CAPÍTULO VEINTIUNO - DÉJALA IR
“Quizás algún día entiendas por qué
Gabriel Voss se despertó en mitad de la noche al oír un llanto quedo. Todavía desorientado por el despertar repentino, tardó un buen rato en darse cuenta de que el sonido provenía de Melissa, que se había zafado de su abrazo y estaba acurrucada en el extremo opuesto de la cama.
—¿Mel? —la llamó, conteniendo un quejido por haber pasado tanto tiempo en una postura incómoda—. ¿Cariño?
Ella no respondió, ni siquiera se movió, así que el cantante se desperezó como pudo y encendió la lámpara de la mesita de noche.
Melissa estaba boca arriba, así que el rockero se acercó y la atrajo de nuevo hacia sí. Tenía el rostro bañado en lágrimas y una expresión de angustia; la respiración era entrecortada, pero mantenía los ojos cerrados. No le costó entender que Lissa estaba teniendo una pesadilla.
La sacudió con suavidad y volvió a llamarla, pero solo consiguió que su pequeño cuerpo temblara y que un gemido escapara de sus labios entreabiertos.
Gabriel siguió intentando despertarla un rato más, hasta que cayó en la cuenta de que el medicamento que la había convencido de tomar era lo que la mantenía sumida en el sueño.
—Tranquila —la abrazó con fuerza, porque era lo único que podía hacer—. Todo está bien. Solo es un mal sueño.
Obviamente ella no le respondió, pero poco a poco se fue calmando. Las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas y empapaban la camisa del rockero, pero los gemidos habían cesado.
Se acomodó en el cabecero de la cama como pudo, abrazó a Melissa y deseó poder meterse en su mente para ahuyentar lo que fuera que la atormentaba.
Le acarició el largo cabello, la dejó llorar y cerró los ojos de nuevo. No podía volver a dormirse, preocupado por ella.
Mientras deslizaba los dedos por los mechones negros, comenzó a cantar en voz baja la canción que siempre le recordaba a Melissa.
No sabía si ella lo estaba escuchando, pero cuando llegó a la segunda mitad de Everything, la chica había dejado de llorar y mantenía una mano aferrada a su camisa, como si él fuera su salvavidas.
Gabriel repitió la canción hasta que las palabras empezaron a desdibujarse y, aun en contra de su voluntad, acabó quedándose dormido.
Cuando volvió a despertarse, Melissa seguía en la misma posición, aferrada a su pecho. A diferencia de la primera vez, el rostro de la chica mostraba ahora una expresión serena, como si nada hubiera perturbado su sueño.
Se movió despacio y la besó con ternura: primero los ojos hinchados, luego las mejillas marcadas por el rastro de las lágrimas secas, y por último la frente.
—¿Qué voy a hacer contigo? —susurró, y volvió a besarla.
Pensando que ella podría despertarse en cualquier momento, se zafó de su agarre y salió de la cama.
Le dolía la espalda y tenía el brazo entumecido de haber mantenido a Mel pegada a él durante tanto rato, pero no iba a quejarse.
A pesar de las circunstancias, dormir con Melissa en sus brazos había sido maravilloso.
Y en lo que a él respectaba, haría que el día que comenzaba fuera igual de bueno.
Le levantaría el ánimo a la chica y, al menos durante ese día, le haría olvidar lo que fuera que hubiera provocado la crisis de pánico que la había dejado tan vulnerable.
♫
Melissa se pegó al guardia de seguridad y se aferró al bolso mientras agachaba la cabeza para protegerse de los flashes que casi la cegaban.
¡Maldita sea! No entendía cómo Gabriel conseguía pasar por situaciones así sin perder el buen humor.
Un simple paseo hasta la puerta de embarque se había convertido en toda una odisea, con la dificultad de caminar rodeada de los malditos paparazzi. Y eso ni siquiera era lo peor... Lo peor, sin duda, eran las preguntas malintencionadas con la clara intención de molestar al cantante.
Maldijo en voz baja al sentir que la empujaban de un lado a otro y, sin pensarlo mucho, se agarró al abrigo de Arthur para mantenerse en pie y no quedarse rezagada. Todavía se sentía algo mareada por el sedante que le habían hecho tomar, y todo aquel jaleo no ayudaba precisamente.
El mánager aminoró el paso y se colocó junto a Melissa. No dijo nada, pero la tomó del brazo y, con la ayuda de los guardias de seguridad, la guio a través de la locura que suponía seguir a Gabriel Voss.
Respiró aliviada cuando dejaron atrás la confusión. Antes de que pudiera parpadear, Gabriel ya estaba a su lado.
—¿Estás bien? —le preguntó mientras la examinaba con atención.
Lissa puso los ojos en blanco y quiso gritarle, pero no pudo, no cuando él había pasado todo el día mimándola y en ese momento solo estaba preocupado por ella.
—¿Montas este lío vayas donde vayas? —lo fulminó con la mirada, y cuando él sonrió, deseó poder acurrucarse de nuevo entre sus brazos.
—Solo a veces... —le guiñó un ojo—. Venga, subamos a bordo para que puedas descansar un poco más.
