Capítulo 20 El peso del saber
John despertó sin necesidad de una alarma. Lo hizo con tranquilidad, en silencio. Permaneció unos minutos mirando el techo, escuchando los ruidos circundantes. Quería conservar ese estado el mayor tiempo posible. Era un refugio breve antes de que la realidad reclamara su espacio.
Entonces, como si una avalancha rompiera el dique que contenía sus pensamientos, los recuerdos de Ana irrumpieron sin pedir permiso. Su cuerpo. Su olor. Su calor. Su sexo. La forma en que la había sostenido entre sus manos. La textura de su piel al tacto…
Pero aquel recuerdo placentero se quebró casi de inmediato cuando recordó la expresión de Ana al preguntarle por el tipo de relación que tenía Sebastian. Aquella sonrisa que no decía nada y, al mismo tiempo, parecía insinuarlo todo seguía molestándolo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Se levantó y fue al baño. Se lavó la cara con agua helada, intentando borrar la sensación táctil de la noche anterior.
Al regresar, volvió la vista hacia el muro donde había colocado el organigrama.
Los nombres. Las líneas. Las flechas. Sobre todo, la que unía a Ana con Sebastian.
Aquella conexión sugería algo inquietante. Estaba seguro de eso.
¿Y si la muerte de Matthias Rüegg era el punto donde convergían los intereses de Ana y Sebastian?
Las preguntas comenzaron a encadenarse unas con otras:
¿Rüegg era un obstáculo para Ana?
¿Estaba ella detrás de su muerte?
¿Sebastian Frei era su cómplice?
Entonces cayó en cuenta de lo que todo aquello implicaba.
Había pasado la noche con una mujer sobre la que recaían sospechas de homicidio y, además, no había sido capaz de mantener la distancia profesional que el caso exigía.
Había cometido el error más básico de un investigador: dejarse cegar por el sujeto de estudio.
Por primera vez en años, preparó café. Hacer algo rutinario le ayudaba a ordenar las ideas.
Después fue al pequeño espacio de trabajo donde había pasado parte de la noche anterior y abrió el portátil.
Tenía dos mensajes: uno de Carter, que decidió dejar para después, y otro de su contacto en Berlín. Este último incluía un archivo adjunto.
Lo descargó.
Era la autopsia completa de Matthias Rüegg.
No el informe preliminar que había circulado oficialmente, el que cerraba el caso como una intoxicación accidental por monóxido de carbono.
Era el informe definitivo. El que Müller había redactado después.
El que el inspector Mecier había decidido no hacer público. No todavía.
Lo leyó despacio, prestando especial atención a las notas preliminares, donde se reconstruía la posible secuencia de la muerte de Matthias Rüegg.
Compuesto desconocido en sangre. Posible desinhibidor del peligro.
Microtraumatismo en la región occipital.
Intoxicación por monóxido de carbono.
—Compuesto. Golpe. Intoxicación… —murmuró en voz baja
Tres pasos. Tres mecanismos distintos. Cada uno diseñado para pasar desapercibido.
Luego llegó la conclusión del forense:
La combinación de factores documentados es incompatible con muerte accidental.
El nivel de planificación sugiere conocimientos médicos y farmacológicos avanzados.
Clasificación recomendada: homicidio.
Estado del expediente: retenido, pendiente de autorización superior.
Sus conclusiones apuntaban al mismo lugar que las del forense.
Cerró el archivo.
Se recostó en la silla y volvió la vista hacia el muro.
Pensó en las similitudes entre el proyecto Apathos y el compuesto desconocido hallado en la sangre de Rüegg.
Ambos estaban diseñados para alterar la respuesta emocional del cerebro.
Pero ahí terminaban las semejanzas. Apathos había sido concebido para ayudar a las personas.
El otro compuesto había sido diseñado para lo contrario.
Luego relacionó esa idea con la nota del doctor Vossler:
«Adhesión intensa hacia la investigadora adjunta».
¿Sebastian estaba obsesionado con Ana?
¿O era Ana quien lo utilizaba como una pieza más en su propio tablero?
Permaneció en silencio durante un largo momento. Como si estuviera huyendo de ese pensamiento. Tomó el teléfono y buscó el contacto de Ana. El cursor parpadeó sobre el campo de texto durante unos segundos.
Escribió: Necesito verte.
Lo borró.
Escribió: ¿Estás bien?
También lo borró.
Apagó la pantalla.
Necesitaba saber qué iba a decirle antes de decir nada. Pero, antes de eso, debía decidir desde qué lugar iba a acercarse a ella: como John, el investigador privado, o como el hombre con el que había compartido una noche de intimidad.
Por primera vez en mucho tiempo, no sabía cuál de los dos era.
