El Pacto
Secretos bajo la nieve suiza
Después de ese día, las noches en el internado dejaron de ser solitarias, entre tazas de té y el susurro del viento alpino, Kim finalmente soltó el secreto que guardaba bajo llave en su pecho, después de que Erika le preguntó de quien estaba enamorada, y que ella le confesara que tenía un amor imposible
—Se llama "Richard" —confesó Kim, con la mirada perdida en los copos de nieve que golpeaban el cristal—.
"Es el hijo del socio de mi padre, lo conozco desde que tengo memoria, porque está en cada cena, en cada fiesta...
y es mi peor pesadilla también, nunca me deja en paz" Cuando estaba en el colegio él y sus amigos de la pandilla calavera no me dejaban ni a sol ni a sombra, Will uno de ellos siempre decía que yo era la chica de Rich, y que tenían que cuidarme de otros, como si fuera un hermano mayor, pero yo creo que lo decía para avergonzarme.
Erika dejó su libro a un lado y arqueó una ceja, intrigada por el fuego que de pronto brilló en los ojos de su amiga.
—"¿Era tu pesadilla o tu obsesión?" porque cuando hablas de él hasta se te ilumina el rostro—preguntó Erika con una sonrisa pícara.
—"Me molesta cada vez que tiene oportunidad, Erika siempre me busca solo para decirme algo hiriente o para recordarme que nuestras familias están atadas" —Kim suspiró—. "Lo odio, de verdad lo odio".
Erika soltó una carcajada vibrante, esa risa que aún conservaba el sol de Georgia.
—"Ay, Kimmy... Eso no es odio, es un cuento de Disney de los modernos" —bromeó Erika, sentándose al borde de la cama—. "Ese chico te busca porque no sabe cómo manejar que seas la única persona que no se arrodilla ante él, es la clásica historia de amor y odio".
Kim negó con la cabeza, aunque sus mejillas delataban una timidez distinta, y en esa pequeña habitación a kilómetros de casa, la distancia entre ambas se borró por completo porque solo eran dos chicas soñando con lo imposible, el amor.
—"Hagamos un trato" —dijo Erika, extendiendo su mano meñique—. "Si algún día ese 'enemigo' tuyo se da cuenta de que está loco por ti y terminan en el altar, yo seré tu madrina, y no acepto un no por respuesta".
Kim sonrió, entrelazando su dedo con el de Erika, ese gesto era sencillo, pero el peso del compromiso entre ellas era eterno.
—"Hecho, pero quiero que tú también me prometas algo: no importa dónde estemos, ni qué tan oscuro sea el pasado que intentamos dejar atrás... estaremos ahí la una para la otra. siempre".
Lo que ninguna de las dos sabían era que Richard no sería el único hombre en complicarles la vida, y el destino estaba moviendo las piezas para que, años después, esa promesa fuera puesta a prueba de la forma más brutal.
Erika Salazar no solo sería la madrina de una boda de la alta sociedad de Seattle, se convertiría en la protectora de Kim, frente a un mundo de ambición, donde los secretos de familia —tanto los de los millonarios del norte como los de los Salazar en el sur— estallarían casi al mismo tiempo.