Ángel roto CAPÍTULO CATORCE - WONDERWALL #4
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CAPÍTULO CATORCE - WONDERWALL #4

A la mañana siguiente, cuando despertó, Melissa Bittencourt se sentía tontamente feliz.

Todavía no podía creer los momentos increíbles que había pasado junto a Gabriel.

Apartó las mantas y se estiró durante un buen rato antes de salir de la cama.

Mientras se preparaba para asearse, notó un papel cerca de la puerta. No estaba ahí la noche anterior.

Curiosa, Melissa se apresuró a recogerlo y confirmó lo que ya sospechaba. Era una nota de Gabriel que la invitaba a desayunar en el restaurante del hotel a las nueve en punto.

Eufórica, Lissa corrió a la mesita de noche y cogió el móvil para ver la hora.

Tenía veinte minutos para prepararse. Tras una ducha rápida, se vistió con sus habituales vaqueros y camisa de manga larga.

No había tiempo para secarse el pelo, así que solo le quitó el exceso de agua y se lo peinó.

Se echó un poco de perfume y ya estaba lista.

Al salir de la habitación, vio a un guardia de seguridad apostado junto a su puerta.

—¡Buenos días, señorita! —la saludó educadamente, pero con expresión seria.

—¡Buenos días! —respondió Melissa, y se encogió de hombros cuando él no dijo nada más. Se apresuró a salir de allí porque llegaba tarde.

El guardia de seguridad la siguió.

—Permítame ayudarla —dijo mientras se disponía a llamar al ascensor.

—¿Me va a acompañar al restaurante?

—Sí.

El ascensor se abrió y él esperó a que ella entrara. Pulsó el botón del piso y las puertas se cerraron. El silencio resultaba incómodo, y Melissa sentía curiosidad.

—¿Es usted el guardaespaldas de Gabriel?

—No, señorita.

—Hmm —Melissa frunció el ceño—. ¿Del hotel?

—Tampoco.

Empezaba a asustarse. Al darse cuenta de su angustia, el hombre intentó explicarse.

—Soy su guardaespaldas, señorita. El Sr. Montgomery me asignó esta función.

—¿Qué? ¿Mi guardaespaldas? ¡No necesito un guardaespaldas! ¿Y quién demonios es el Sr. Montgomery?

El guardia de seguridad la miró desconcertado.

—Arthur. El señor Arthur Jackson Montgomery.

—¡Ah! La niñera... —Melissa sonrió—. Oye... ¿Cómo te llamas?

—Pietro, señorita.

—Bueno, Pietro... Primero, deja de llamarme «señorita». Es demasiado cursi. Además, creo que esto es un malentendido. No necesito un guardaespaldas.

—Solo cumplo órdenes, señorita. Tiene que aclararlo con el Sr. Montgomery o el Sr. Voss.

Melissa no pudo evitar poner los ojos en blanco ante tanta formalidad.

—Oh, lo aclararé. Puedes estar seguro.

Cuando llegaron al restaurante, todo el buen humor de Melissa se había disipado. No quería a un extraño siguiéndola a todas partes.

Gabriel estaba en una mesa apartada, en una sala separada del restaurante, lejos de los demás huéspedes.

Algunos de sus guardaespaldas estaban dispersos por el lugar, haciendo la ronda habitual.

Melissa caminó rápidamente hacia el cantante, furiosa.

Gabriel no tenía derecho a tomar esa decisión sin consultarla.

Estaba convencida de que Pietro la seguía, y eso la irritaba aún más.

Sin embargo, en cuanto él la vio, todo el fuego de su ira se apagó cuando Gabriel se puso de pie y le sonrió, adorable. Era una mierda estar tan encantada con él. Bastaba una simple sonrisa para que su estúpido corazón empezara a latir descontrolado.

—¡Buenos días! —la saludó.

—Buenos días... —respondió ella con voz entrecortada.

Gabriel le retiró la silla para que se sentara.

—Pensé que no vendrías —dijo Arthur sin apartar los ojos del periódico.

Era bueno que Arthur estuviera allí. Melissa podía concentrarse en meterse con él en lugar de coquetear con Gabriel.

