CAPÍTULO OCHO – WAKE ME UP
Cuando despertó por la mañana, Melissa Bittencourt sintió el cuerpo pesado, tanto que por un instante fue incapaz de moverse.
Lo único que pudo hacer fue quedarse mirando el techo blanco y la lámpara de araña de cristal que colgaba de él.
Estar tan relajada y somnolienta solo podía significar una cosa: había dormido toda la noche.
Y lo más increíble de todo, sin ninguna pesadilla.
La situación era tan inusual que la chica notó cómo los labios se le curvaban en una sonrisa.
Sin embargo, antes de que pudiera procesar exactamente lo que estaba sucediendo, el sonido de una respiración pesada a su lado la sacó de sus ensoñaciones.
Para su total asombro, Gabriel Voss dormía profundamente, aferrado a la almohada.
Si la escena no fuera una de las cosas más hermosas que la chica había visto en su vida, sin duda habría gritado.
O tal vez todavía estaba entumecida por haber dormido toda la noche, algo que no le ocurría con frecuencia.
No tuvo otra reacción que darse la vuelta con cuidado y apoyarse en el codo para observarlo mejor.
—Hm —susurró suavemente—. Tiene la nariz pequeña. La mandíbula es un poco cuadrada, pero bien alineada. Creo que le quedaría bien una barba o una perilla.
Sonrió y concluyó que su rostro era digno de todos los dibujos que pudiera hacer, pero la sonrisa se le borró en el momento en que vio a Gabriel despierto, mirándola.
—¿Y mis ojos? —preguntó con voz baja y ronca—. ¿Qué te parecen?
Melissa pensó que el corazón le dejaría de latir. Maldita sea. Lo que le faltaba.
Se aclaró la garganta, se sentó rápidamente, cruzó los brazos y frunció el ceño.
—Creo que deberías salir de aquí. ¡Ahora mismo! ¿Cómo te atreves a dormir aquí conmigo?
La respuesta de Gabriel fue un bostezo, seguido de un largo estiramiento de sus brazos delgados y bien formados.
Melissa respiró hondo.
—Ya me voy, ingrata —dijo en tono juguetón—. Deberías agradecerme que te trajera a la cama. Tuve que quedarme aquí porque tu peso me dejó sin fuerzas.
—No estoy gorda —y no lo estaba, estaba un poco por debajo del peso ideal—. Eres un debilucho.
Gabriel se rio. Si pudiera despertar junto a esa chica gruñona y su mal humor todos los días, sería inmensamente feliz.
El pensamiento le borró cualquier rastro de humor.
De repente se dio cuenta de la locura que estaba cometiendo.
No podía sentir ese tipo de deseo por Melissa…
No podía pensar en ella como su esposa. Aturdido, el cantante intentó levantarse de un salto.
Se puso las sandalias y se pasó la mano nerviosamente por el pelo.
El repentino cambio de humor no le pasó desapercibido a Melissa. La chica lo miró intrigada.
—¿Qué te pasa? —frunció el ceño.
—Nada —respondió secamente, sin mirarla—. Voy a pedir que nos preparen café. Baja cuando estés lista.
Y salió como el viento.
Cuando la puerta se cerró, Melissa cogió la almohada en la que él había dormido, se la llevó a la nariz y respiró hondo. Su perfume lo había impregnado todo. Era maravilloso.
—¿Qué demonios estoy haciendo? —le preguntó a la almohada como si esta fuera a responderle—. Se me debe de haber contagiado la locura de este cantante chiflado.
Con un suspiro de rabia, la arrojó contra la puerta. Tenía que darse una bofetada para ver si despertaba de aquella locura.
♫
Melissa se saltó el desayuno. No porque no tuviera hambre, sino porque al bajar las escaleras y acercarse a la cocina oyó las voces animadas, las risas de la familia de Gabriel, y por la rendija de la puerta vio al cantante sentado a la mesa.
Completamente relajado, con su hermana pequeña encaramada en el regazo.
La escena le quitó el apetito e inexplicablemente le hizo hervir la sangre.
Incapaz de entender su propia reacción, la chica dio media vuelta, dándole la espalda a aquella escena que tanto la molestaba, y regresó a su habitación. El cuarto también la exasperaba, sobre todo al recordar que había despertado con Gabriel a su lado.
Entonces cogió su cuaderno de bocetos y el grafito, se puso un abrigo grueso y salió de la casa a toda prisa.
No fue lejos; simplemente buscó el jacuzzi que el rockero había mencionado cuando llegaron a aquella casa, y lo encontró.
Desde allí podía ver las montañas al fondo desde un ángulo diferente al de la habitación en la que se alojaba, y una vez más quedó encantada con lo que tenía ante los ojos.
Ojalá en lugar de papel y grafito tuviera lienzo y pintura.
Se pasaría el día intentando capturar ese brillo azulado de la montaña, el gris oscuro de las rocas que asomaban aquí y allá…
Le encantaría mancharse los dedos y perderse en la belleza del entorno natural.
Como no podía hacerlo, se resignó y se sentó en el suelo, sobre la nieve blanda, de espaldas al jacuzzi, y mirando las montañas comenzó a esbozar un nuevo dibujo.
Estaba tan absorta en lo que hacía que no oyó acercarse al cantante.
—No apareciste para el desayuno… —dijo con suavidad, por encima del hombro de ella, asombrado por lo que estaba dibujando.
