzi.
Habían aterrizado en Los Ángeles, donde Gabriel daría algunas entrevistas y dos grandes conciertos para inaugurar el circuito norteamericano de la gira, y los recibió en el aeropuerto una horda de fotógrafos que casi los atropellan en su afán por conseguir una foto de la estrella de rock.
—¿Estás bien? —Gabriel la examinó de cerca; a él también le hervía la sangre al recordar el caos que habían vivido y los empujones innecesarios que habían tirado a Melissa al suelo.
Si Arthur no lo hubiera colocado tan lejos de ella, habría cogido a su novia en brazos y habría salido de aquel vestíbulo con ella a salvo—.
¿Dónde estaba tu guardaespaldas? —preguntó malhumorado.
—Lo siento, Sr. Voss —dijo Pietro de mal humor desde el asiento del copiloto, junto a Brian, que iba al volante—. Debería haber tenido más cuidado. No volverá a pasar.
—La próxima vez pondremos más seguridad alrededor de Melissa —intercedió Brian en un tono ligero y amistoso que revelaba que su relación con el cantante había superado la barrera de lo estrictamente profesional para convertirse en amistad—. Como hacemos contigo.
—No es culpa suya —suspiró Melissa mientras el vehículo conseguía salir del aeropuerto—. Ni tuya tampoco... —añadió al ver el rostro del músico—. Es culpa de esos buitres con cámara. ¿Cómo lo aguantas?
—Es jodidamente incómodo... —el taco hizo que Lissa se diera cuenta de que estaba más cabreado de lo que quería aparentar—. Pero normalmente lo llevo sin muchos problemas. La cosa cambia cuando van a por la persona que quiero.
Con una sonrisa que esperaba resultara reconfortante, Melissa le apretó la mano a su novio.
—Estoy bien, Gabe —le guiñó un ojo—. Enterita. Te lo juro.
Asintió, pero no dijo ni hizo nada, salvo devolverle el apretón, hasta que llegaron al hotel donde se alojarían.
—Déjame ver eso... —pidió Gabriel al entrar en la suite que supuestamente ocuparía él, señalando la cadera de Melissa después de que la chica se la tocara por quinta vez desde que salieron del coche.
Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que los guardias de seguridad habían salido de la habitación y dejó que el cantante le bajara los vaqueros oscuros que llevaba.
—¡Mierda! —se enfureció, aunque tocó con ternura el moretón que empezaba a formarse—. ¿Te duele?
—Solo un poco... —respondió Lissa, volviéndose a subir los pantalones mientras observaba a Gabriel llamar al servicio de habitaciones para pedir un cubo de hielo.
Él la miró fijamente un momento.
—¡Lo siento! —dijo cuando ella se acercó y lo abrazó.
—Estoy bien —le aseguró—. Quitando la humillación de caerme en público —bromeó—. Seguro que hice reír a más de uno.
Voss le dio un beso en la frente y se apartó al oír que llamaban a la puerta. Abrió y vio entrar a Arthur, seguido de una camarera.
—Tu habitación está al lado... —el mánager le lanzó una tarjeta de acceso a Melissa en cuanto despidieron a la camarera y Gabriel empezó a echar el hielo en una toalla—.
Es una tremenda tontería y un desperdicio de dinero, porque sabemos que no la vas a usar.
Pero como paga la discográfica, hagamos como que no nos importa.
Lissa dejó la tarjeta en la mesita de noche y se quitó las botas antes de acomodarse en la cama para que Gabriel pudiera ponerle el hielo en la cadera.
Decidió no responder al mánager. No tenía ninguna intención de ocupar la otra habitación.
Seguirían intentando mantener la discreción, pero habían acordado que dormirían juntos.
—Tienes una entrevista para KiisFM en quince minutos —el mánager siguió dando órdenes, esta vez directamente a Gabriel, al ver que no obtendría respuesta; sacó del bolsillo el móvil que usaban para las entrevistas del cantante y lo encendió—. Mejora ese humor.
El roquero aceptó el móvil, pero no apartó la vista de la cadera de Melissa mientras presionaba el hielo contra el punto que sabía dolorido.
—Habla de los conciertos, de música, de los fans... Nada más —advirtió Arthur, refiriéndose a la relación amorosa que el rockstar mantenía ahora.
