Epílogo
—Ayyy, me muero. Para, para un momento.
El tatuador, que me habría dado miedo incluso luciendo su mejor sonrisa —y, sin embargo, estaba muy serio—, alejó ligeramente la aguja de mi cuerpo. Resopló. Parecía exasperarle tener que volver a detenerse porque yo no aguantaba el dolor.
—¡Qué floja eres, de verdad! —Mi hermana Carlota estaba a punto de marcharse y dejarme allí tirada, porque la gracia del tatuaje ya estaba durando más de lo que nos imaginábamos.
Y lo que nos quedaba aún, ya que apenas había avanzado nada—.
Porque tengo que asegurarme de que te lo haces y porque estoy segura de que si sales de aquí ya no vuelves, pero me estás poniendo muy nerviosa y tengo muchísima prisa.
—¿De verdad esto es necesario, Carlota? Fue una tontería que dijiste…
—De eso nada. Recuerda cómo quedamos: ¿viste una puesta de sol en Santorini?
—Sí, pero…
Carlota no me dejó continuar.
—¿Lo hiciste en buena compañía?
—Bueno, se podría decir que sí…
—Pues no hay más que hablar. Venga, que ya queda poco.
—Solo llevamos dos letras —apuntó el tatuador, que parecía querer matarme.
—Carlota, ¿no podrías haber elegido una palabra más cortita? Seguro que es una de las más largas del diccionario.
—Es que es una palabra preciosa con un mensaje increíble y es el que debes grabarte a fuego.
Para que, pase lo que pase en el futuro, siempre tengas claro que tienes la capacidad de adaptarte y de superar cualquier adversidad.
Porque tú puedes con todo si te lo propones. Eres más fuerte de lo que piensas.
Carlota se había declarado mi coach emocional y sonreí ante su entusiasmo, aunque ahora mismo no pensaba que me hiciese tanta falta ese mensaje, al menos, en lo que se refería a mi vida personal.
Habían pasado cinco meses desde la sorpresa que me había dado Álex en Madrid y las cosas con él no podían ir mejor.
Pero le había hecho una promesa a Carlota que pensaba cumplir.
Jamás de los jamases dejaría que mi relación con nadie me dejase tocada y hundida de nuevo.
—La verdad es que me encanta esa palabra. Y va a quedar preciosa con las letras tan bonitas que estás haciendo —intenté piropear al hombre de la aguja para relajar el ambiente, pero no pareció inmutarse.
—Yo me voy a hacer uno igual… Once letritas de nada. Parir debe doler mucho más, no seas quejica. Vamos a por ello.
Los ánimos de Carlota fueron suficiente para motivar al tatuador, que volvió a la carga sobre mi piel.
Decidí apretar los dientes y aguantar el dolor sin rechistar, porque sabía que me estaba portando fatal, estaba haciendo el numerito, y ese señor con mala leche querría irse a dormir a su casa en algún momento, y, aunque fuese mediodía, al ritmo que íbamos podíamos ver el amanecer desde la ventana de su local.
Si no me echaba antes de allí de una patada, que tampoco lo descartaba.
—¿Resiliencia? —Álex me levantó la pernera del pantalón y observó mi nuevo tatuaje, que aún estaba rojizo y permanecía tapado por un plástico transparente.
Estaba apoyado en la isla de la cocina de su piso, que era una verdadera maravilla.
Tenía muchísima luz, no era excesivamente grande y resultaba muy acogedor.
Últimamente, yo pasaba más tiempo allí que en mi casa, y me encantaba.
—Es la capacidad de adaptarse positivamente a situaciones adversas, superar obstáculos y continuar adelante con mayor fortaleza —solté toda la parrafada de golpe, me lo había aprendido de memoria.
—Vaya, pareces la Wikipedia. —Álex sonrió—. Me gusta el mensaje. Aunque sabes que a mí siempre me vas a tener a tu lado para superar lo que haga falta.
—¿Y si tengo que superarte a ti? —le pregunté, y la mera posibilidad de imaginarlo me entristeció un poco.
—Pues lo harías. No lo dudes. Pero eso es imposible. No pienso separarme de ti jamás. Estaré dándote la brasa hasta cuando sea un abuelo pesado y malhumorado que se queje por todo.
—Vas a ser muy gruñón, pero te querré igual.
Álex se acercó a la mesa sonriendo, descorchó un vino y llenó dos copas. Yo fui a por la lasaña que permanecía enfriándose en el banco de la cocina y la deposité con cuidado en la mesa.
Alzó su copa y yo levanté también la mía para brindar.
—Por la chica que, sin saberlo, me ha cambiado la vida. Siempre pensé que cualquier persona con la que tuviese una relación seria me restaría libertad, pero soy más libre cuando estoy contigo. ¿Tiene sentido?
—Muchísimo. —Puse mi mano sobre la suya y sonreí.
Ya no quedaba mucho de aquel chico molesto e inmaduro del barco.
Álex se había quitado la coraza y, aunque seguía teniendo ese carácter pícaro y ese sentido del humor que me encantaba, me sorprendía cada día con su cariño y con estas declaraciones que conseguían desmontarme y hacerme sonreír como una boba.
—Te toca. —Me miraba emocionado y levanté mi copa.
—Por el chico que nunca imaginé que me entregaría su corazón. Y también por mí, por aceptarlo sin miedo, y por saber que puedo ser feliz sola, aunque elija serlo junto a ti.
Chocamos nuestras copas y Álex se levantó de la silla y acercó su boca a la mía.
La acogí con ganas y me permití disfrutar de ese beso intenso.
Ojalá pudiese atesorar miles de recuerdos inolvidables con el moreno sexy de culo bonito que tenía frente a mí, pero no pensaba vivir angustiada y con el miedo constante a que la relación fracasase.
Álex era un chico increíble que me volvía loca, y cada día me demostraba, a su manera, lo mucho que le importaba.
Tenía que confiar en él y volver a creer en el amor.
Y, en ese mismo instante, me prometí disfrutar de todo lo que esa relación me brindase, sin miedo, sin culpa y con mucha ilusión.
Fin