Después de calmar el ritmo acelerado del corazón, Melissa apartó la mirada del rostro sereno de Gabriel y se quedó mirando el dibujo sin terminar.
—No tenía hambre… —mintió.
Sin esperar a que se lo pidiera, el rockstar se sentó frente a su fan.
—Se te da bien esto… —señaló el dibujo—. Ya he recibido muchos dibujos de fans… —comentó como quien no quiere la cosa—. Pero me encantaría tener uno tuyo.
Lissa lo observó durante unos segundos. Sentado justo frente a ella, hacía el paisaje aún más hermoso; ahora las montañas quedaban al fondo y el cantante le robaba toda la atención.
Sí, sería un bonito dibujo. Un lienzo aún mejor…
En su fuero interno, decidió que cuando estuviera sola, lo dibujaría.
A Angela le gustaría. Pero a él solo le arqueó las cejas y respondió.
—Sigue soñando…
Gabriel ignoró otra de sus pullas y se puso de pie.
—Mi familia se marcha en unas horas… Les gustaría despedirse.
Melissa soltó una risita.
—Apuesto a que tu hermana está deseando despedirse.
El rockstar suspiró hondo.
—Será amable —le aseguró, aunque no sabía si era cierto—. Solo te pido que tú también lo seas.
—La amabilidad es mi apellido... —respondió mientras volvía a centrarse en el dibujo, ligeramente agradecida al darse cuenta de que el cantante se alejaba.
—Mel... —dijo en voz alta, a unos pasos de distancia—. Nosotros también nos vamos... Mañana por la mañana, a Texas. Arthur consiguió reprogramar el concierto.
Quiso discutir con él por llamarla «Mel», un apodo que odiaba, pero se dejó caer sobre la nieve esponjosa y se llevó las manos a la cara. ¿Cómo iba a ocultar las marcas de las muñecas en Texas?
♫
Gabriel Voss no podía apartar los ojos de su invitada de honor mientras el jet rodaba por la pista.
Por fin comenzaría la gira... El primer concierto, pospuesto a causa del incidente que le había dejado la nariz rota, tendría lugar en unos días, y aunque el cantante agradecía haber conseguido reprogramar el espectáculo sin mayores repercusiones negativas, lo único en lo que podía pensar en ese momento era en que Melissa Bittencourt estaba rara, incluso más rara de lo habitual.
El vuelo a Dallas, Texas, transcurrió en silencio, y en cuanto el avión alcanzó la altitud de crucero y se apagó la señal del cinturón de seguridad, la chica se levantó y, sin mirar al cantante que tenía al lado, se acomodó en un sillón apartado, sola, con la mirada fija en sus dedos temblorosos.
El rockero quiso preguntarle qué le pasaba, pero ella había dejado claro, sin ninguna sutileza, que quería estar sola.
Quizás por fin estaba pensando en los fugaces besos que habían intercambiado en Navidad... La posibilidad hizo que Gabriel se enfadara consigo mismo. Nunca se había involucrado así con una fan, y justo cuando había bajado la guardia, ¿tenía que haber sido con una chica tan complicada?
Cuando el avión por fin se detuvo y se abrió la puerta, el cantante estaba decidido a bajar sin preocuparse por Melissa.
Pero al darse cuenta de que ella seguía sentada, tironeando con ansiedad de la manga de su blusa casi hasta rasgar la tela, suspiró.
En lugar de caminar hacia la salida como Arthur le pedía, se dirigió al fondo del jet y se detuvo junto a Melissa.
—Ya llegamos... —dijo en voz baja para no asustarla.
—Sí... —respondió ella, y miró por la ventanilla hacia la pista del aeropuerto.
Con un profundo suspiro, la chica se levantó, sacó unas gafas de sol oscuras de la mochila y siguió a Gabriel fuera del avión.
En cuanto les dio el sol de lleno, ella maldijo en voz baja mientras veía a Voss quitarse la chaqueta.
El bochorno que la envolvió le hizo querer hacer lo mismo y apartarse la tela que empezaba a pegársele a los brazos, pero aunque había tenido cuidado de ponerse gruesas muñequeras de cuero bajo las mangas, estaba aterrorizada ante la posibilidad de que alguien viera las marcas que llevaba en las muñecas.
—¡Vaya! —exclamó Gabriel, llevándose una mano a los ojos para cubrirlos, como si pudiera protegerse del sol—. Había olvidado el calor y la humedad que hace aquí.
—Demasiado... —coincidió Melissa, secándose el sudor de la frente con la manga.
Gabriel le sonrió de esa manera boba que ella siempre había creído falsa, pero ahora sabía que era solo su forma de intentar que la gente se sintiera a gusto.
—Debería haberte avisado... para que te pusieras algo más ligero. Pero enseguida llegamos al hotel... —la ayudó a subir al coche que los esperaba en la pista. Por suerte, no tuvieron que pasar por la multitud de fans y fotógrafos que los aguardaban en la terminal.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Gabriel después de acomodarse junto a Lissa y verla suspirar aliviada al sentir el frescor del aire acondicionado.
—Qué va... —respondió ella sin mirarlo, ocupada con unos mensajes en el móvil—. ¡Mierda!
—¿Qué pasa? —preguntó el cantante, deseoso de seguir hablando con ella.