Amor en Evermore & 39th (Rescatados por el amor: en la madurez nº 1) ADELANTO - AMOR EN FIRST & 35TH
100%

ADELANTO - AMOR EN FIRST & 35TH

Capítulo Uno

—No me interesa. Por favor, escucha bien y hazlo llegar a... a todos: se acabaron las citas a ciegas, los intentos de emparejarme y las invitaciones a aplicaciones de citas.

Evie Nolan adoraba a su socia y amiga, pero estaba hasta las narices de tanta felicidad a su alrededor. Los bebés, las fotos de luna de miel y las charlas sobre sexo.

Harta.

De todo.

—Pero Evie.

Sophie Conrad se acarició el vientre abultado y frunció el ceño.

—Todos queremos que...

—Tengas lo que todas vosotras tenéis. Lo pillo. Pero el amor no se puede forzar ni planificar. Dios sabe que, por muy contenta que esté por vosotras, por Amber y Reese con sus bebés, y por Patrice con su segunda oportunidad en el amor, no soy un proyecto para ninguna de vosotras.

Evie cogió el iPad que usaban para diseñar los planos de sus eventos, tocó la pantalla y se lo pasó a Sophie.

—Me encantaría saber qué opinas de la fiesta de compromiso de los Hines-Smith de este sábado.

—Evie, no te vemos como un proyecto. Es solo que me siento fatal por lo que pasó la última vez.

La última vez había sido tres meses atrás, cuando Evie cedió y dejó que Grant, el marido de Sophie y copropietario del equipo de béisbol Idaho Outlaws, le concertara una cita. Grant pensó que el jugador veterano que Sophie había mencionado podría encajar con Evie.

Y la verdad era que a Evie le había gustado el jugador desde hacía tiempo. El jardinero de los Outlaws estaba buenísimo, así que se arriesgó y aceptó la cita.

—Soph, no fue culpa tuya. Soy mayorcita, tengo más de treinta años, y lo gestioné. Y ahora sé lo que es que te plante cara la exnovia de alguien, en público, con fotógrafos al acecho.

Por desgracia, sus amigas no sabían nada de la exnovia.

Sí, Evie aún seguía encontrando trozos de pasta en su coche gracias a que la ex celosa le tiró el plato a David. Un plato lleno, ojo. ¿Y le cayó a David, el objetivo previsto? No. La exnovia tenía una puntería pésima, y el plato acabó derramándose y aterrizando en el regazo de Evie.

Al menos David se había ofrecido a pagarle la tintorería. Pero la blusa de seda había quedado destrozada, una de sus favoritas, y al día siguiente la quemó en la chimenea y juró que esa sería su última cita organizada.

Decidió que esa sería la última vez que dejaba que sus hormonas le nublaran el juicio. Nada más llegar al restaurante, descubrió que no tenían nada en común y que él seguía colgado de su ex. Al día siguiente, las fotos de David y su ex comiéndose a besos inundaron las redes sociales. Nunca más sería la chica de rebote.

Así que no. Evie Nolan había terminado con las citas organizadas por sus amigas. Por desgracia, eso dejaba muy pocas opciones para conocer chicos nuevos, dado lo mucho que trabajaba. Siempre quedaba la forma tradicional de conocer a un chico en un bar, o incluso como sus abuelos, a través de una casamentera.

Ninguna de las dos opciones le atraía.

Sophie seguía mirándola con ojos de cachorrito mientras sostenía el iPad en las manos sin mirar la pantalla.

—Venga ya, sabes que no lo soporto cuando haces eso.

Evie tuvo que morderse el labio para no echarse a reír. No iba a dejarse convencer para otra cita, aunque él fuera perfecto para ella. No quería perfecto. Lo que quería era alguien con quien pudiera tener una buena discusión, reconciliarse después y acabar despatarrados sobre la mesa del comedor, o al menos en algún sitio inesperado.

Evie quería a alguien que desafiara su cabezonería. Hola, Capricornio. Pero también alguien que estuviera a gusto sin hacer absolutamente nada, solo recargar pilas para el día siguiente. Quería a alguien que no pudiera quitarle las manos de encima cuando ella cocinara o pasara por su lado.

Quería a alguien que le hiciera vibrar de pies a cabeza y le provocara mariposas en el estómago con una sola mirada, una mirada solo para ella, y de bonus, que supiera lo que hacía en la cama, preferiblemente con orgasmos múltiples. Ver a todas sus amigas instaladas en la felicidad conyugal le hizo darse cuenta de que debería haberse abierto antes a encontrar «al indicado».

Y mucho antes de que sus amigas empezaran a tener bebés, lo que la obligó a admitir que sí quería una familia después de años pensando que no era lo suyo. Pero seguía negándose a que le organizaran otra cita. Ya encontraría a su chico ella solita, muchas gracias.

