Amor en Oklahoma KINGFISHER, OKLAHOMA
1%
Amor en Oklahoma

Amor en Oklahoma

Por Tess Curtis

© inepub.com

KINGFISHER, OKLAHOMA

—Deberías comprarte algo de ropa nueva —le dijo Scarlett, su mejor amiga desde el instituto, mientras observaba el escaparate de una tienda al otro lado de la calle.

Ambas mujeres estaban sentadas en la parte exterior del bar de la localidad mientras disfrutaban de sus bebidas.

Las temperaturas primaverales comenzaban a ser agradables.

—No es un buen año —respondió Linda Clayton, actual dueña y gestora del rancho familiar.

—La sequía —resopló la otra mujer antes de beber un sorbo de café, sabiendo a qué se refería.

—Ya sabes, los rancheros vivimos mirando al cielo —Linda sonrió, resignada.

—También está bien de vez en cuando mirar a la tierra, por ejemplo a… —la vista de Scarlett se cernió sobre un hombre que acababa de bajar del autobús unos metros más allá. Cargaba con un petate y dedujo por su porte que debía ser militar.

—No, gracias. Tuve suficiente con dos años de matrimonio con Asher —dijo, echándole un vistazo al recién llegado. No parecía de la zona.

—Ese tío no se parece en nada a Asher —la contradijo.

—Aun así.

—Apuesto a que ese sí es un hombre con principios.

—Scarly —la llamó cariñosamente, en tono de advertencia.

—De acuerdo. ¿Y qué me dices del marine al que escribiste en Navidad?

—Scarlett recordó que le habló del programa Soldiers' Angel y Linda le había escrito una carta a un marine al azar, además de enviarle unas galletas caseras de jengibre.

El hombre le respondió por email, agradeciéndole el detalle y ambos habían mantenido el contacto de manera asidua en los últimos meses.

—Su base debe haber entrado en modo secreto. Hace días que no sé nada de él.

—O puede que haya regresado con su esposa y sus cinco hijos a Ohio.

—No es de Ohio y dudo que esté casado o tenga cinco hijos.

—¿En serio? ¿Y eso cómo lo sabes?

—Intuición.

—Ni siquiera sabes su nombre —la contradijo.

—Se llama Charlie Sierra.

—Dos códigos militares. Yo soy Alfa Zulú —bromeó y le sacó la lengua a su amiga.

—Te queda bien ese nombre —sonrió Linda.

—¿Te gusta? Ese tío, no el nombre —dijo seria, mirándola.

—Es alguien que me escucha y que no me da problemas, y eso ya es un avance en mi vida.

—¿Por qué no le dices de quedar en persona?

—Está al otro lado del mundo, Scarly.

—Pero debe tener permisos, todos los tienen. Al menos uno o dos meses cada año.

—Creo que no estoy preparada.

—No tienes que casarte con él, Linda.

—Lo sé, pero… no sé.

—¿Y si le pides una fotografía?

—No —desestimó de nuevo.

—Temes que sea un jovenzuelo lleno de acné.

—No es eso.

—¿En serio?

Linda tomó la taza que tenía en su mano y removió el café en un movimiento de muñeca.

—No quiero ponerle cara, no necesito hacerlo. Me gustan las cosas como están.

—Te gusta, pero temes que sea un Sherk .

—¡No creo que sea un Sherk ! —sonrió Linda, sabiendo que su amiga tenía algo de razón.

—Ya, claro. ¿Y si fuera cómo…? —Scarlett miró alrededor, buscando un candidato para darle un buen ejemplo.

A los parroquianos los tenía muy vistos, pero el tipo que había bajado del autobús volvió a entrar en su campo visual, esta vez sin el petate.

Todo hacía indicar que se dirigía hacia el local donde estaban ellas—. Aquel tipo, el del autobús.

—No sé quién es —dijo Linda, fijándose en el hombre.

—No quiero que me digas quién es, solo quiero que me digas si te gustaría que fuera así.

—De acuerdo. Sí, estaría bien —dijo Linda, esperando que la conversación quedase allí.

Scarlett sonrió, satisfecha.

—¡Hola! —dijo Scarlett, cuando el hombre pasó a su lado.

—Hola. —respondió el desconocido, extrañado por el saludo, deteniéndose a mirarla durante una fracción de segundo.

Luego se fijó en la otra mujer que compartía mesa con ella y que no lo había saludado.

Tocó el ala del sombrero que llevaba puesto, antes de continuar su camino hacia el interior del local —Señora.

—¿Qué demonios acabas de hacer? —se quejó Linda, bajando la voz, una vez el hombre desapareció.

—Ser educada.

—No has sido solo educada —le recriminó.

—Lo he sido. Lástima que parecías interesarle más tú que yo —suspiró y se llevó una mano al pecho, dramática.

—¡Idiota! —rio Linda.

—¿Por qué no vas y lo saludas?

—Porque no suelo entrarles a los hombres.

—¿Esperas que ellos hagan todo el trabajo?

—Ya no espero nada de ninguno. Excepto de uno: mi abogado. Y hoy espero que llegue pronto —miró su reloj de pulsera.

