Ángel roto CAPÍTULO VEINTIOCHO - LOVE ME LIKE YOU DO #3
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CAPÍTULO VEINTIOCHO - LOVE ME LIKE YOU DO #3

Con una sonrisa entrecortada por los jadeos, el rockero detuvo sus movimientos y se acercó a la cama.

—¿Quieres tocarme?

—¿Puedo? —Lissa gateó hasta el borde de la cama—. ¿Y si no lo hago bien?

La respuesta del rockero fue cogerle la mano y colocarla alrededor de su erección.

Animada por el gemido que escapó de los labios de él, Melissa apretó los dedos a su alrededor e inició un suave vaivén.

Había algo embriagador en ver a un hombre tan guapo entregado a sus caricias, especialmente para Melissa, que nunca se había sentido capaz de despertar reacciones tan intensas en nadie.

—¿Cómo te gusta? —preguntó en voz baja, concentrada en hacer del momento lo mejor posible.

Gabriel luchaba contra sí mismo, deseando prolongar aquel momento indefinidamente, pero era difícil… Incluso con caricias torpes e inseguras, ella lo estaba llevando directo al clímax.

—Más presión. —Tras respirar hondo, colocó su mano sobre la de ella y le mostró cómo le gustaba que lo tocaran—. Más rápido.

Melissa mantuvo el ritmo que él le había enseñado incluso cuando la mano de él abandonó la suya para dejarla trabajar sola, y llevó las yemas de sus dedos libres hasta las letras tatuadas en el lado izquierdo de la cadera masculina.

La verdad es que estaba fascinada. Con todo lo que había en él. Tanto que quería observar y tocar cada detalle.

—¿Cómo te gusta que te toquen? —La pregunta susurrada hizo que la chica apartara la atención de sus movimientos y se concentrara en su rostro—. Cuando te masturbas…

—Yo… —Sin darse cuenta, Lissa redujo el ritmo—. No lo sé.

Con la mente nublada por el deseo, el rockero tardó un momento en comprender lo que ella quería decir.

—¿Nunca te has masturbado? —preguntó con una mezcla de incredulidad y tristeza.

—Lo he intentado algunas veces… —respondió avergonzada, apartando la mirada y retirando la mano que lo tocaba—.

Pero nunca fue lo suficientemente bueno como para querer repetirlo.

Antes… —hizo una pausa, se encogió de hombros y, tras pensarlo un segundo, volvió a tocar su erección—.

Era torpe y no me interesaba. Y luego… Luego, cuando lo intenté, fue como revivir lo que pasó, fue horrible y me parecía tan incorrecto.

—No lo es… —respondió Gabriel con seriedad, odiando cuánto la habían herido—. No hay nada malo en darte placer a ti misma, en conocer tu propio cuerpo. —Con suavidad, apartó la mano de ella y se agachó para mirarla a los ojos—. No hay nada malo en saber qué te gusta sexualmente, qué prefieres…

—Hasta que te conocí… prefería no pensar en ello y evitar cualquier contacto con hombres.

—Pero ya no es así —dijo él, recordando lo que ella había dicho la noche anterior, cuando los malos recuerdos le impidieron seguir—. Ahora lo quieres todo.

—Todo contigo... —corrigió Lissa—. Contigo quiero ser una chica normal.

—Puedes ser lo que quieras —le aseguró, y la besó despacio—. Puedes hacer lo que quieras.

—Quiero que me toques, quiero que me beses, pero me da vergüenza y miedo.

—No hay nada de lo que avergonzarse —Gabriel le acarició el rostro—. No tienes por qué tener miedo. Nunca haré nada que no quieras. ¡Te lo prometo!

—Lo sé... —confirmó ella, y besó los dedos que le recorrían los labios—. Tengo miedo de no poder seguir, de frustrarte, de que te canses de mí.

—Si no puedes seguir, paramos. Y lo intentamos de nuevo cuando estés lista. ¿No es lo que hemos estado haciendo? —le sujetó el rostro con las manos y le besó la frente mientras ella asentía—. Y no importa cuántas veces tengamos que intentarlo, no voy a rendirme. ¡Te quiero! Nunca voy a dejarte.

—Es horrible cuando paramos y... me siento vacía y frustrada y enfadada y confundida...

Gabriel se rio por lo bajo y la besó con fiereza.

—Eso es porque estás excitada, y cuando paramos, tu cuerpo tiene que lidiar con toda esa excitación...

—Si supiera cómo tocarme, ¿sería mejor? Porque ahora mismo me siento bastante enfadada, frustrada y confundida.

—Si tienes un orgasmo, sería mejor... —respondió sin más, y la dejó pensar en lo que acababan de hablar.

—Vale —soltó tras respirar hondo.

—¿Vale? —el rockero alzó una ceja—. ¿Eso significa que quieres intentarlo?

—cuando ella volvió a asentir, tuvo que morderse el labio para no soltar lo que estaba sintiendo—.

¿Ahora? —¡Joder! Verla tocarse lo llevaría directo al orgasmo, pero no iba a dejar que su reacción hormonal afectara a su chica.

—Estoy... —Lissa llevó una mano temblorosa al dobladillo del vestido y apretó la tela—. Me da vergüenza lo que vas a ver.

