Capítulo 30
S in duda estaba a punto de meterme en problemas. Por qué, no tenía idea. Pero por la expresión en el rostro de Mary, me daba cuenta de que no estaba nada feliz de vernos de vuelta en el castillo.
No me soltó la mano, ni dejó de moverse hasta que llegamos a la sala de hechizos de Morna, en las profundidades del castillo. Una vez dentro, me soltó y señaló el taburete de madera que estaba en la esquina.
—Siéntate.
Finalmente comprendí cómo se sentían mis alumnos de jardín de infantes cuando tenían que quedarse sentados durante el recreo. —¿Está todo bien, Mary?
—No, muchacha. ¿Qué crees que estás haciendo exactamente, tú?
Por más que lo intentaba, no lograba descifrar de qué estaba hablando. —No creo que esté haciendo nada. ¿Qué te pasa?
—¿Qué me pasa a mí, muchacha? ¿Qué te pasa a ti? Tú y Eoin andaban en malos pasos mientras estaban fuera, y no hagas el intento de decirme que no fue así.
No pude reprimir una sonrisa. —Define «malos pasos».
—¡Ach! Pues que han estado encamándose y disfrutando cada momento, ¿no es cierto?
No había razón para que me sintiera culpable por mis recientes actividades con mi especie de esposo, pero Mary estaba logrando rápidamente que me sintiera así. Al instante, me puse a la defensiva. —No creo que eso sea asunto tuyo, Mary.
—Oh, ¿no crees que lo sea? Bueno, perdóname, pero mientras tú estabas fuera, todo el castillo se ha estado desviviendo tratando de encontrar el anillo para el hechizo para que puedas volver a casa, y tú vas por ahí actuando como si no quisieras irte.
—Sí quiero ir a casa —hice una pausa, insegura de si creía mis propias palabras—. Creo.
—Sí, ahí lo tienes, muchacha. Esa es la primera verdad que has dicho. No sabes si quieres volver a casa. ¿Y te gustaría que te dijera por qué es eso, muchacha?
—Estoy bastante segura de que me lo vas a decir de todos modos —sonreí, pero ella no parecía divertida.
—Sí, eso haré, muchacha. No sabes si quieres volver a casa porque te has permitido enamorarte de Eoin. ¿Cómo pudiste ser tan tonta? Sabes que no puede ser así.
Me puse de pie, sintiéndome enojada e inexplicablemente al borde de las lágrimas.
—No es como si hubiera tenido la intención de enamorarme de él, Mary.
¿Lo has visto? No creo que haya tenido mucho que decir al respecto.
¿Y por qué no puede ser así? Si luzco exactamente como Blaire, ¿cuál es el problema de que me quede?
—¡Ach, muchacha! No conozco bien a la chica, pero supongo que Blaire está lista para volver a su casa.
Estoy segura de que debe estar muerta de miedo al estar atrapada en tu extraño tiempo, ¡donde lo más probable es que la hayan obligado a vestirse con telas que se le suben entre las piernas!
¡Sin mencionar que tu propia madre está desesperada por tenerte de vuelta!
Sentí que el corazón casi se me detuvo ante la mención de mi madre. —¡Espera! ¿Por qué dices eso de mi madre?
Mary tomó el libro de hechizos, que aún yacía abierto sobre la mesa, y me lo puso enfrente.
—Ella te escribió. Mira alrededor de los bordes del hechizo.
Lo noté cuando estaba aquí abajo buscando el maldito anillo.
Una caligrafía que no reconocí me llamó la atención.
No podía leerla, por supuesto, pero hice que Arran viniera a ver, y él me dijo lo que ella decía.
Ella también está trabajando en el hechizo, Bri.
Y ella también necesita el anillo. Está muerta de preocupación pensando que podrías no estar a salvo.
Sostuve el libro ante mí, leyendo las palabras de mi madre una y otra vez, con una mezcla de emociones inundándome.
Me electrizaba saber que estaba a salvo y que había descubierto que el hechizo era la clave para intercambiarnos a Blaire y a mí de regreso.
También me horrorizaba saber lo preocupada que debía estar por mí, y estaba segura de que habría pasado cada segundo buscando la forma de recuperarme.
