Ángel roto CAPÍTULO VEINTICUATRO - NO ES ALGO MALO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO - NO ES ALGO MALO

Gabriel Voss se despertó cuando el día comenzaba a amanecer. Gruñó al sentir la luz del sol golpeándole el rostro y el viento frío que entraba por la ventana abierta y le hacía tiritar.

Él se había dormido primero en mitad de la noche, y no tuvo que esforzarse para deducir que Melissa había aprovechado para sentarse en el alféizar de la ventana a contemplar el horizonte mientras el viento le revolvía el cabello.

Era maravilloso dormir junto a Mel, pero odiaba la terrible manía que tenía la chica de dejar la ventana abierta.

Refunfuñó un poco más fuerte esta vez al tropezar con el cuaderno de bocetos de la chica. Por lo visto, había hecho algo más que abrir la ventana y contemplar el horizonte antes de rendirse por fin al sueño.

Con el humor matutino en alza, el cantante recogió el cuaderno del suelo y echó un vistazo a la cama que acababa de abandonar.

Era olvidadiza, molesta, desordenada, problemática... Pero también era hermosa y encantadora. Eso pensó mientras la observaba dormir, de pie en medio de la habitación: ella boca abajo en la gran cama, con el cabello oscuro esparcido sobre la sábana.

A pesar de la incursión nocturna a su propia habitación para buscar el cuaderno de bocetos y el grafito, no se había cambiado el vestido negro que llevaba cuando irrumpió en el cuarto de él para contarle lo de los antiguos cumpleaños.

Lo cual había sido mala idea, ya que el vestido se le había subido hasta la cintura durante las horas de sueño, dejando las piernas esbeltas al descubierto.

Para alivio del rockero, gran parte de la piel blanca estaba cubierta por las medias.

Y para su sorpresa, lo poco que quedaba a la vista bastaba para excitarlo.

No lo habría creído si alguien le hubiera dicho que era una chica a la que le gustaba usar medias de liga, pero los muslos al descubierto justo por encima del borde de la media no dejaban lugar a dudas.

Pasándose la mano por el cabello revuelto, Voss se dio cuenta de que el sueño se había esfumado, dejando en su lugar una excitación vergonzosa que no podía quitarse de encima.

Al menos no llevaba liguero, y las bragas eran lo bastante discretas como para no dejar nada demasiado inapropiado a la vista.

Ignorando el corazón acelerado y la erección que no había podido evitar, volvió a la cama.

Pensó en bajarle el vestido, pero no le parecía correcto tocarla, aunque fuera solo para cubrirla, estando ella inconsciente, especialmente después de confirmar sus sospechas de que había sido víctima de abuso sexual.

Pensar en todo lo que ella le había contado durante la noche le robó gran parte de la excitación. Jamás la tocaría sin su permiso, ni siquiera para sacarla de una situación embarazosa.

Apartando la mirada de los muslos de ella, Gabriel arrojó con delicadeza sobre el cuerpo de Lissa el pesado edredón que lo había cubierto a él minutos antes, y se rio en voz baja cuando ella se removió, quejándose.

A ella le gustaba el frío, así que decidió dejar la ventana abierta, pero corrió las cortinas para atenuar un poco la luz excesiva que inundaba la habitación.

Demasiado despierto para volver a dormirse, optó por hojear el cuaderno de bocetos que tenía en la mano, aprovechando la rara oportunidad de disfrutar de los dibujos sin que la dibujante se los ocultara.

Era realmente buena. Talentosa y perfeccionista. Incluso más entregada que él mismo cuando componía música.

Algunos dibujos eran tan realistas que parecían fotografías en blanco y negro. Mientras contemplaba una reproducción de la Torre Eiffel, se preguntó qué sería capaz de crear con lápices de colores o con las pinturas que él le había regalado.

Tenía muchos dibujos de Angela, la mayoría de hecho, pero algunas páginas estaban llenas de paisajes que ella había contemplado desde lejos en los últimos días, e incluso un dibujo de él en el escenario, con fans al fondo: uno de sus conciertos eternizado por los trazos y la mirada artística de ella.

Ese dibujo era precioso y enseguida se convirtió en uno de sus favoritos.

Estaba lleno de pequeños detalles, como flashes estallando desde los móviles alzados hacia él y miradas apasionadas clavadas en su figura.

Mirándolo de cerca, pudo distinguir a una fan llorando con los ojos cerrados.

Había visto esa misma escena tantas veces durante los conciertos que ya no le resultaba una sorpresa impactante, pero verla en el dibujo de Mel lo conmovió como las primeras veces.

Su música aún tocaba a la gente tanto como los dibujos de ella podían tocarlo a él.

Quería quedarse con el dibujo y compartirlo con el mundo. El primer deseo probablemente nunca se cumpliría; Melissa no le daría el dibujo, al fin y al cabo le molestaba verlo hojear el cuaderno de bocetos. Pero el segundo podía hacerlo realidad, aunque después tuviera que enfrentarse a su ira.

