CAPÍTULO VEINTINUEVE - TAL COMO ERES
“Oh, sus ojos, sus ojos hacen que las estrellas
Melissa lo intentó con todas sus fuerzas, pero no pudo dormir.
Sin embargo, a diferencia de otras veces, lo que la mantenía despierta no eran malos recuerdos ni pesadillas aterradoras.
La razón del insomnio era el rockero dormido sobre la cama revuelta y la sonrisa tonta, casi inexplicable, que él le había dibujado en el rostro.
Era feliz como no recordaba haberlo sido en mucho tiempo, y su sorprendente felicidad tenía nombre, apellido y fama mundial: Gabriel Voss.
Con una risita típica de adolescentes enamoradas que incluso Melissa, pese a su sorprendente buen humor, consideró patética, la chica volvió a mirar al cantante dormido y se concentró en caminar despacio hacia la puerta.
Debería dejar que Gabriel durmiera todo lo que quisiera, pero el día amanecería en algún momento y ella tenía muchas ganas de hacer algo que sin duda sorprendería al cantante.
Cerró con cuidado la puerta de la habitación que acababa de dejar, temerosa de hacer demasiado ruido, y corrió a la habitación de al lado.
Solo se acordó de contener su emoción cuando escuchó a su mejor amiga revolverse en la cama mientras rebuscaba entre las bolsas con todos los regalos que Gabriel le había dado.
—¿Lissa? —la llamó Ang medio dormida mientras su amiga alcanzaba un bañador negro con estampado de calaveras. Se rio al mirarlo. Era muy de Gabriel imaginar que le gustaría, y lo peor era que realmente le había gustado—. ¿Dónde estabas?
Bueno, ya que había despertado a su mejor amiga, le pediría ayuda con un dilema típicamente femenino que jamás imaginó que volvería a afligirla.
Dejó a un lado su maleta y las bolsas, se puso de pie con el bañador y el bikini que había usado esa tarde en las manos, y se volvió hacia una curiosa Angela, todavía tumbada en la cama grande.
—¿Cuál de los dos? —preguntó, mostrándole las dos prendas e ignorando deliberadamente la pregunta que acababa de oír.
Angela alcanzó la lámpara de la mesita de noche y la encendió.
Durante unos segundos, se limitó a mirar a su mejor amiga tratando de entender la situación.
Una pequeña sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios cuando se dio cuenta de que su amiga estaba de pie en medio de la habitación con una expresión radiante y vestida con una camisa de hombre que casi se la tragaba.
—No tienes que responder... —se rio y arqueó las cejas con picardía—. Estabas pasándotelo bien con tu novio buenorro.
Avergonzada, Lissa se miró y se sintió ridícula por llevar puesta solo la camisa de Gabe. ¡Maldita sea! Llevaba solo su camisa. Su rostro debió de ponerse de mil tonos de rojo porque Angela no pudo contener una carcajada.
—Os han pillado enrollándoos... Vaya, qué noche tan movidita.
—¡Cállate ya! —protestó Lissa, pero acabó riéndose con su amiga—. ¿Cuál de los dos?
—¿Para que te pongas? —Ang se acercó a examinar las dos prendas—. El bañador, por supuesto.
—¡Genial! —Lissa tiró el bikini sobre la cama y volvió a las bolsas para elegir un vestido nuevo. Se decidió por uno azul marino de manga larga.
—Espera... —Angela intentó impedir que su amiga se fuera—. ¿Adónde vas? Todavía es de madrugada...
Melissa miró hacia las puertas del porche y contempló la luna, que pronto daría paso al sol. Quizá sí que era demasiado temprano.
—A la habitación de al lado —respondió mientras volvía al centro del cuarto para recoger un cuaderno de bocetos nuevo y las pinturas que le habían regalado—. Ahora vuelve a dormir.
Antes de que Angela pudiera decir nada, Melissa ya había salido de la habitación. Con cuidado, procurando no dejar caer nada, se apresuró a volver al cuarto de Gabriel.
Él seguía dormido y, como llegó a la conclusión de que era demasiado temprano, dejó que el músico siguiera durmiendo.
Se encerró en el baño, se dio una ducha rápida —aunque le fastidió quitarse el olor de Gabriel que llevaba en la piel— y se puso el bañador.
Habría vuelto a la habitación en menos de quince minutos si no se hubiera detenido frente al espejo a contemplar su reflejo.
Seguía sin gustarle lo que veía y no se sentía la mujer más segura del mundo; su autoestima seguía por los suelos...
Pero Gabriel había visto todo lo que siempre había ocultado a los demás y le había dicho que era preciosa...
Incluso lo repitió muchas veces. Así que fingiría que tenía razón, aunque solo fuera por un momento.
Con el vestido ya puesto, volvió a la habitación y, en ese momento, no le importó no llevar nada de maquillaje. Se sentó en el suelo del dormitorio, cerca de la cama, y empezó un nuevo dibujo.
No había terminado el boceto cuando oyó la voz ronca del rockero llamándola.
—Nena... —Ella puso los ojos en blanco ante el nuevo mote cariñoso—. Ven a la cama.
Vale. La llamada hizo que se le encogiera el estómago y se le erizara la piel. Casi cedió.