—Podemos apagar la luz... —sugirió—. Pero voy a querer cada centímetro de tu piel, Mel. ¡Eres preciosa!

—Mis... —empezó, pero la palabra se negó a salir de sus labios. Frustrada, se apretó la muñeca.

—Tus cicatrices... —Gabriel le acarició los brazos—. Son parte de ti. Y te quiero tal como eres.

Melissa buscó la mirada de Gabriel y, aun con los ojos llorosos, no vio en ellos más que verdad y deseo.

—Hay otras... No solo en los brazos.

—Eso no cambia nada —dijo el cantante, y se inclinó hacia la mesita de noche para apagar la lámpara. Lissa lo detuvo: le sujetó la mano y se la llevó al dobladillo del vestido.

—Tú me mostraste todo... Me dejaste tocarlo todo —dijo mientras hundía los dedos en el pelo de Gabriel—. Quiero hacer lo mismo.

Él la besó una vez más y luego se sentó en la cama, apoyado contra el cabecero.

—Ven aquí... —la llamó mientras ella lo miraba fijamente—. Despacio... Hagámoslo despacio.

Ella gateó sobre él hasta acomodarse en sus muslos.

La besó despacio al principio, hasta que la sintió relajarse en sus brazos, hasta que la respiración de ambos se volvió jadeante, hasta que estuvieron gimiendo el nombre del otro.

Solo entonces profundizó el beso y dejó que sus manos se deslizaran con suavidad por los muslos de ella, subiendo la tela que la cubría, recogiendo el vestido en su estrecha cintura. Entonces se detuvo y la miró.

—¡Eres preciosa! —dijo, y le acercó los labios al lóbulo de la oreja.

—Todavía no has mirado... —intentó bromear. Quería relajarse y disfrutar de lo que sentía.

—He visto todo lo que necesito para saber que eres preciosa... —respondió mientras sus manos deslizaban la tela hacia arriba—. Nada puede cambiar eso.

Él sabía cómo evitar que se perdiera en el limbo del autodesprecio; quizás por eso ella no sintió más que una oleada abrumadora de deseo cuando por fin le quitó el vestido, la recostó en la cama y le bajó las braguitas.

—Puedes parar cuando quieras... —le aseguró mientras la pequeña prenda le bajaba por las piernas y acababa en el suelo—. ¡Joder! Es aún más hermosa de lo que pensaba.

Ella sonrió, un poco insegura, pero disfrutó de cómo él la miraba.

Cuando él le cogió la mano y se la llevó a la entrepierna, ella respiró hondo y sintió el corazón tronarle en el pecho. Estaba insegura, pero aun así logró separar un poco las piernas.

Gabriel entendió el miedo y la vergüenza cuando sus ojos encontraron las marcas en los delicados muslos: muchas más cicatrices que en las muñecas, cortes más profundos que marcaban la piel pálida y, sobre todo, el alma. Pero eso no cambiaba nada. Para él, ella seguía siendo hermosa.

Melissa esperó conteniendo la respiración mientras observaba el rostro de Gabriel. Temía encontrar asco en su mirada, pero cuando él vio las cicatrices, su expresión de deseo y afecto no cambió.

Él deslizó un dedo por la piel marcada y le sonrió.

—Ya te lo dije —se encogió de hombros—. Eres preciosa, y nada va a cambiar eso.

—No fue una fase rebelde —dijo ella. Estaban tan cerca que mentirle le parecía impensable.

—Lo sé... —respondió el rockero sin más. Lo había sabido desde que vio por primera vez las cicatrices en su muñeca, pero había preferido dejar que ella guardara la verdad para sí, sin obligarla a hablar de nada doloroso.

—Era la mejor manera de lidiar con los ataques de pánico, con los recuerdos... El dolor... Me gustaba el dolor porque me hacía olvidar, al menos por un rato.

—¿Ya no? —Siguió dibujando círculos sobre su piel, con un afecto íntimo y despreocupado.

—Nada tiene el mismo efecto desde que me besaste en Navidad.

Él asintió. Era una bomba de relojería, pero ya pensaría en eso más tarde... Y encontraría la manera de evitar que explotara. Hasta entonces, la besaría todo lo que ella quisiera si con eso impedía que volviera a cortarse.

Decidido a darle todo lo que necesitaba, se inclinó y posó los labios en el punto donde la había estado acariciando.

—¡Gabriel! —se alarmó, pero pronto quedó completamente embriagada por la deliciosa sensación de los labios del cantante sobre cada una de sus cicatrices.

Cuando centró su atención en el otro muslo, ella jadeó.

—Me toca a mí... —dijo con la respiración entrecortada.

Él negó con la cabeza.

—Tú primero.

Gabriel imaginó que ella sería tímida, pero la mano que estaba en su bajo vientre bajó hasta la ingle casi de inmediato. Con ternura, le separó aún más las piernas, y se enamoró un poco más al comprobar que estaba húmeda.

Ella gimió al primer roce y él volvió a besar las líneas blanquecinas esparcidas por la piel de sus muslos, alternando besos con elogios y provocaciones sensuales. Su voz se mezclaba con los gemidos de ella, que iban en aumento conforme crecía el placer.