Evie aguantó el tipo. No pensaba ceder. Además, el trabajo era una locura y en un par de meses Sophie estaría de baja por maternidad con el bebé número dos, y el trabajo se volvería tres veces más loco.

Había pasado suficientes años en relaciones que no llevaban a ninguna parte y había llegado a la conclusión de que el amor, con todo su maravilloso caos que acelera el corazón, podría llegarle si dejaba de esforzarse tanto y simplemente lo dejaba fluir.

Evie no siempre había visto el amor así, como algo que simplemente podía suceder. De golpe. Pero cuando estás al borde de un precipicio y el único salvavidas es el amor, lo único que te falta en la vida, la idea del amor a primera vista parece menos... tonta. Había noches en las que, tumbada en la cama sin poder dormir, no podía evitar preguntarse si ya había sucedido. ¿Lo había echado a perder?

Porque había un hombre en el que no podía dejar de pensar, por mucho que lo intentara.

No era su tipo.

Era demasiado alto, demasiado guapo y demasiado jodidamente alfa para su gusto.

O tal vez era esa sonrisilla de suficiencia permanente y sus elegantes trajes de tres piezas lo que la echaba para atrás. Nunca podría imaginarse a Sam Campbell pasando un domingo tranquilo en chándal y camiseta, echando la siesta, leyendo o remoloneando en la cama con ella. Y sin embargo, cuando fantaseaba con alguien, el rostro imperfecta y perfectamente esculpido de Sam siempre aparecía.

Un rostro arrogante que, por mucho que lo intentara, no conseguía desterrar.

Sí, definitivamente no era el indicado. Solo eran sus hormonas, deseando una noche juntos. Quizá.

—Vale, mensaje recibido. Tú ganas.

La declaración de derrota de Sophie sacó a Evie de su espiral hacia «nunca-va-a-pasar-landia».

—Cerremos este plano, hagamos el pedido de mesas, sillas, etcétera, etcétera, y demos el día por terminado, que este bebé necesita comer.

Sophie deslizó el dedo por la aplicación y aprobó el diseño de Evie.

—Gracias. Sé que todas queréis verme con un chico. Yo también, pero a partir de ahora se acabó eso de usar a mis amigas y las aplicaciones como servicio de citas. Si está ahí fuera, aparecerá. Porque, amiga mía, no pienso conformarme.

Eran casi las seis de la tarde cuando le sonó el móvil. Sam Campbell lo ignoró. Tenía que terminar de revisar sus notas para los alegatos iniciales del día siguiente. Llevaba trabajando en un caso de intento de asesinato que había tardado más de año y medio en llegar a juicio. Cuando se lo asignaron como fiscal adjunto, pensó que lo tenía ganado. Contaban con un informante y una grabación de las escuchas al acusado organizando el asesinato por encargo. Pero el tipo se negó a aceptar un acuerdo de culpabilidad, así que ahí estaba, pasando otra noche trabajando en aquel maldito caso.

Los medios locales lo habían convertido en un circo. Un marido infiel, un empresario conocido y respetado de Pineville, había buscado a alguien para matar a su esposa en el lugar equivocado, después de que ella descubriera su aventura... bueno, sus aventuras.

Ella había amenazado con llevarse a los niños y la mitad de su patrimonio empresarial. Por suerte para la esposa, el marido contrató a un exconvicto que no acertaba ni a un elefante y estaba dispuesto a venderlo.

Por desgracia, el caso se había aplazado tantas veces en el último año que había tenido que cancelar un montón de planes personales y días de vacaciones. Y joder, necesitaba unas vacaciones.

Y necesitaba echar un polvo.

Su puesto en la fiscalía le dejaba poco tiempo para la vida personal. Al principio no le había importado, pero últimamente se había dado cuenta de que cada vez eran menos los amigos disponibles para tomarse unas cañas o hacerle de ala. El matrimonio, los hijos, el sueño... todo eso se había vuelto más importante para sus colegas.

Y luego estaba su nuevo jefe, que le había cogido manía al instante, a él y a su barba. El tío estaba convencido de que ir bien afeitado equivalía a ser digno de confianza ante un jurado. Sam había conseguido conservarla cambiando de tema cada vez que salía el asunto, pero no sabía cuánto tiempo más podría mantener a raya al viejo. Necesitaba ganar este caso.

El móvil volvió a sonar. Si era el juzgado o la oficina del juez para decirle que la defensa había conseguido otro aplazamiento, iba a... bueno, no quería ni pensarlo, pero todo lo que pudiera romperse en su despacho correría serio peligro. Ni de coña iba a coger el teléfono.

El bendito silencio duró apenas un minuto antes de que volviera a sonar. Sam soltó el bolígrafo, se pasó las manos por el pelo —ya le tocaba cortárselo— y sopesó sus opciones.

El teléfono volvió a quedarse en silencio durante exactamente treinta segundos. Los contó antes de que sonara otra vez.

—Maldita sea. —Sam se levantó, sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta que había dejado tirada y miró la pantalla. Era su madre. Menos mal que no era el juez.

