Amor en el caos (The devil’s sons 3) 1
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¿Cómo han podido descontrolarse tanto las cosas?

No hace ni diez minutos, estaba bailando en medio de la fiesta, disfrutando de la última noche de Tucker en Ann Arbor.

Pero las bengalas de humo me llevaron a refugiarme en una habitación vacía —mi habitación— y ahora tengo un móvil frente a mis ojos.

Y no es el móvil lo que me molesta, sino la foto que veo cuando se ilumina la pantalla.

Una niña de apenas cuatro años sonríe a la cámara entre los protectores brazos de su padre.

Puedo ver la inocencia en su mirada; la vida todavía no le ha causado ningún sufrimiento.

Cree en Papá Noel y sueña con conquistar el mundo, con esa tierna expresión como única arma.

Freddie Tomson es más joven en la foto y él también parece feliz.

¿Sospecharía en esa época que caería en las drogas y arrebataría vidas inocentes?

¿Se imaginaría pasando diez años en la cárcel antes de que Clarke Taylor acabara con él movido por la venganza?

—Lo has matado —susurro.

—¡No!

Su protesta, algo temerosa, me saca de la contemplación de esas dos figuras congeladas en el tiempo.

Me enfrento al Devil’s Son con un deseo tan desesperado de no leer en él ninguna culpabilidad que sería capaz de cegarme y autoengañarme a base de ilusiones, tan solo con la fuerza de mis esperanzas. Sin embargo, incluso una persona ciega sentiría los remordimientos que emanan de él.

Un reflejo, seguido de un mecanismo de defensa, me empuja a dar un paso atrás bajo la ahora desconfiada mirada de Clarke.

¡Como si yo fuera la asesina aquí!

—Entonces, ¿por qué tienes su móvil?

Se queda callado, con la cara inexpresiva, sin ninguna emoción que le deforme las facciones. Inquebrantable. Solo sus puños cerrados a los costados y sus iris negros dan fe de la tormenta que tiene lugar en su interior.

Su silencio me pesa en el pecho, me rompe por dentro y me roba el aliento.

Me da vueltas la cabeza.

—¡Lo has matado, Clarke!

—¡No lo he matado!

Nuestros gritos rebotan contra las paredes de mi habitación.

El aire, cargado de electricidad, vuelve inestable el ambiente.

Con el cuerpo tembloroso por la angustia mal contenida, me quedo callada, esperando la respuesta a mi anterior pregunta: ¿por qué tiene ese puñetero móvil? Pero Clarke no me contesta, me priva de su verdad, que consideraría absoluta si tan solo me la explicara.

En un arrebato de ira, lanzo el móvil al otro extremo de la habitación y huyo por la puerta acristalada. El frío cortante consigue aliviar mis mejillas encendidas; no obstante, los músculos se me tensan tanto que me duelen.

Camino precipitadamente sobre la grava. Necesito alejarme del Devil’s para poder pensar con claridad, y si por el camino puedo deshacerme de mi corazón y mi dolor, mejor.

Un sentimiento de traición que conozco demasiado bien se apodera de mí y me hunde en la desesperación. ¿No se supone que nos volvemos más duros después de recibir un golpe? ¿Por qué el dolor es tan intenso a pesar de las decepciones que ya he experimentado en el pasado?

Estoy segura de que no es más que una creencia popular. No nos volvemos más resistentes: aprendemos de nuestros errores y paramos los siguientes golpes; de lo contrario, el impacto es brutal.

Una y otra vez.

Pero ¿cómo podría haber anticipado este?

No obstante, le había asegurado a Clarke que, si mataba a ese hombre, seguiría a su lado. Que lo aceptaría . Y no me retractaré de mis palabras. Pero no soy capaz de encajar su mentira. Se suponía que todo esto había quedado atrás, que íbamos a ser sinceros pasara lo que pasara.

Me lo había prometido. Y míralo, pisoteando mi confianza una vez más.

Si ha sido capaz de hacerlo de nuevo, los Devil’s…

Sacudo la cabeza. No debo poner en duda la sinceridad de todos por un error suyo.

Dioses todopoderosos, ¡ha matado a un hombre!

—Diría que necesitas un subidón.

Me sobresalto y descubro a una estudiante sentada en los escalones de entrada, sola en mitad de la oscuridad. Los sonidos amortiguados de la fiesta llegan hasta nosotras, y la tranquilidad del lado norte de la propiedad calma mi mente, que va a mil por hora.

Cierro los ojos un solo instante para disfrutar de este respiro.

—Treinta y dos dólares cada una. Pero te las puedo fiar.

Agita delante de ella una bolsita llena de pastillas de color amarillo fosforito que probé en el pasado.

—¿Charlie? —pregunto, con los ojos entrecerrados.

La rubia me sonríe. Sí, es la chica de las duchas que me propuso que fuéramos amigas. Luego me dijeron que, durante un tiempo, había estado detrás de Clarke. ¿Fue sincera conmigo, o intentaba acercarse a mí por interés?

—Un buen vendedor no delata jamás a sus clientes. Puedes confiar en mí.

La demonio me atrae irremediablemente; el impulso de consumirla y olvidar los últimos acontecimientos aumenta en mi interior.

—¿La vendes?

—No, es de uso personal. Pensé que sería divertido seguir la corriente.

Alzo las cejas, sorprendida al enterarme de que es aficionada a las drogas.