Mel lo siguió y dejó escapar un hondo suspiro al sentarse a su lado en la parte trasera del jet privado que los llevaría a Europa para la primera etapa de la gira.
—Cántame otra vez... —le pidió en voz baja mientras el avión comenzaba a rodar por la pista—. Como anoche.
Él le pasó un brazo por los hombros y cantó, tal como ella le había pedido. Cantó todas las canciones que le vinieron a la cabeza hasta que se dio cuenta de que se había quedado dormida.
—No sé para qué me molesto en pedirte que disimules... —comentó Arthur mientras se acercaba—. No me haces caso.
El cantante le sonrió.
—Si no te hiciera caso, habría ido a ayudarla a atravesar ese lío en el aeropuerto.
—Me reconforta saber que todavía no te has quedado completamente sordo —se burló el asistente.
—No hay nadie cerca, Arth —el cantante recostó la cabeza en el respaldo del asiento—. Relájate.
—Mira a tu alrededor, Gabriel. Hay mucha gente aquí.
—Solo es nuestro equipo, Arthur. Si no podemos confiar en ellos, deberíamos contratar a otra gente.
—Vale... —Arthur levantó las manos en señal de rendición—. Pero que este secretito quede entre los nuestros. En público...
—Discreción. Ya lo sé —terminó Gabriel, harto del tema.
Arthur siguió observando a la joven pareja un momento más. Aquello aún podía acabar mal, pero no podía negar que hacían buena pareja, siempre que Melissa no estuviera despierta esparciendo su veneno por doquier.
Quién sabe, quizá Gabriel le sentara bien. Eso esperaba, al menos.
♫
Lissa ignoró la presencia de Arthur mientras el asistente inspeccionaba la nueva habitación de hotel, y sin que le importara nada, se dejó caer en la enorme cama sin quitarse los zapatos, cerró los ojos y deseó poder dormir un poco.
Malditos analgésicos, que la dejaban tan somnolienta.
Era una de las razones por las que los evitaba a toda costa.
Siempre quería estar alerta, lista para defenderse si hacía falta.
—Melissa, ¿me oyes? —Arthur se plantó junto a la cama y se cruzó de brazos.
La chica lo miró.
—Por desgracia, sí, Niñera —respondió con una sonrisa irónica mientras observaba a Gabriel acercarse y quitarse los zapatos despacio antes de reunirse con ella en la cama.
Se estaba dejando llevar demasiado, pero no podía evitar que le gustara la cercanía con el cantante—.
No vas a parar de hablar, ¿verdad? Estoy pensando en hacerte un regalo: una mordaza... ¿Cuándo es tu cumpleaños?
Gabriel contuvo una carcajada para no molestar a su mejor amigo.
—Te escuchamos, Arth —dijo Gabriel en tono tranquilizador—. Hoy tenemos cena con el equipo, y mañana el día será intenso —recitó algunas de las cosas que habían oído en los últimos minutos—. No llegaremos tarde.
—Por supuesto que no llegaréis tarde —sentenció Arthur—. Porque tú te vas a tu habitación, descansas y te preparas para la maratón de conciertos que empieza mañana.
El cantante se contuvo para no poner los ojos en blanco.
Quería quedarse donde estaba, junto a Melissa, sobre todo porque la chica seguía comportándose de forma extraña, especialmente teniendo en cuenta lo amable que estaba siendo con él.
Ese día, Mel no lo había echado ni le había soltado una de sus réplicas mordaces; al contrario, había aceptado encantada su presencia e incluso se había acurrucado en sus brazos en cuanto había tenido ocasión.
Si no la conociera lo bastante bien como para saber que aquella calma acabaría en algún momento, le habría propuesto compartir habitación.
Sería más práctico que tener que escabullirse hasta su cuarto después de la cena, y al fin y al cabo, estaba decidido a pasar otra noche cerca de ella, por si lo necesitaba.
—A lo mejor deberíamos regalarle una mordaza de verdad...
—le susurró el cantante a Melissa, aunque se levantó, dispuesto a seguir a su mejor amigo—.
Puedes aprovechar para quedarte sola y llamar a Angela...
—observó cómo Lissa se tapaba la cabeza con una almohada.
Había evitado ese contacto todo lo posible, y eso era sin duda una de las cosas que le preocupaban.
Había algo que le ocultaba, y por lo visto, también quería ocultárselo a su amiga—.
Es capaz de mandar a la CIA a seguirte si no le das noticias.
Ya he perdido la cuenta de los mensajes que me ha enviado.
Mel no contestó, así que el rockero le apartó la almohada de la cara y le deslizó un dedo suavemente por los labios pintados de oscuro.
Lissa quería apartarse de aquella caricia, igual que quería atraerlo hacia sí e ignorar la presencia de Arthur. No hizo ni una cosa ni la otra. Se quedó allí sin más, dejándose acariciar, hasta que suspiró.
—De acuerdo —aceptó—. Llamaré.
La estrella de rock sonrió, se inclinó y le dio un beso suave en los labios que había estado acariciando.
—¡Buena chica! —bromeó mientras le revolvía el pelo.
Melissa prácticamente gruñó y lo empujó, lanzándole la almohada al pecho mientras Gabriel se reía de su ataque.
—¡No me hables así! —exigió irritada.
Él asintió.