Con una sonrisa traviesa en el rostro, buscó el móvil y fotografió el dibujo innumerables veces hasta encontrar el mejor ángulo, en el que cada detalle quedaba visible.

Lo compartiría con sus fans, solo para que supieran que Melissa era tan talentosa como el cantante que supuestamente era su ídolo, o más.

Pero primero prefería aprovechar la rara oportunidad de disfrutar de los dibujos que ella había hecho.

Estaba ansioso por descubrir qué había creado después de la noche de desahogo que habían compartido.

Llegó a las últimas páginas, algo aprensivo, temiendo que ella hubiera plasmado algunos de sus malos recuerdos.

Para su sorpresa, lo primero que encontró fue un retrato de él mismo en el escenario, con la guitarra en las manos y los ojos cerrados mientras cantaba.

Reconoció el momento de inmediato: cuando había decidido cambiar la actuación ya prevista de Everything por una versión improvisada de All of me.

Había cantado para ella, como un regalo de cumpleaños sin anunciar.

Apartando la mirada del dibujo, Gabriel la buscó en la cama.

Seguía dormida, completamente ajena a que él se estaba enamorando un poco más de ella en ese preciso instante.

De entre todo lo que podía dibujar, había elegido reproducir ese momento...

Quizá se estuviera engañando, pero quería creer que el recuerdo de su voz declarándole su amor en una canción era más fuerte que el dolor de los abusos que ella había sufrido.

Tal vez no bastara para borrar todo lo demás, pero aquella noche había sido más fuerte que el miedo y la angustia que él había visto en sus ojos verdes cuando ella le contó su vida.

Con los ojos humedecidos, encontró el último boceto.

Él también aparecía, pero junto a ella. Los dos en la misma cama donde ella dormía ahora, con Melissa sobre las piernas de él, la cabeza gacha, las uñas aferradas al suéter que Gabriel había elegido ponerse, mientras las manos de él le rodeaban la delgada cintura.

Como de costumbre, ella no había olvidado ningún detalle: la guitarra estaba junto a ellos en la cama, la caja de cupcakes en el suelo, y el rostro de él aparecía marcado por una mezcla de ira y compasión mientras la observaba.

Y sin embargo, había añadido un toque fantasioso y a la vez tan real: de la espalda de ella nacían unas alas magulladas y ensangrentadas, con plumas cayendo sobre el colchón.

En la esquina inferior había escrito una cita de la letra de la canción que él había elegido cantar antes de dormir.

Una obra de arte sencilla, íntima y llena de significado.

Quedaría perfecta como portada de un CD.

Pero sería aún más perfecta grabada para siempre en su corazón.

Apartó el cuaderno de bocetos al sentir que una lágrima le rodaba por la mejilla, antes de que cayera sobre el dibujo y lo mojara.

Movido por un impulso, abandonó la silla y volvió a la cama, envolviendo el cuerpo de Melissa en un abrazo apretado que hizo que la chica murmurara su nombre en señal de protesta.

Antes de despertarla, Gabriel la soltó y le dio un largo beso en la frente.

Habría seguido besándola con ternura si su móvil no hubiera pitado tres veces seguidas, avisándole de que tenía mensajes nuevos.

Al pulsar el icono parpadeante, el cantante encontró un mensaje de su mejor amigo, otro de su madre y otro de Angela.

Al parecer, todos estaban ya despiertos y querían hablar con él urgentemente.

Los ignoraría a los tres un rato más. Antes de averiguar qué querían, compartiría algo del talento de Mel con el mundo, se daría una ducha y le prepararía un buen desayuno en la cama a su ángel roto. Se lo merecía.

Entró en el baño y abrió la aplicación de Instagram.

Ignoró los miles de notificaciones que siempre aparecían, pulsó el icono de la cámara para acceder a la galería de fotos y subió la imagen que le había hecho a Melissa mientras dibujaba.

Escribió un pie de foto ensalzando el talento de la chica y compartió la imagen.

Ya estaba dentro del baño, bajándose el pantalón de chándal, cuando revisó su perfil, como siempre hacía después de publicar algo nuevo.

Se quedó paralizado al ver la miniatura de la foto que le había sacado a Melissa la noche anterior, con un cupcake en la mano.

Pulsó en la imagen para ampliarla y sintió que el corazón le daba un vuelco al leer el pie de foto.

Ella había publicado la imagen y le había dado las gracias por supuestamente haberle reparado las alas…

Si las alas habían sido restauradas, aunque fuera parcialmente, no era mérito suyo sino de la fuerza que ella llevaba dentro y parecía ignorar.

Pero aun así estaba bien que le reconociera algo de mérito.

Nadie, aparte de ellos dos, podía imaginar cuánto significaba que esa imagen estuviera ahora publicada con ese pie de foto.