Amor de pelicula 29 before you go
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29 before you go

Emma

Nunca me ha gustado estudiar los guiones en el set.

Hay demasiado ruido, demasiada gente opinando, demasiadas interrupciones que rompen la concentración justo cuando estás empezando a entender por qué tu personaje hace lo que hace. Por eso aquella tarde acepté ir al piso de Noah sin pensarlo demasiado. Era práctico. Tranquilo. Más fácil.

Eso me repetí, al menos. Su edificio estaba en una calle amplia, con árboles alineados que en verano daban sombra y ahora, en pleno otoño, dejaban caer hojas húmedas sobre la acera.

Subimos en silencio después de comprar algo rápido para cenar. Yo llevaba el guion subrayado, lleno de notas en los márgenes; él llevaba una bolsa con comida que olía demasiado bien para ser algo improvisado.

El piso era amplio, luminoso incluso con el cielo gris que ya empezaba a cerrarse. Había ventanas grandes y una terraza que daba a la ciudad. Todo estaba ordenado, pero no de ese orden impersonal de revista. Era un orden vivido. Una manta doblada en el respaldo del sofá, libros abiertos en la mesa de centro, una taza olvidada en la encimera.

Y entonces lo vi.

—¿Ese es…? —señalé.

Un gato gris, enorme, con ojos amarillos atentos, estaba sentado sobre el respaldo del sofá como si fuera el dueño legítimo del lugar.

Noah dejó la bolsa en la cocina.

—Sí. Él es Loki. Loki me observó con una mezcla de superioridad y juicio.

—Hola, Loki—murmuré, acercándome con cautela.

El gato no se movió. Solo parpadeó despacio.

—Le caes bien —dijo Noah desde la cocina.

—¿Ah, sí?

—No se ha ido corriendo.

—Qué honor.

Sonrió apenas, y fue una sonrisa pequeña, tranquila, de las que no buscan llamar la atención. Me gustó que fuera así.

Nos sentamos en el suelo del salón, con los guiones abiertos, apoyados en la mesa baja. La luz exterior empezaba a oscurecerse, pero no encendimos las lámparas todavía. Trabajábamos mejor con esa penumbra suave, como si el mundo se estuviera cerrando alrededor y solo quedáramos nosotros dos, nuestras voces y el sonido ocasional de las páginas al pasar.

Ensayamos la escena del episodio cuatro primero. La discusión.

Yo me levanté, caminé hacia la ventana, como lo hacía mi personaje.

—No puedes decidir por mí —dije, intentando encontrar el tono exacto entre rabia y miedo.

Noah apoyó la espalda contra el sofá, observándome con atención real, no esa atención de compañero que solo espera su turno para hablar.

—No estoy decidiendo por ti —respondió con calma—. Estoy intentando evitar que te hagas daño.

—Eso no te corresponde.

Hubo un silencio. Lo mantuvimos. No por torpeza, sino porque ambos estábamos probando cuánto peso podía aguantar esa pausa.

—Estás huyendo —añadió él, más bajo.

Se me erizó la piel, aunque sabía que era texto.

—No —dije, y por un segundo olvidé que estaba actuando.

Nos quedamos mirándonos más de la cuenta. Loki saltó de repente de su trono improvisado al suelo, rompiendo el momento con un golpe seco.

Solté el aire.

—Vale, esa parte funciona —dije, sentándome otra vez—. Pero creo que mi personaje no debería estar tan segura. Creo que está más… asustada que enfadada.

Noah asintió.

—Sí. Enfadada es más fácil. Asustada es más real.

Siempre hacía eso. No discutía por discutir. Escuchaba.

Seguimos trabajando. Repetimos escenas más ligeras después, algunas con más ironía, otras más íntimas. A veces nos equivocábamos y nos reíamos. A veces uno corregía al otro. A veces solo nos quedábamos callados, leyendo.

No me di cuenta de cuándo empezó a llover.

Primero fue un sonido leve contra el cristal. Después, un golpe más fuerte. Luego otro. En cuestión de minutos, el cielo se deshizo.

La terraza empezó a inundarse. Las gotas golpeaban con tanta fuerza que parecía que alguien estuviera lanzando puñados de grava contra las ventanas.

—Vaya —murmuré, mirando hacia fuera.

Noah se levantó y apartó ligeramente la cortina.

—Eso no estaba en el pronóstico.

El cielo era casi negro. Los relámpagos iluminaban los edificios a lo lejos con una luz blanca y breve, como fotografías mal reveladas.

Seguimos trabajando un rato más, pero la lluvia no bajó. Al contrario. Aumentó.