—Perdona si te desperté... —dijo en voz baja mientras cerraba el cuaderno de bocetos y se ponía de pie para mirarlo. No se privó de pasarle los dedos por el pelo revuelto—. Pero ya que te has despertado, tienes cinco minutos para salir de esa cama.
—Oh, no... —se quejó y, pillando a la chica por sorpresa, tiró de ella hacia la cama—. Duerme conmigo, Mel.
—No creo que te interese mucho dormir... —respondió Melissa entre risas al verse tumbada en el colchón con el cuerpo de Gabriel pegado al suyo.
Él le devolvió la sonrisa y acercó los labios a su cuello para besarle la piel suave.
—Soñé contigo... —dijo entre beso y beso—. Estabas justo aquí, en esta cama, jodidamente preciosa, mirándome con los ojos brillantes después de correrte. Ah, espera, no fue un sueño.
Ella le dio un golpecito en el pecho, fingiendo indignación mientras notaba cómo le ardían las mejillas.
—¡Dios mío! Qué poco delicado eres.
—¿Poco delicado? —la miró y se rio—. Tú has dicho cosas peores.
Era cierto. Pero Melissa no estaba interesada en soltar su veneno habitual. No en ese momento. Así que se colgó del cuello del rockero.
—¿Qué te parece un baño en la piscina?
La sorprendente pregunta hizo que Gabriel dejara de besarla y se quedara mirando a una Melissa sonrojada y apasionada.
—¿En serio? —preguntó él mientras una enorme sonrisa se extendía por su cara.
—Solo tú y yo, mientras todos duermen... —dijo avergonzada por la mirada que él le lanzó—. La piscina tiene buena pinta, estabas muy emocionado allí y, bueno, ahora que has visto... ya no tengo que esconderme...
—¡Oye! —Gabe la calló con un dulce beso—. No tienes que ocultarme nada. Pero tampoco tienes que hacer nada que no quieras solo porque yo lo quiera.
Melissa se rio.
—Yo no hago nada que no quiera para complacer a nadie... —respondió con su peculiar sinceridad—. Me da curiosidad todo eso que dijiste que te gustaría hacer en la piscina.
—Empiezo a pensar que Curiosidad es tu segundo nombre... —bromeó Gabriel y, sin vergüenza alguna, salió de la cama dejando ver su cuerpo desnudo mientras caminaba hacia el armario a buscar un bañador limpio.
—El tuyo puede ser Sinvergüenza —gritó ella mientras intentaba calmar los latidos de su corazón y el ardor que empezaba a recorrer su cuerpo. Estaba buenísimo.
Aún en la cama, escuchó la risa de Gabriel desde el vestidor.
Mientras él no podía verla, se permitió un momento de emoción femenina: agarró la sábana que había cubierto al cantante, se la llevó a la cara y se deleitó con su aroma.
—Descarado, seguro de sí mismo, huele de maravilla y es absurdamente cautivador —susurró para sí misma—. Y me ama.
—Y tanto que te amo —la voz de Gabriel la hizo soltar la sábana y salir de la cama, avergonzada—. Amo todo de ti, incluso cuando hablas sola.
Él sabía usar las palabras para deslumbrarla, quizá por eso ella olvidó todo lo demás y lo atrajo hacia un beso largo y húmedo.
♫
—¿Encontraste lo que te pedí? —preguntó Arthur mientras el investigador privado entraba en su apartamento a primera hora de aquel nuevo día.
—Sí, señor Montgomery. Aquí tiene el expediente completo de Melissa Bittencourt —el chico le entregó la carpeta.
—Dime lo más relevante —dijo mientras hojeaba las páginas sin leerlas.
—No hay registros del padre de la chica; la madre es una socialité casada con el dueño de una importante cadena hotelera, y encontré indicios de violencia doméstica.
No se llevan bien porque Melissa no soporta la sumisión de su madre ante el hombre que la maltrata.
Antes del concurso, la chica trabajaba en un bar y su mejor amiga tiene cáncer en fase terminal.
Arthur suspiró. Ya sabía lo de Angela, pero parecía que todo lo relacionado con Melissa era más complicado de lo que pensaba.
—Problemática, como imaginaba... —concluyó—. Aún siento que falta algo... Una pieza de ese rompecabezas. En fin, gracias por el trabajo y, como acordamos, sé discreto.
—Sí, señor.
Impaciente, el mánager se puso a dar vueltas por la habitación después de que el investigador se marchara. Sentía que las cosas se le escapaban de las manos y lo odiaba. Necesitaba encontrar la manera de ayudar a Melissa y, en consecuencia, a Gabriel.
No quería que su amigo volviera a quedar destrozado por otra tragedia, porque esta vez sabía que sería mucho peor.
No iba a resolver nada dando vueltas por su casa, así que metió el expediente en el maletín y, resignado, salió del apartamento. Intentaría encontrar una solución yendo directamente a la fuente de todo el caos en que se había convertido aquella gira.
♫
Gabriel no podía quitarle los ojos de encima.
Estaba tan hermosa con los ojos cerrados y una sonrisa bailándole en los labios mientras dejaba que su cuerpo flotara tranquilamente en medio de la piscina.
Quería acercarse y jugar con el largo cabello que se mecía alrededor de aquel rostro perfecto, pero también quería quedarse allí, en el borde de la piscina, solo observándola, cada vez más cautivado.