—Buenos días a ti también, Arthur —dijo ella.

—Olvídalo —pidió Gabriel sonriendo—. Está enfadado por lo de ayer.

—Pensé que era nuestro día libre.

—Sí —dijo Arthur, evitando aún el contacto visual—. Era tu día libre. No el suyo.

—¿Qué? ¿En serio? ¿Me mentiste, Gabriel?

—No fue así... Yo...

—Teníamos una reunión importante y la canceló. De hecho, envió un mensaje para cancelarla.

—Arthur... ¡No era tan importante! Ya me he disculpado.

—Tío, ¿le estás haciendo el vacío a Gabe? —Melissa se rio con ganas—. ¡Qué infantil!

Arthur la ignoró.

—¿Pasaste buena noche? —preguntó Gabriel, ignorando al mánager enfurruñado.

—Sí. Pero esta mañana me ha molestado este perro guardián que me ha puesto el Sr. Montgomery.

—El Sr. Montgomery solo sigue órdenes —dijo Arthur, y dio un sorbo a su café sin mirarlos.

—¡Gabriel! —protestó Melissa—. No necesito un guardaespaldas.

—Sí lo necesitas. Esto no se discute. ¿Qué quieres comer?

—¡Tu corazón! —Se suponía que era una respuesta poco ingeniosa, pero Gabriel la convirtió en un coqueteo descarado.

—No tengo corazón. Ahora es tuyo.

Melissa se estremeció y Arthur se atragantó con el café.

—¿Podéis ser menos obvios? —se quejó Arthur, limpiándose la boca con una servilleta.

Gabriel se rio hasta saltársele las lágrimas.

—Solo está bromeando, Arthur —dijo Lissa, más para calmarse a sí misma que al asistente avergonzado.

—Tranquilo, amigo mío —Gabriel le dio una palmada en la espalda—. Solo estamos nosotros tres aquí. No hay ningún peligro.

—Bien. Hablemos de lo que teníamos que haber discutido ayer.

Mientras los dos se enfrascaban en una conversación sobre el concierto íntimo de Gabriel en Times Square, Melissa se levantó y fue a servirse en el pomposo bufé.

Había tanta comida que ni siquiera sabía por dónde empezar.

Decidió comer solo fruta y tomar un poco de leche.

Todavía tenía los nervios alterados por las palabras de Gabriel, y temía que el estómago no le aguantara nada más pesado.

Volvió a sentarse y se concentró en la comida.

Con el rabillo del ojo se dio cuenta de que Gabriel trasteaba con el móvil cada vez que Arthur se distraía con los papeles que le estaba explicando.

Minutos después, su teléfono vibró. Era un mensaje de él.

Curiosa y un poco nerviosa, abrió el chat.

«Qué envidia me dan estas fresas.

Ellas prueban tu boca y yo no.»

Melissa notó que se le encendían las mejillas al darse cuenta de que él esperaba una respuesta. Arthur continuaba con su monólogo aburrido y Gabriel solo asentía sin prestar realmente atención. Rápidamente, la chica tecleó.

«No pruebas porque no quieres.

Estoy justo aquí.»

Lo envió y observó su reacción. Gabriel se enderezó y se pasó la mano por el pelo. Estaba claro que no esperaba algo tan directo. En cuanto Arthur se distrajo de nuevo, respondió.

«Quiero besar tu boca.

Ahora.»

Con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, Melissa tecleó.

«¿Tu habitación o la mía?»

La respuesta llegó rápida como un rayo.

«La tuya.

10 min.»

Con una tos fingida, Melissa se limpió la boca con la servilleta y suspiró como si estuviera satisfecha.

—Gracias por la invitación... —dijo levantándose—. Ahora os dejo trabajar en paz.

Ninguno de ellos dijo nada; Arthur se limitó a asentir brevemente. Melissa caminó con calma hacia la salida del restaurante, pero en cuanto estuvo fuera, prácticamente echó a correr... El guardaespaldas la siguió, pero esta vez no le importaba.

En la habitación, esperó ansiosa el momento en que aparecería Gabriel. No entendía cómo estaba siendo tan imprudente. No sería la primera vez que besaba a Gabriel, pero era como si lo fuera.