Capítulo 19 Emilia Bale #3
Era la hermana menor de su madre, la que vivía en Zúrich, la que había mantenido siempre una distancia prudente de los dramas familiares, la que llamaba en los cumpleaños y en Navidad y que Ana conocía lo suficiente para saber que era una persona práctica, sin excesos emocionales, que resolvía los problemas con la misma eficiencia con que los nombraba.
Apareció con una maleta pequeña, una expresión que no era lástima sino determinación, y una frase que no pedía respuesta.
—No puedes quedarte aquí sola. Vienes conmigo.
Ana la miró durante un momento.
El piso estaba vacío de una forma que iba mucho más allá de la ausencia de muebles y objetos. Era un vacío distinto, uno que parecía haberse instalado entre aquellas paredes y que nada de lo que llevaran o dejaran atrás sería capaz de llenar.
—De acuerdo —dijo.
Hizo su maleta en menos de una hora. No porque no tuviera cosas, sino porque la mayoría de lo que había en ese piso ya no le pertenecía.
Antes de salir, se detuvo frente al cuarto de Emilia.
No abrió la puerta.
Solo se quedó un momento con la mano apoyada en la madera fría. Luego retiró la mano, tomó la maleta y siguió a su tía hasta el coche.
No miró el edificio al alejarse.
Había aprendido en los últimos meses que mirar atrás no devolvía nada. Solo confirmaba lo que ya sabía.
Que algunas cosas no vuelven.
Que algunas personas tampoco.
Y que la única dirección que tenía sentido era hacia adelante, aunque hacia adelante fuera incierto.
Zúrich la esperaba.
Tres años después — Universidad de Basilea
Ana estudiaba psicología.
No porque lo hubiera planeado. Sino porque era la única disciplina que hacía las preguntas que ella necesitaba responder.
¿Por qué el cerebro procesa el dolor emocional con la misma intensidad que el físico?
¿Por qué ciertas pérdidas desestructuran el sistema nervioso?
¿Por qué algunas personas se recuperan y otras no?
¿Por qué Emilia no pudo?
Esa era la verdadera pregunta. La que no aparecía en ningún plan de estudios ni en ningún artículo científico. La que permanecía debajo de todo lo demás, como una corriente invisible que terminaba marcando la dirección de cada decisión que tomaba.
Estudiaba con intensidad y disciplina. Llevaba una vida aparentemente normal.
Tenía compañeros, salía de vez en cuando y mantenía relaciones sociales como cualquier joven de su edad, pero nada de eso ocupaba el centro de su vida.
Por las noches pasaba horas investigando sobre el duelo, el procesamiento emocional y la forma en que la mente respondía a la pérdida.
Fue en esas horas donde encontró el artículo del doctor Vossler.
Una publicación en una revista de neurociencia cognitiva. Resultados preliminares sobre modulación farmacológica del duelo patológico. Lenguaje técnico, conclusiones cautelosas, pero debajo de todo eso una hipótesis que Ana leyó tres veces antes de poder articular por qué la perturbaba tanto.
La hipótesis decía que el dolor de la pérdida no era inevitable en su intensidad. Que la arquitectura neurológica del apego podía modificarse. Que existía la posibilidad de intervenir en el punto exacto donde el vínculo se convierte en dependencia y la dependencia en destrucción.
Pensó en Emilia.
En cómo su dependencia emocional terminó consumiéndola.
Escribió al autor del artículo esa misma noche.
El doctor respondió una semana después.
Seis meses después — Primera reunión con el doctor Vossler
El despacho de Vossler olía a papel, a café caliente y a la acumulación específica de años de trabajo en un espacio que nunca había sido diseñado para impresionar a nadie.
Ana entró con sus notas bajo el brazo y la certeza de que estaba en el lugar correcto.
Vossler era más viejo de lo que imaginaba. Cabello ya entrecano, gafas de montura gruesa, una forma de escuchar que le recordó a alguien aunque tardó varios minutos en identificar a quién.
A sí misma.
La misma atención sin prisa. La misma economía de palabras. La misma sensación de que lo que no se decía importaba tanto como lo que sí.
—Su carta es inusual —dijo Vossler, sin preámbulos—.
La mayoría de los estudiantes que me escriben buscan confirmar aquello que ya creen.
Usted, en cambio, hizo preguntas que no parecían buscar respuestas, sino poner a prueba sus propias convicciones.
Como si todavía no estuviera segura de lo que piensa.
—No lo sé —respondió Ana—. Pero sé lo que quiero entender.
—¿Qué es?
Lo miró directamente.
—Por qué el dolor de perder a alguien puede ser más destructivo que la pérdida en sí. Y si existe alguna forma de modificar eso.
Vossler la estudió durante un momento. Había una mirada clínica en él, una ausencia de sentimentalismo que Ana reconoció al instante y que le produjo un extraño alivio.
—¿Es una pregunta académica?
—No.
Vossler asintió levemente. Como si esa respuesta fuera exactamente la que necesitaba escuchar.
—Tengo un proyecto —dijo—. Todavía en fase preliminar. Necesito investigadores adjuntos con formación sólida y motivación real. —Hubo una pausa—. La motivación académica no me interesa. La otra sí.
—¿Cuál es la diferencia?
—La diferencia —dijo Vossler— es que quien investiga desde la distancia encuentra datos. Quien investiga desde adentro encuentra verdades.
—Quiero participar —dijo Ana sin dudar.