Apartamento de Ana Bale — 5:20 a.m.
Ana llegó a su apartamento cuando la ciudad empezaba a despertar. Las calles aún conservaban ese tono azulado y frío previo al amanecer.
Entró. Cerró la puerta. Permaneció un momento en el pasillo, sin encender la luz, con el abrigo todavía puesto y el frío de la calle aún adherido a la piel.
Escuchó el silencio del apartamento. Esa mañana se sentía distinto, de una forma que no sabía cómo explicar.
Como si el espacio hubiera perdido la neutralidad que tanto le había costado construir.
Fue hasta la sala. Dejó el bolso sobre el sofá y caminó hacia el ventanal, pero se detuvo a mitad de camino. Justo en el mismo lugar donde había sentido el cuerpo de John por primera vez.
Se quedó inmóvil.
En silencio.
No le gustó lo que eso sugería. Era un fantasma físico habitando la habitación.
Recordó un fragmento de la conversación de la noche anterior. La pregunta que John le había hecho y que, más que una pregunta, había sonado como la confirmación de algo que él ya sospechaba.
«¿Por qué viniste aquí?»
También recordó la respuesta que le había dado:
«Porque era el único sitio al que podía ir.»
Lo había dicho en voz alta, sin calcularlo.
Eso era lo que la perturbaba más que cualquier otra cosa de la noche anterior.
No la escena en sí. Ana podía clasificar la atracción física, entender sus mecanismos e incluso aceptar que había cruzado una línea que no tenía intención de cruzar.
Lo que no podía clasificar era esa frase.
Dicha sin cálculo. Sin agenda y con honestidad.
Fue al baño.
El estuche negro estaba donde siempre.
Lo abrió. Tomó uno de los viales y lo sostuvo un instante frente al espejo. Buscó su propia mirada en el reflejo, como si intentara convencerse de que aquella seguía siendo la única forma. La manera más eficiente de mantenerse por encima de la naturaleza más básica del ser humano.
Lo había necesitado muy pocas veces en el último año. El fármaco era estable, predecible, manejable. Lo aplicaba cuando algo perturbaba el equilibrio con suficiente intensidad como para que los mecanismos habituales dejaran de bastar.
Y esa mañana, John Keller perturbaba ese equilibrio con suficiente intensidad.
Preparó la jeringa con los mismos movimientos de siempre. Desinfectó la piel del cuello. Introdujo la aguja despacio.
Presionó el émbolo.
Esperó.
El efecto llegaría en los próximos minutos. Esa marea suave que retiraba el peso de lo que no era esencial. Que devolvía las cosas al lugar donde podían ser observadas sin que interfirieran.
Guardó el estuche. Se miró en el espejo.
La mujer que le devolvía la mirada tenía el rostro de siempre. La misma postura. La misma expresión que no pedía nada. El compuesto estaba haciendo su trabajo. El peso se retiraba. La distancia se reconstituía. El pulso se ralentizaba a su frecuencia habitual.
Y sin embargo.
Había algo que en ese momento el compuesto no alcanzaba del todo. Algo más pequeño que todo lo demás y, precisamente por eso, más difícil de reducir. No el deseo, eso era manejable. No la preocupación por la investigación. Algo más simple que todo eso.
La forma en que John pronunciaba su nombre y la respuesta involuntaria de su cuerpo cada vez que lo hacía.
Apagó la luz del baño.
Salió al pasillo.
Fue a la cocina a preparar café. La medida exacta. La temperatura exacta. El orden de siempre. No era un ritual. Era estructura. Y la estructura era lo único que permanecía cuando todo lo demás cedía.
Su móvil vibró sobre la encimera.
Lo miró.
Era un mensaje de un número que no reconoció. Sin texto. Solo una imagen adjunta.
La abrió.
Tardó un segundo en entender lo que estaba mirando. Y cuando lo entendió, la taza de café que sostenía en la mano derecha quedó suspendida en el aire durante un instante antes de que ella la depositara sobre la encimera con un movimiento lento y completamente controlado.
Era la imagen escaneada de una página, o la parte de un documento más extenso. Las conclusiones del informe forense de la autopsia de Matthias Rüegg. Las auténticas.
Leyó con atención.
No había mucho margen para la especulación. Solo podía tratarse de la misma persona que, días atrás, había dejado la carpeta de Matthias Rüegg en su casa. La misma que la noche anterior la había seguido.
Dejó el móvil sobre la encimera. Tomó la taza de café y bebió despacio, con la misma expresión de siempre. El miedo seguía ahí, pero ya no encontraba dónde aferrarse. El fármaco estaba actuando. Volvía a ser una fría espectadora de sus propias emociones.