—¿Cómo crees que pudo hacer esto, Mary?
—No lo sé, muchacha. Quizás la magia del libro permitió que la escritura apareciera.
—¿Crees que funcione en ambos sentidos? Necesito dejarle saber que estoy a salvo y que también estoy buscando el anillo —abracé el libro con fuerza contra mi pecho, como si al acunarlo estuviera aferrándome a un pedazo de mi madre.
—No veo por qué no. No te costará nada intentarlo. Pero, ¿lo dices en serio, muchacha? ¿De verdad estás buscando el anillo?
Entendí bien lo que quería decir. Ella parecía comprender mis sentimientos mejor que yo misma, y sabía que una parte de mí no quería volver a casa.
—Sí, Mary. Estoy buscando. Sé que tenemos que encontrar el anillo.
No puedo negar lo que siento por Eoin, pero no se lo diré.
Es demasiado egoísta de mi parte quedarme aquí.
Mi mamá merece tenerme de vuelta. Blaire merece la oportunidad de poder regresar a su hogar.
Y además, dudo que Eoin sienta lo mismo.
Mary se acercó y me acarició la mejilla con el pulgar de manera maternal. —Ach, muchacha. Creo que él sí te quiere como tú a él. Por eso me angustió tanto verlos caminando hacia el castillo tan felices el uno con el otro. No quiero que esto los lastime a ambos.
—Ya es demasiado tarde para eso, Mary. Me duele ahora con solo pensarlo.
Mary sonrió mientras se daba la vuelta para dejarme sola en la sala de hechizos. —Lo sé, muchacha. A mí también me duele pensar que te vas. He llegado a quererte como si fueras una hija. Escríbele a tu madre. Le hará bien saber que estás a salvo.
—Lo haré. Gracias, Mary.
Una vez que se hubo ido y ya no pude oír sus pasos en la escalera que salía del sótano, volví a colocar el libro de hechizos sobre el escritorio y me subí al taburete, encogiéndome con las rodillas contra el pecho mientras escondía la cabeza y lloraba.
No estaba acostumbrada a permitir que mis emociones me afectaran de forma tan drástica.
Al haber vivido sola durante tanto tiempo, me había habituado a alejar a cualquiera que se atreviera a interrumpir mis rutinas establecidas y la vida cómoda, aunque solitaria, que me había creado.
Si me permitía sentir demasiado, me volvía vulnerable, y ese era un sentimiento contra el que mi personalidad controladora se rebelaba por completo.
De ahí que ninguno de los innumerables hombres con los que Mitsy me había concertado citas pasara de la tercera salida.
Entonces, ¿cómo es que Eoin había logrado colarse en los confines de mi corazón tan fácilmente?
No lo sabía, pero lo amaba. Lo sabía sin ninguna duda.
Pero también sabía que no importaba. Esta decisión afectaba las vidas de demasiadas personas, y yo no podía ser tan egoísta como para considerar solo mi propio corazón.
Si no hubiera nadie más involucrado —ni mi madre, ni Blaire, ni Arran y su amor por Blaire—, dejaría de buscar el anillo con gusto y me quedaría aquí para siempre. Pero ese no era el caso, y ninguna cantidad de lágrimas iba a cambiar eso.
Secándome los ojos con la manga del vestido, estiré las piernas y me puse de pie para ir a buscar una pluma y un tintero con los cuales escribir un mensaje de respuesta a mi madre.
Los encontré rápidamente y, dejando todo el espacio que pude alrededor de los bordes del hechizo para que pudiéramos seguir comunicándonos si el mensaje funcionaba, escribí simplemente: «Estoy a salvo, mamá.
Aún no hemos encontrado el anillo, pero estamos buscando.
Cuida a Blaire. Sé que debe estar lista para volver a casa.
Te amo. Escríbeme de vuelta si recibes esto».
Inhalando profundamente para contener los restos de las lágrimas que aún querían salir, me di la vuelta y salí de la habitación, dejando el mensaje para que mi madre lo viera.
Era hora de encontrar ese maldito anillo. O, al parecer, todos moriríamos en el intento.