Ángel roto CAPÍTULO CATORCE - WONDERWALL #3
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CAPÍTULO CATORCE - WONDERWALL #3

El siguiente paso fue coger el metro hasta la calle 34, en dirección al Empire State.

Como el vagón estaba muy abarrotado, Melissa sugirió que fingieran ser pareja y se abrazaran en un rincón, para que la gente solo viera la espalda de Gabriel.

Aunque les daba vergüenza aquella muestra pública de afecto, era imposible negar lo agradable que resultaba acurrucarse el uno contra el otro, con el miedo de que los pillaran y acabaran en los canales de cotilleos.

A la salida de la estación, pudieron ver el rascacielos de 102 pisos.

Era impresionante. Sin embargo, si la Estatua de la Libertad ya era un lugar imposible de visitar, el Empire State sería aún peor.

Una vez más, Melissa tendría que conformarse con publicar fotos de la fachada y admirar el edificio desde fuera.

—¡La vista desde arriba debe de ser increíble! —exclamó la chica, con la mirada clavada en lo alto.

—Yo no puedo subir... Sería un caos. Pero si quieres, te espero aquí.

—No —negó ella enseguida—. No voy a subir sola. Solo sería divertido si fueras conmigo.

—Lo siento mucho.

—Eh, no pasa nada. Sin dramas. Me lo estoy pasando genial.

—La ciudad está hecha un caos... Si las cosas fueran distintas, iríamos a cualquier sitio que quisieras.

—Lo sé... Sigamos.

Después de aventurarse a entrar en una tienda de recuerdos y comprar algunos regalitos para Angela, volvieron a coger el metro —repitiendo la farsa de enamorados, aunque esta vez el vagón no estaba tan lleno— y se dirigieron a Central Park, uno de los lugares que Melissa quería conocer.

Al igual que Battery Park, el lugar estaba abarrotado de gente y, al contrario de lo que imaginaba, Melissa no tenía ganas de buscar atracciones que visitar.

Cansados, decidieron buscar un banco donde sentarse y descansar mientras admiraban la vista.

Necesitaban guardar energías para el paseo por Times Square.

—¿Estás disfrutando del paseo? —Gabriel le pasó un brazo por los hombros a Melissa y la observó mientras intentaba atrapar algunos copos de nieve que caían sobre ellos.

—¡Es precioso! —exclamó maravillada por la belleza del lugar, y sin darse cuenta de lo que hacía, recostó la cabeza contra el cuerpo del cantante—. No es la nieve, es todo... Parece mágico. Es tan diferente de casa...

—Supongo que eso responde a mi pregunta... Pero creo que te gustará aún más cuando lleguemos a Times Square.

Melissa apartó la mirada del parque cubierto de nieve y le sonrió a Gabriel.

—Entonces vamos... Quiero verlo todo.

Voss se rio ante el inusitado entusiasmo de la chica.

—Primero tenemos que sacarnos unas fotos... —Antes de terminar la frase, ya tenía el móvil enfocándolos a los dos. El flash casi los cegó y ambos se echaron a reír.

—Te gustan mucho las fotos, ¿eh? Pensé que no te harían tanta gracia, con la cantidad que te hacen todos los días con tus fans.

—Esas son diferentes —respondió él. Se puso de pie y siguió fotografiando el paisaje y a la chica, que lo miraba desde su asiento en el banco—. Además, me gusta capturar los buenos momentos, para guardarlos de recuerdo.

—¿Este es un buen momento? —preguntó ella con timidez.

Gabriel la miró fijamente un momento sin decir nada, admirando sus ojos claros clavados en él, su cabello negro enmarcando su rostro sonrosado por el frío. Era un momento maravilloso y deseaba que no terminara nunca.

—Sí... Es un momento increíble —le guiñó un ojo y le tendió la mano, que ella aceptó—. ¿Lista para seguir?

—Espera... —La chica sacó su propio móvil y abrazó al rockstar con cierta torpeza—. Yo también quiero una foto.

Ella pensó que Gabriel iba a sonreír a la cámara, pero lo único que hizo fue acercarla más y darle un beso en la frente a Lissa justo cuando se disparó la foto.

Aquel gesto espontáneo hizo que el corazón de Melissa diera un vuelco, y sin darse cuenta, la chica inclinó el rostro, dispuesta a besar los gruesos labios de Voss.

Habría besado a Gabriel de no haber oído el suspiro soñador de una señora sentada en un banco cercano, que observaba a la joven pareja.

—Será mejor que nos vayamos... —Se puso a arreglarle la bufanda a Gabriel hasta cubrirle parte del rostro—. Antes de que alguien te reconozca.

Él asintió, pero antes de abandonar el parque, volvió a abrazar a Lissa.

—Me está encantando el paseo, Mel. Gracias por dejarme acompañarte.

♬

Times Square es la intersección de dos grandes avenidas y uno de los lugares más famosos de Nueva York.

Al menos eso era lo que Melissa había leído en Google mientras planeaba el recorrido esa tarde.

Sin embargo, nada de lo que había encontrado en internet podría haberla preparado para lo que sentiría al llegar allí.

La noche ya había caído y, al mirar a su alrededor, Melissa sintió como si hubiera viajado en el tiempo, transportada a algún lugar del futuro.