—¡Aguafiestas!

—Ahí llega —dijo Linda, levantándose de la silla nada más verlo aparcar.

—Yo invito —le indicó antes de que pagara—. Me gustaría que nos viésemos la semana que viene para comer o cenar.

—Pasa antes de eso por mi casa.

—No lo dudes —Scarlett abrazó brevemente a su amiga antes de entrar en el local, mientras el abogado se acercaba a ella.

***

Colt se sentó en la barra del bar y pidió algo fuerte para beber.

¿Qué demonios estaba haciendo en Kingfisher?

Bebió un sorbo del vaso de bourbon. ¿Quizá era que no estaba preparado para presentarse en Kansas y decirle a su hermana que volvía al rancho veinte años más tarde?

No se sentía con derecho a hacerlo después de tanto tiempo, ¿o solo se trataba de que le ponía nervioso el pensar el verdadero motivo por el que se había detenido precisamente en Kingfisher?

¿Sería capaz de llevar a cabo aquella última misión?

Bebió de nuevo de su vaso, tratando de decidir su camino.

—No eres de aquí, vaquero —le dijo la mujer rubia que lo había saludado a la entrada del local.

—No, y tampoco soy vaquero —el hombre sonrió y mostró una bonita dentadura.

—Eres marine. Pero creo que has sido vaquero antes —dijo Scarlett, segura de sus palabras.

—¿Y tú eres del FBI o…?

—No —sonrió ella—. Solo soy una provinciana algo observadora. ¿Buscas trabajo?

—Aún no lo sé.

—Recién retirado del servicio, ajá —a Scarlett le pareció interesante.

—¿Y tú? ¿Qué buscas?

—Saludar a un posible nuevo vecino. Soy Scarlett —le tendió la mano.

—Colt —el hombre se la estrechó y volvió a beber de su vaso—. ¿Quieres tomar algo?

—Yo no, gracias. Pero… ¿qué tal si invitas a mi amiga la de ahí fuera a una copa?

—¿Perdón?

—Sé que la has visto antes —sonrió Scarlett.

—¿Y por qué debería invitarla? —admitió que la había visto. Pero no le admitiría que, además, le había parecido muy atractiva.

—Porque… lleva un año complicado. Y no parece que vaya a llover pronto. Eso es algo que le preocupa.

—¿Trabaja en un rancho?

—Tiene uno.

Colt fijó su mirada en la puerta del local y vio entrar a la mujer de la que hablaban. Había llegado a considerar el asunto, pero ahora venía acompañada de un hombre.

—Creo que ya ha conseguido compañía —señaló con la cabeza a la pareja.

—¡Oh, no! Es solo su abogado. Pedirá una copa, estará un par de minutos con ella, le dará malas noticias y se irá dejando la mitad de la bebida. Suele pasar así.

—En ese caso… puede que sí necesite esa copa después —convino Colt, tras pensarlo.

—¡Exacto! —Scarlett sonrió, satisfecha.

—¿Cómo se llama tu amiga?

—Linda Clayton.

El vaso de Colt se detuvo a medio camino de la boca y fue posado sobre la barra de nuevo.

¡Linda Clayton! ¡Dios, era ella! La mujer que le había escrito aquella carta en Navidad y que sin saberlo le devolvió la esperanza y la vida.

La que hizo que tuviera algo por lo que mantenerse vivo.

Frunció el ceño, observándola fijamente.

Scarlett posó un billete de cincuenta dólares en la barra y se lo acercó.

—Tengo mi propio dinero —dijo él, volviéndole a acercar el billete a la mujer.

—No quería ofenderte —lo recogió esta.

—Hay pocas cosas que puedan ofenderme hoy en día.

—Bien. En ese caso, ha sido un placer, Colt…

—Sullivan.

—Colt Sullivan —repitió Scarlett su nombre—. Puede que Kingfisher sea un buen lugar. Es tranquilo, hay oportunidades y los veteranos son bienvenidos.

—Parece un buen sitio —él cogió su vaso y brindó hacia ella con una sonrisa. Luego la mujer miró hacia su amiga sin ser vista y sonrió a su vez, antes de abandonar el bar.

***

—¿Qué demonios me estás diciendo, Dax? —preguntó Linda, molesta, tras escuchar a su abogado y gestor. Volvía a insistirle en un tema que ya creía zanjado.

—Que deberías considerar escuchar la oferta de Cimarron Oil.

—¿Sabes lo que ese tipo de gente hace a tierras como las nuestras?

—Es una compañía emergente.

—No van a inyectar químicos en mi rancho para encontrar petróleo o gas.

—No sabes si eso es lo que quieren. Mira, Linda, solo te pido que los escuches, luego la decisión será solo tuya y no te volveré a molestar. Pero te advierto que tus cuentas no están en el mejor momento. La ayuda que podría suponer esto no es nada desdeñable.

—Lloverá pronto —dijo ella, expresando más un deseo que una certeza.

—De acuerdo, pero solo por si no llueve, escúchalos. Y espero que tomes una decisión antes de la semana que viene. Eso o tendrás que despedir a un par de empleados y sé que no te gustaría hacerlo, porque tienen una familia y a ti te gustan las familias y tus empleados. Te llamaré.

