Amor más allá del tiempo (El Legado de Morna 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

H ice todo lo posible por fingir que dormía, y aunque por momentos me quedaba traspuesta, los tensos brazos de Eoin envueltos a mi alrededor me decían todo lo que sus palabras tranquilizadoras no habían expresado.

Definitivamente algo andaba mal, y sospechaba que solo estaba esperando a la luz del día para decírmelo.

Ansiosa por escuchar lo que fuera que no quería confiarme, me agité en sus brazos con la primera luz del alba, intentando que pareciera que acababa de despertar.

—¿Dormiste bien, muchacha? —No me soltó, y me vi obligada a mirarlo con incomodidad, con la cabeza presionada contra su pecho, para responder.

—Mejor que tú, creo. Pasa algo. Solo dímelo.

Se puso de pie entonces, y pude ver lo oscuras que eran las ojeras bajo sus ojos. No solo no había dormido nada, sino que algo lo atormentaba terriblemente.

—Sí, muchacha. Necesito llevarte a un lugar. Ponte tu ropa y alcánzame. Te esperaré afuera en el pasillo.

En cuanto se fue, salté de la cama y me puse la ropa tan rápido como pude, desesperada por poner fin a mis dudas.

Sabía que habían llegado hombres tarde por la noche; había escuchado el alboroto desde el alféizar de la ventana y los había visto montar el campamento.

Con refuerzos aquí, no podía imaginar qué tenía a Eoin tan alterado.

Me llevó por el pasillo rápidamente mientras me jalaba hacia la escalera que conducía a la sala de hechizos, y sentí como si un cuchillo imaginario se me clavara en el costado.

No podía ser que estuviera a punto de hacer lo que yo pensaba.

De ninguna manera iba a enviarme a casa después de todo.

Era un maldito tonto si creía que yo me iría a alguna parte.

Me solté de su agarre mientras él se disponía a encender las velas en la habitación oscura. —¿Qué demonios crees que estás haciendo, Eoin? No tenemos nada que hacer aquí abajo. Deberíamos estar arriba, preparándonos para la batalla.

Observé cómo sacaba el anillo de Morna y lo colocaba encima del libro de hechizos abierto. —No va a haber una batalla, muchacha. Todo lo que queda es una masacre, y no permitiré que te quedes aquí a morir.

La conmoción recorrió mi sistema, dificultándome entender sus palabras. —¿De qué estás hablando? Todos han llegado. Lo más probable es que aparezcan aquí, vean cuántos son, y ni siquiera haya una pelea. Sé que estás preocupado, pero no seas tan dramático.

Sacudió la cabeza sombríamente. —No, amor.

No todos llegaron. Los MacChristys fueron masacrados, muchacha.

Todos. Los Kinnairds apenas escaparon antes de que tomaran su propio castillo.

Incluso con los hombres de Ramsay, seremos superados en número.

Todos los que están dentro de los muros de este castillo encontrarán la muerte hoy, y no puedo permitir que te unas a nosotros.

Tenías una vida en tu propio tiempo. Regresa a ella.

Vete, para que pueda morir sabiendo que al menos te salvé de mi propio destino.

Corrí hacia él entonces, el impacto y la desesperación me daban frío mientras lo rodeaba con mis brazos, buscando su calor. —No. No me iré, Eoin.

—Debes hacerlo, muchacha. No soy un hombre controlador, pero no puedo darte a elegir. Harás el hechizo.

Las lágrimas estallaron y sollocé incontrolablemente contra él; el miedo a perderlo borraba cualquier vergüenza por mi comportamiento.

—No puedo... No puedo volver a mi vida de antes.

—Los sollozos sacudían mi pecho y la cabeza me latía como si fuera a explotar—.

¡No después de ti! Antes no lo sabía. No entendía lo poco que tenía.

Nunca sería capaz de sobrevivir allí ahora.

Me soltó los brazos de la cintura para poder mirarme.

Me sacudió con brusquedad. —Ahora, escúchame.

No me digas que no sobrevivirás. Debes hacerlo.

Saber que te he puesto a salvo es lo único que me permitirá luchar y morir con mis hombres y no huir de aquí como un cobarde.

Si me amas, Bri, te irás. Y vivirás una vida larga y feliz en tu propio tiempo.

Sacudí la cabeza mientras sollozaba, gimiendo sin control, perdida toda racionalidad. —Éste es mi tiempo ahora. No me obligues a hacerlo, Eoin. Por favor. No me envíes lejos. Si me amaras, no me lo pedirías.

Me dio una bofetada, aturdiéndome lo suficiente como para que mis sollozos cesaran brevemente.

—No digas nunca que no te amo. ¿Acaso no entiendes lo que me cuesta enviarte de vuelta?

—¡No! Porque yo jamás te pediría algo así. —Había aflojado el agarre en mis brazos, y me estreché contra él una vez más, aferrándome con menos fuerza, rindiéndome lentamente. Sabía que su decisión estaba tomada.

—Sí, supongo que lo harías, amor, pero sé que te resulta difícil verlo ahora.

—Tengo miedo, Eoin. No puedo soportar la idea de dejarte. Prefiero morir aquí.

—No, muchacha. No sería de ayuda para mis hombres si tuviera que preocuparme por ti.

Debes irte ahora para que podamos prepararnos lo mejor posible.

Si por algún milagro nos salvamos, te lo juro, encontraré el camino de regreso a ti.

Aunque tenga que ponerme esos horribles jirones de ropa como los que tanto te gustan y viajar a ese lugar extraño para buscarte.

Me reí contra su pecho. —Me encantaría ver eso, Eoin.

—¿Sí, muchacha?

—Te necesito una vez más. Sentirte dentro de mí para poder aferrarme a ese recuerdo y saber siempre que fuiste real. —A pesar de mis lágrimas, podía oír lo cursi que sonaba. No me importaba.

Él respondió simplemente levantando mi vestido y alzándome del suelo para poder hundirse en mí.

Caímos al suelo con una pasión desesperada que nos hizo movernos uno contra otro hasta que ambos alcanzamos el clímax casi al instante.

Terminó demasiado rápido, pero en lugar de ponerse de pie, me quitó el vestido para que yo yaciera desnuda ante él.

En silencio, dejó un rastro de besos cálidos por mi cuerpo.

—Me alegra morir esta noche, muchacha. Porque no creo que pudiera vivir un solo día sin ti a mi lado. Con cada beso me llevo un pedazo de ti para guardarlo conmigo, y cuando dé mi último suspiro, sea como sea que me encuentre, será tu rostro el que vea cuando mis ojos se cierren por última vez.

—Eoin —bajé la mano para acariciar su cabello, instándolo a subir hacia mí para poder besarlo una vez más.

—Es hora, amor. No puedo quedarme a verte hacer el hechizo. Me temo que te impediría hacerlo. Pero debes hacerlo, así como yo ahora debo ir a preparar a los hombres. Cuando me vaya, cámbiate a tu ropa extraña y haz el hechizo tan rápido como puedas.

Nos pusimos de pie y me rodeó con sus brazos una última vez. —Siempre te amaré más allá del tiempo mismo. Incluso después de que esté muerto y enterrado, sentirás mi amor por ti dondequiera que vayas.

Me soltó y, para cuando levanté la vista, se había ido. Resignada, me dispuse a seguir sus últimas instrucciones.