Allí de pie, frente a aquellos innumerables edificios adornados con enormes letreros luminosos de todos los colores, con artistas callejeros disfrazados de famosos, por fin cayó en la cuenta: estaba de verdad en Nueva York, el lugar que Angela y ella siempre habían soñado con visitar.

—¡Esto es increíble! —exclamó la chica, maravillada.

—Es verdad —coincidió Gabriel—. ¿Ves ese edificio de allí? Ahí es donde daré el concierto íntimo mañana.

—¿Ahí arriba?

—Ajá.

—¡Guau! Increíble. ¡Parece un sueño! Todas esas luces y colores... ¡Es mágico! ¡A Ang le encantaría!

—Vamos a dar una vuelta. Estamos estorbando a la gente...

—Claro, claro. Es que estoy deslumbrada con todo esto.

Caminar sin chocar con nadie era casi imposible. Parecía que todos los turistas con los que se habían cruzado durante el día hubieran decidido reunirse allí. Melissa se dio cuenta de que Gabriel empezaba a preocuparse. Era un milagro que aún no lo hubieran reconocido.

—Espera aquí solo un momento, ¿vale? —le pidió el cantante de repente—. No te muevas.

Sin esperar respuesta, Gabriel se deslizó entre la multitud y desapareció. Intrigada, Melissa se apoyó contra la pared fría de una tienda de electrónica y alzó la vista hacia los letreros luminosos; nunca se cansaría de admirarlos. Gabriel regresó unos minutos después y le mostró dos entradas.

—¿Quieres ver un musical? —preguntó.

—¡Dios mío! ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo has conseguido entradas a estas horas y tan rápido?

—Bueno... Eso es un secreto. ¿Vamos? El espectáculo está a punto de empezar.

Ni en sus sueños más descabellados Melissa Bittencourt habría imaginado que algún día pasearía por Nueva York junto a un rockstar cuya identidad estaba protegida por un disfraz ridículo y abrazos íntimos en el metro de la ciudad.

Y mucho menos que terminaría el paseo viendo Wicked en Broadway. En primera fila.

—¿Crees que va a escapar? —susurró Gabriel. En el escenario, los actores representaban el final del primer acto, cuando Glinda y Elphaba se esconden en el ático.

—Creo que sí. Ojalá —respondió Melissa, encantada, con los ojos brillantes fijos en el escenario.

El volumen de la música iba subiendo a medida que surgían los primeros acordes de Defying Gravity.

Melissa parecía a punto de saltar del asiento de la emoción.

Gabriel pensó que era el momento adecuado para hacer lo que tanto deseaba.

Con sutileza, tomó la mano de la chica y entrelazó los dedos con los de ella.

Para evitar que lo rechazara, el cantante mantuvo los ojos fijos en el escenario, como si estuviera totalmente concentrado en la Bruja Malvada del Oeste, que se elevaba hacia lo alto envuelta en una nube de efectos especiales.

Afortunadamente, Melissa no apartó la mano.

La dejó entrelazada con la de él hasta el final del espectáculo y más allá: cuando salieron del teatro, siguieron caminando por la concurrida Times Square y subieron al coche que los esperaba a unos metros.

De camino al hotel, ninguno de los dos dijo nada.

El silencio parecía ser lo que mantenía intacta la burbuja invisible que los protegía.

Durante el trayecto, Melissa se permitió recostar la cabeza en el hombro del cantante y disfrutar de la forma cariñosa en que él le besaba o acariciaba la mano.

Ya en la puerta de la habitación de Melissa, el silencio tuvo que romperse por fin. La chica fue la primera en hablar.

—Gracias por hoy... Ha sido el mejor día de mi vida.

—Espero que este sea solo el primero de muchos.

—Me divertí mucho. Sobre todo viendo a tus guardaespaldas intentar pasar desapercibidos.

—¿Sabías que estaban ahí?

—Por supuesto que sí —sonrió—. No soy idiota.

—Perdona —Gabriel se rascó la cabeza—. De verdad quería que fuéramos solo nosotros dos, pero era arriesgado salir solos.

—Lo entiendo, Gabe. De verdad. No te preocupes.

El cantante asintió.

—¿Te gustó el musical?

—¡Me encantó! —respondió la chica con los ojos brillantes de felicidad—. ¡Gracias! Ver Wicked siempre ha sido un sueño para Angela y para mí.

—Me alegra que te haya gustado. A mí también me pareció increíble. Me sorprendió mucho descubrir que la Bruja Malvada era la mejor amiga de la Bruja Buena.

—Su historia me recordó a Angela y a mí.

—¿Ah sí? —arqueó una ceja, interesado—. Cuéntame más, Elphaba.

Melissa sonrió y le dio un golpecito juguetón.

—No soy Elphaba. Soy Glinda.

Gabriel frunció el ceño.

—¿En serio?

—Sé que parece totalmente improbable al verme...

Pero es la verdad. Aunque no lo creas, no era la chica rara y rechazada de la escuela, era popular...

amada y envidiada por todos, como Glinda.

Cuando Angela se mudó a mi escuela teníamos trece años.

Era una completa friki —Melissa sonrió ante el recuerdo—, con gafas de culo de vaso y todo.

Le gustaba la ropa cursi y llevaba dos trenzas ridículas.

Totalmente diferente al resto, sobre todo a mí...

Como Elphie, solo le faltaba la piel verde.

♬