—Sí, señor —Gabriel puso los ojos en blanco—. ¿Algo más?
—Sí. Pero hablaré del horario después de la entrevista...
Cinco minutos —el mánager miró el reloj y suspiró—.
Mel, ¿necesitas algo? —preguntó con una delicadeza casi desconocida en él, lo que hizo que la pareja se lo quedara mirando—.
¿Algún medicamento o algo? —señaló la cadera de la chica, ahora entumecida, y los pantalones empapados.
—No... —negó con una pequeña sonrisa—. Está todo bien.
—¡Genial! —Arth volvió al modo de asesor eficiente, sacó su propio móvil, abrió una aplicación de radio y sintonizó la 102.7 FM justo a tiempo para oír que entrevistarían a Gabriel Voss tras la pausa.
Un segundo después, sonó el teléfono que Gabriel tenía en la mano.
Contestó hablando despacio, pero sin alejarse de Melissa.
La voz era la misma de siempre y se esforzó por mostrarse tan amable como siempre, pero el tono lo delataba: no estaba en su mejor día.
El presentador lo notó y, obviamente, se lo preguntó en cuanto empezó la entrevista.
—¿La verdad? —Gabe apoyó la cabeza en la cama—. Estoy cansado y muy cabreado.
Arthur se llevó las manos a la cara y, negando con la cabeza, le pidió a su amigo que se callara.
—Bueno... Acabas de volver de un descanso —respondió el presentador en tono divertido—.
Y parece que te lo pasaste bien en las playas de Sarasota...
—se rio, refiriéndose a las fotos y publicaciones que dos fans habían subido sobre su encuentro con el ídolo—.
En cuanto a lo de estar irritado, creo que te entiendo; todo el lío del aeropuerto tiene que ser un fastidio, pero ya estarás acostumbrado.
—Nunca termino de acostumbrarme —replicó Gabriel—. Sobre todo cuando las cosas se descontrolan, cuando se pasan de la raya.
—No fue para tanto... —la risa del presentador sonó demasiado estridente—. Aquí en el estudio nos hemos reído bastante con el tropezón de tu fan.
Esta vez fue Melissa quien se llevó las manos a la cara, reprimiendo un gemido de vergüenza. ¡Genial! Ahora era el hazmerreír de internet.
Gabriel respiró hondo y fulminó a Arthur con la mirada; este solo pudo encogerse de hombros.
—No tropezó. La empujaron —respondió—. Y no tuvo gracia. Alguien podría haberse hecho daño —retiró la toalla húmeda con el resto del hielo medio derretido y acarició la cadera de su novia.
—Vale... De acuerdo... Espero que esté bien. Es Mel, ¿no?
—Melissa. Y sí, está bien...
—Cambia de tema... —susurró Arthur, casi suplicándole.
—Lo bastante bien como para arrasar en el concierto de esta noche —Gabriel hizo caso al mánager—. He oído que tienes invitados especiales para mí.
—¡Sí! —confirmó el presentador con entusiasmo—. Cinco afortunados que ganaron nuestra promoción...
A partir de ahí, la entrevista transcurrió con normalidad, y Gabriel volvió a ser el cantante simpático e idolatrado de siempre.
Quizá porque por fin había soltado lo que le molestaba, Gabe recuperó su buen humor habitual y siguió el resto del programa del día sin rastro de impaciencia ni desgana.
Y cuando por fin llegó el concierto, lo dirigió con maestría: cantó y tocó varios instrumentos con la energía y entrega de siempre, interactuó con el público y arrancó suspiros de enamoradas.
Como siempre, Melissa lo observó todo desde un rincón oscuro en la parte de atrás del escenario, suspirando apasionadamente, igual que todas las demás fans, cuando él interpretó otro cover especialmente para ella.
—Mi momento más esperado del concierto... —había dicho antes de empezar—. El más especial. Tan especial como la persona a quien dedico estas versiones.
Arthur había dicho que su amigo no podría quedarse callado por mucho tiempo, y al verlo cantarle, Mel concluyó que tenía razón...
La poca discreción que aún le quedaba pronto se acabaría, pero no podía importarle.
No cuando él le declaraba su amor a través de la música y la miraba como si ella fuera todo su mundo.