CAPÍTULO TRES – ME ALEGRO DE QUE VINIERAS #3
Sin embargo, para no centrarse demasiado en lo que no le agradaba, la morena se dijo que solo era la tristeza de alejarse de su ciudad natal y sus amigos para adentrarse en lo desconocido.
Un año es mucho tiempo, y quién podría decir qué pasaría en los próximos meses.
Especialmente tratándose de alguien tan problemática como Melissa Bittencourt.
Arthur Montgomery pensó en volver al fondo del avión y deshacerse del almuerzo, después de pasar largos segundos de pie junto a Melissa sin que ella le prestara la menor atención.
Supuso que la chica solo fingía no verlo, pero cuando la vio encogerse ligeramente y cerrar los ojos con fuerza, concluyó que, en realidad, tenía la mente en otra parte.
Era evidente que ni siquiera lo había visto acercarse.
—No tienes que preocuparte por el incidente de antes —dijo el asistente, lo que captó la atención de la chica, quien de inmediato borró el gesto preocupado y lo miró con fingida indiferencia—. A Gabriel ni siquiera le molesta lo que pasó.
Lissa tomó la bandeja con su tentempié y se encogió de hombros.
—Sería horrible si estuviera molesto conmigo... —respondió la joven con total descaro. Quizá si el cantante se hubiera enfadado lo suficiente como para prescindir de su compañía durante la gira, podría volver a casa sin que Angela pudiera quejarse. Al fin y al cabo, no sería culpa suya.
¿A quién quería engañar? Angela se pondría hecha una fiera.
—¿Crees que podría prescindir de mí en la gira? —acabó preguntando Lissa con verdadero pavor. Odiaría cada segundo de esta gira, pero odiaba aún más ver la mirada decepcionada de su mejor amiga. Arthur sonrió con suficiencia.
—Gabriel jamás haría eso. De verdad, no tienes de qué preocuparte.
—¡Gracias! —respondió Lissa sin más, y le molestó que el asistente siguiera observándola.
—Entonces, ¿encontraste la película que te pedí? Ya sabes, tengo que asegurarme de que estás haciendo bien tu trabajo.
La estrategia funcionó. Al instante, el rostro siempre sereno de Arthur se puso rojo y Lissa casi se atragantó con el sorbo de Coca-Cola que acababa de dar. Era muy divertido ver al señor Profesional tan avergonzado.
—Sí... No —empezó a decir Arthur con torpeza—. No tenemos esa película.
—¡Qué pena! Pero creo que se me ocurren otras películas geniales... ¿Qué tal «El diario de una niñera»?
Arthur sintió que el rostro le ardía aún más y lo único que pudo hacer fue negar con la cabeza. Sabía que la chica se estaba burlando de él y, aunque no se sentía cómodo con eso, no podía enfadarse con ella.
—¿No? —Lissa puso expresión de decepción—. ¡Conozco otra película! «Señora Doubtfire». ¡Es para morirse de risa!
—No tenemos ninguna película sobre niñeras —Lissa no pudo evitar reírse al oír la voz malhumorada de Arthur.
—¡Venga! Son clásicos. Pero espera, hay una que deberíamos ver sí o sí... «La mano que mece la cuna». Ahora que lo pienso, me pregunto una cosa: no serás como la protagonista, ¿verdad? Todo dulce y cariñoso, pero en realidad solo quieres vengarte de la familia que te contrató y...
—¡Por supuesto que no! —Arthur interrumpió aquel discurso descabellado—. ¿De dónde has sacado eso?
—¿No? Sería mucho más divertido si fueras un asesino sediento de sangre...
—¿Por qué iba a serlo?
Lissa estalló en carcajadas.
—No tienes sentido del humor, ¿verdad? —la mirada atónita del asistente solo consiguió que Lissa no pudiera parar de reír.
—Eres muy rara.
—Ser rara es mi especialidad —comentó Lissa con cierto orgullo.
—¿De qué os reís? —Gabriel oyó la risa cristalina de su invitada mientras se acercaba por el pasillo del avión y tuvo que admitir para sus adentros que le encantaba aquel sonido. Ahora que estaba de nuevo junto a ella y veía a su asistente mirándola con el rostro enrojecido, se sintió excluido.
—Todavía no me he acostumbrado al sentido del humor de Miércoles —comentó Arthur, y Gabriel vio que su invitada dejaba de sonreír y lo miraba como si quisiera arrancarle los ojos.
—¿Cómo me has llamado?
—Espero que te guste el tentempié, Miércoles —comentó encogiéndose de hombros, y prácticamente salió corriendo hacia el fondo del avión cuando Lissa le lanzó un puñado de patatas fritas.
Gabriel volvió a sentarse, sonriendo. Había disfrutado viendo la interacción entre su asistente y su fan.
Como amigo de toda la vida y encargado de gestionar su carrera, Arthur prácticamente se había obsesionado con su seguridad, especialmente después de un triste episodio que ninguno de los dos quería recordar, y eso lo había vuelto desconfiado de todo y de todos los que se acercaban.
Verlo dispuesto a gastar bromitas significaba que la chica sentada a su lado había logrado de algún modo ganarse su simpatía y confianza, algo muy difícil de conseguir.
—Parece que os lleváis muy bien —comentó como quien no quiere la cosa, mientras observaba a Lissa dar un buen trago a su Coca-Cola.
—No te imaginas cuánto... Creo que estoy a punto de provocarle un infarto.
Le tocó reír a Gabriel Voss, aunque el movimiento le provocó un dolor terrible.
Lissa se llenó la boca de patatas fritas para evitar acompañar al cantante en su risa, mientras seguía enumerando mentalmente sus razones para odiar estar en ese avión. Al fin y al cabo, no le había gustado el pensamiento fugaz que le había cruzado la mente: aquel viaje estaba resultando divertido.