Linda se sentía entre la espada y la pared.

Torció el gesto y vio cómo tras darle un breve sorbo a la copa, su abogado, Dax Hollister, abandonaba el local.

¿Por qué demonios no era capaz de sostener el rancho como lo había hecho su padre, con menos medios, hasta la hora de su muerte?

Ella tenía una maldita licenciatura de gestión agraria, que parecía no ser más que papel mojado en un marco en la pared de la biblioteca del rancho.

***

—¿Un mal día? —preguntó alguien, sentándose a su lado, unos minutos más tarde.

—Una mala semana, un mal mes… —respondió ella, suspirando.

—¿Qué te parece si te invito a una copa? —ofreció el hombre, que no era otro que el desconocido al que le había estado prestando atención Scarlett hacía un rato.

—¿Por qué habrías de hacer eso? —preguntó, desconfiada.

—Siempre es mejor idea beber en compañía —bromeó él y sonrió, mientras que ella se mostraba algo reacia y lo observaba, suspicaz.

—Pero pésima cuando es con un desconocido.

—Colt —le tendió la mano y ella la miró, pensando si estrecharla o no. El hombre la retiró y se dijo que no iba a ser una empresa fácil—. Ya lo pillo.

—Mira, Colt —lo nombró—. Te he visto hablar con Scarlett antes y no sé qué te ha dicho, pero debes saber que no es cierto.

—¡Vaya! —dijo con pesar fingido—. ¿Mentía cuando me ha dicho que Kingfisher es una buena comunidad con oportunidades laborales y amigable con los veteranos?

—¿Eso te ha dicho? —Linda quedó sorprendida.

—Palabra por palabra —aseguró Colt.

—En ese caso, lo siento. Kingfisher es un buen lugar, en eso no mentía.

—¿Significa que ya puedo invitarte a una copa?

—De acuerdo.

El hombre esbozó una nueva sonrisa hacia la mujer.

—Colt Sullivan —se presentó, intentándolo de nuevo.

—¿Sullivan? —frunció el ceño Linda.

—Sí, de origen irlandés —sonrió Colt hacia ella—. Mi tatara-algo vino de allí.

—Tus ojos te delatan —le dijo ella, observando al hombre, mientras que este llamaba con un gesto al camarero del lugar para que les sirviera.

Scarlett tenía razón, aquel hombre era muy atractivo y al menos constituía una cara nueva en la relativamente pequeña comunidad del sur de Oklahoma.

—¿Y tu nombre era…? —preguntó él, cuando les sirvieron.

—No finjas no saberlo. Scarlett debe habértelo dicho.

Él la miró, divertido. Aquella mujer no era estúpida. Le había seguido la corriente, pero conocía a su amiga.

—Puede que lo mencionase por encima —sonrió él—. Pero me gustaría hacer las cosas a la antigua usanza.

—Linda Clayton —se rindió ella, sabiendo que había perdido todo el interés por el hombre. Probablemente él solo buscaba un revolcón rápido en un pueblo en el cual estaba de paso. Y aunque la idea le resultaba tentadora, porque el tal Colt no estaba nada mal, era algo que no iba a hacer.

—Un placer, Linda.

—Sí, claro —sonrió de compromiso y miró su bebida.

—¿Pasa algo? —advirtió él.

—Creo que tengo que irme —dijo, tras beber un sorbo y dejar el vaso.

—¿Qué ocurre?

—Disfruta de tu estancia en el pueblo.

Linda dio un último y largo trago a su copa, cogió el bolso y se dispuso a salir del local. Alguien la llamó antes de abandonar el lugar y mantuvo una breve conversación con una funcionaria de correos que le entregó un sobre.

Solo un par de segundos después, observó cómo el forastero con quien había tomado una copa se abalanzaba sobre ella y la tiraba al suelo. Oyó a las personas del local gritar con la acción.

—¿Qué demonios crees que…? —comenzó a preguntar, molesta hacia el hombre, cuando comenzó a incorporarse. Él tiró de nuevo de ella hacia el suelo.

—¡Disparos! —gritó alguien.

—¡Todos al suelo! —agregó otro de los presentes.

—¡Que alguien que esté a cubierto llame al sheriff! —gritó un tercero.

Linda fue consciente de lo que estaba sucediendo. Alguien había disparado, el tal Colt solo había tratado de ponerla a salvo.

—Más te vale que te quedes aquí conmigo —dijo Colt entre dientes, tirando de ella una vez más para tratar de ponerla a cubierto. Algo le había mordido, él lo sabía, pero no era el momento de decirlo, no hasta que el peligro pasara.

—¿Cómo demonios lo has sabido? —preguntó ella. Nadie había dicho nada cuando ambos rodaban por el suelo.

—Era para ti —dijo él.

—¡¿Qué?!

Colt fue a responder, pero no pudo reprimir una mueca de dolor. Linda lo advirtió y miró que manaba abundante sangre de su camisa.

—¡Mierda! —dijo, alcanzando su bolso para llamar a emergencias.