—No puedo, tengo…

—Una insuficiencia cardíaca, todo el mundo lo sabe. Pero lo que no te mata te hace más fuerte. ¿Y bien? ¿Quieres una?

Lo que está claro es que no se ganará el premio a la mejor amiga del año. Sin embargo, su mirada vacía llama mi atención. No tiene buen aspecto y me da miedo que lo que haya consumido la sumerja en un estado lamentable e incluso alarmante.

Me siento a su lado y rechazo su propuesta. Yo mantengo mis promesas.

—¿Estás bien? ¿Necesitas un vaso de agua? Te puedo acompañar al campus, si quieres.

Durante unos segundos eternos, no me responde. Parece ausente. Me mantengo atenta a cada una de sus respiraciones, hasta que me doy cuenta de que no es un malestar físico lo que la carcome.

Al final gira la cabeza hacia mí, armada con una sonrisa que parece reconfortante.

—Estoy preocupada por mi padre. Como jefe de la policía, se encuentra al frente de un caso de asesinato cuyas implicaciones superan con creces todo lo imaginable.

Se me escapa todo el aire de los pulmones, como si acabara de recibir un puñetazo en el estómago.

Ya no escucho la fiesta que está en su punto álgido al otro lado de la puerta blindada, solo los latidos de mi corazón adolorido, que resuenan en mis oídos mientras una mano invisible me aprieta la garganta.

Aturdida, me apoyo contra una columna de mármol.

—¿Cuándo ha sucedido ese asesinato? —pregunto en un susurro apenas audible.

—El fin de semana del dieciséis de noviembre, creo…

Sus palabras se llevan el pequeño rayo de esperanza que albergaba y lo empujan a los confines del firmamento, más allá de mi alcance. Ahora, las posibilidades de que exista una explicación sensata al silencio de Clarke se reducen a cero.

Ha matado a un hombre. Me ha mentido mirándome a los ojos, nos ha mentido a todos. Él, que siempre se responsabiliza de sus actos…

No lo entiendo… ¿Por qué?

En este momento, me invade un torrente de emociones: tristeza, ira, decepción y, finalmente, miedo y amor. Estas dos últimas son las más poderosas y me permiten mantener la sangre fría.

Así que sigo interrogando a Charlie.

—¿Por qué no hemos oído hablar de eso en las noticias?

—A la policía le gustaría pillar al culpable antes de que el asunto se filtre, para no verse obstaculizada y ralentizada por la prensa.

—¿Tu padre tiene alguna pista?

—Si es así, no me ha dicho nada —suspira—. Pero está preocupado. Nos ha pedido a mi hermano y a mí que volvamos a casa después de las clases, sin distracciones. Tuve que escabullirme para poder venir.

Si el jefe de la policía teme por su familia, todavía no sospechan de Clar ke, pero es cuestión de tiempo. Después de todo, tiene un motivo. Pronto será el principal sospechoso. Me sorprende que todavía no lo hayan interrogado. A menos que Freddie Tomson tuviera muchos enemigos…

—Se me pone la piel de gallina… —murmuro—. Y no ayuda que estemos aquí a oscuras. ¿No quieres que volvamos dentro?

No necesito fingir miedo o ansiedad: mis terminaciones nerviosas están saturadas de ambos. Espesos, pronto rezumarán por todos mis poros.

Charlie rechaza mi oferta y me dice que se unirá a mí más tarde. Entonces, me levanto y, al igual que un cuerpo despojado de su alma, rodeo la casa en dirección a la piscina.

Benditos dioses, si Clarke hubiera sido sincero, habría cavado toda la noche en mitad del bosque para deshacerme del cadáver sin dudarlo.

Podríamos habernos preparado para cuando la policía lo detuviera y, con la inteligencia de Carter, habría quedado libre de sospecha nada más ser acusado. Ahora nos han pillado desprevenidos.

—¿Quién quiere darse un baño de medianoche? —grita Tucker.

Vuelvo a la realidad con el sonido de las exclamaciones de alegría y salto hacia atrás antes de que la multitud me pisotee. Decenas de fiesteros atraviesan las puertas francesas y se tiran a la piscina.

Solo ha dejado de girar mi mundo, no el suyo.

Con una escasa conciencia de mis movimientos, diría incluso que de mi propio ser, voy hacia el armario exterior y cojo una toalla. El agua está caliente, pero hace frío. Tucker necesitará secarse en cuanto salga para no resfriarse.

Está compartiendo sus hazañas en la banda, rodeado de algunos jugadores del equipo de fútbol —algunos completamente desnudos— y de estudiantes en sujetador o toples.

No es prudente, pero lo que dice es bastante vago.

Todos se beben sus palabras y le prestan atención religiosamente.

Me sorprendo sonriendo cuando se ríe y decido no arruinar su última noche con esta historia de asesinato.

Tiene que irse contento; de lo contrario, sería capaz de dejar a su familia para ayudarnos a sacar a su amigo del apuro.

Arrastro los pies hasta los sillones y me dejo caer entre los Devil’s Sons, que me reciben como siempre, con calidez y cariño.

Cruzo la mirada con Clarke, que, aunque en un primer momento se muestra inexpresivo, parece desconcertado ante la dureza de la mía.

Rompo el contacto visual por miedo a romper a llorar, y escucho distraídamente la discusión entre Sean y Set.