—Hola, mamá. ¿Todo bien?

—No. Mi hijo está ignorando mis llamadas y mensajes. ¿Tengo algún recurso legal, letrado? —La voz de Lois Campbell sonaba tan severa como cuando era niño y lo pillaban en una mentira o con migas de galleta en la cara, jurando que había sido su hermana la que se había zampado las dos últimas galletas del tarro.

—Protesto. Cenamos juntos el mes pasado. ¿No? —Sam estiró la espalda y volvió a sentarse. El suspiro de su madre le hizo torcer el gesto. Vale, hacía dos meses. Y ella tenía razón. No le había devuelto las llamadas.

—Mamá, te prometo que en cuanto termine este caso, te llamaré todos los días y me verás tanto a la hora de cenar que acabarás quejándote de que estoy siempre por casa.

Un sonoro resoplido, y luego su madre se rio. —No hagas promesas que no puedas cumplir. Y ya sé lo ocupado que estás, pero de vez en cuando también está bien saber que sigues vivo. Pero no es la única razón por la que te llamo. Noel y TS van a dar una fiesta en su casa. Es el parón del All-Star y van a invitar a los jugadores con sus familias, además de a amigos, entre los que hay mujeres solteras, y quiero que vengas. Va a ser un día tranquilo de playa y barbacoa. Trabajas tanto...

—Mamá, el juicio empieza mañana y durará al menos hasta la semana que viene. Por mucho que me encantaría hacer novillos, es imposible. Cuando acabe el juicio, pienso tomarme unos días libres y os llevaré a ti y a Heather a cenar. Una cena de celebración, con suerte.

—Seguro que tu hermana estará encantada de celebrarlo, y sé que vas a encerrar a ese malnacido durante mucho tiempo. Menudo desgraciado.

Sam sonrió ante la colorida descripción que su madre había hecho del acusado, y desde luego pensaba encerrar al cabrón durante mucho tiempo. —Gracias por el voto de confianza. Y bueno, ¿qué tal te va últimamente? ¿Algo que deba saber? ¿Has vuelto a esos eventos de citas rápidas en O'Malley's? —Su madre había ido a uno hacía un tiempo con su amiga Patrice, que se había casado recientemente tras años de viudez.

—En serio, ¿me ves aguantando esas tonterías? No, estoy perfectamente feliz con mi vida tal como está. No busco un hombre a estas alturas, Sam. Además, a mi edad, el amor está sobrevalorado.

No se había dado cuenta de lo cínica que se había vuelto su madre con el tema de las citas y los hombres. Divorciada desde hacía mucho, había tenido alguna que otra cita a lo largo de los años. Ni él ni su hermana esperaban que volviera a casarse, no después de lo que les había hecho pasar su padre, pero se merecía que alguien la mimara y la sacara a cenar; pasarlo bien un poco. ¿Quizás había llegado el momento de que su madre se centrara en su propia vida amorosa y no en la de él o la de su hermana?

Y se negaba a pensar en qué tipo de diversión podría tener su madre, nada que ver con la que él llevaba meses echando de menos.

—Entonces, ¿con quién piensas ligarme esta vez? —Sam cerró el expediente que había estado leyendo y guardó el documento en el portátil donde había estado tomando notas para la vista de mañana. Total, podía irse a casa y terminar las notas después de pillar algo de cena.

—Oh, nadie en concreto. Solo quiero verte relajado, que te diviertas un poco. —La voz de Lois tenía un deje de tristeza.

Sabía que ella quería ver a sus hijos felizmente emparejados y dándole nietos, pero él no iba a buscar una mujer con quien sentar la cabeza solo para complacer a su madre. No pensaba conformarse con cualquiera, punto. Además, todavía no había encontrado a nadie que le hiciera cambiar de opinión sobre el matrimonio. Lo más cerca que había estado de ello había terminado antes de empezar, poco después de que lo ascendieran a fiscal adjunto. Nunca había logrado entender qué tenía Evie Nolan, pero conseguía cabrearlo y ponerlo cachondo a la vez. Simplemente no estaba escrito que acabaran juntos.

Para él, el matrimonio estaba muy abajo en su lista de prioridades. Su padre había marcado el camino desde el principio, dejándole un mal sabor de boca respecto al matrimonio. Sam estaba decidido a no cometer los mismos errores que él.

—Lo sé, mamá. Pero ahora mismo necesito concentrarme en este caso. Te llamaré la semana que viene y, con suerte, ya habrá terminado. Entonces te llevaré a cenar.

—De acuerdo. Pero si cambias de opinión, ya sabes que eres bienvenido. Seguro que a TS y Grant les encantaría verte.

Su madre terminó la llamada con un suspiro melancólico.

Sam guardó el teléfono, recogió sus cosas y se dirigió a casa, preguntándose si la mujer que su madre quería presentarle sería la misma que aparecía en sus sueños últimamente.