Miré la hora.

—Creo que debería irme ya —dije, cerrando el guion.

Noah me miró como si acabara de decir una tontería.

—¿Irte?

—Sí. Antes de que empeore. Se acercó a la ventana otra vez. La lluvia golpeaba con violencia. El viento movía los árboles como si fueran de papel.

—Ni de coña vas a salir así.

Me levanté.

—Qué va. Si solo es un poco de agua. No hay que preocuparse.

En ese mismo instante, mi móvil vibró en la mesa.

Y el suyo también.

Los dos bajamos la mirada casi al mismo tiempo.

Alerta meteorológica. Nivel naranja. Se recomendaba no salir de casa salvo necesidad extrema. Riesgo de inundaciones. Accidentes.

Levanté los ojos.

Noah arqueó una ceja.

—¿Ves como no era ninguna tontería?

Suspiré.

—Bueno… quizá es un poco exagerado. Un trueno retumbó tan fuerte que hizo vibrar los cristales.

Nos quedamos en silencio un segundo.

—Emma —dijo él, más suave ahora—. No vas a conducir con esto.

Miré otra vez la lluvia. Era absurda. Compacta. Densa. Como si el cielo se estuviera vaciando entero sobre la ciudad.

—¿Y dónde me quedo? —pregunté.

Él no tardó medio segundo en responder.

—Aquí.

Solté una risa corta.

—Ni de coña voy a dormir contigo.

—Yo no he dicho eso.

—Noah.

—Emma.

Nos miramos. —Duermo en el sofá —añadió él—. O en la habitación de invitados. Tú eliges. No voy a dejar que te vayas con esta tormenta.

Su tono no era dramático. Ni insinuante. Era simple. Directo.

Eso me desarmó un poco más de lo que quería admitir.

—No quiero molestar —dije, cruzándome de brazos.

—No molestas.

Loki se acercó entonces y empezó a frotarse contra mi pierna, como si estuviera votando a favor de la propuesta.

—Ves —dijo Noah—. Loki ya ha decidido.

—No sabía que tenía poder de decisión.

—Es el que manda aquí.

El gato maulló, como confirmándolo.

No pude evitar sonreír.

Miré otra vez el móvil. Otra notificación. La tormenta se intensificaba.

—Vale —cedí al final—. Pero tú no duermes en el sofá.

Frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Es tu casa. No voy a echarte de tu cama.

—Emma…

—Habitación de invitados. Fin.

Se pasó una mano por el pelo, pensativo.

—Está bien.

La tensión rara que había aparecido se relajó un poco, pero no desapareció del todo. Se transformó en algo distinto. Más consciente.

Recogimos los guiones. Apagamos algunas luces. La lluvia seguía golpeando con la misma fuerza.

—Te dejo una camiseta para dormir —dijo, entrando en el pasillo.

—Tengo ropa en el coche.

Me miró como si estuviera considerando la posibilidad de que bajara a por ella.

—Ni lo sueñes.

—Eres un exagerado.

—Precavido._ me corrigió.

Volvió con una camiseta gris y unos pantalones de algodón.

—Gracias.

Nuestros dedos se rozaron cuando me los dio.

Nada exagerado.

Pero suficiente.

Loki me siguió hasta la habitación de invitados como si estuviera asegurándose de que no robaba nada. El cuarto era amplio, con una cama grande, sábanas blancas impecables y una ventana desde la que se veía la lluvia desdibujando las luces de la ciudad.

Me cambié con la puerta cerrada. La camiseta me quedaba grande. Olía ligeramente a su detergente, algo limpio, casi neutro, pero con un fondo que ya asociaba a él.

Cuando salí, estaba en la cocina, apoyado contra la encimera, mirando el móvil.

—¿Todo bien? —pregunté.

Asintió.

—Han cancelado el rodaje de mañana por la tormenta.

—Genial.

—Al menos hemos avanzado hoy.

Me acerqué.Loki saltó a la encimera y Noah lo bajó automáticamente.

—No puedes estar ahí.

—Está claro que no te hace caso —comenté.

—Nunca.

Nos quedamos uno frente al otro en la cocina, la luz cálida encima de nosotros, la tormenta rugiendo al otro lado del cristal.

—Gracias por no dejarme irme —dije al final.

Me miró unos segundos antes de responder.

—No iba a dejar que condujeras con esto. No es heroísmo. Es sentido común.

—Ya.

Hubo un silencio. No incómodo. Solo cargado.

—Buenas noches, Emma.

—Buenas noches, Noah.

Volví a la habitación con Loki siguiéndome otra vez. Se subió a la cama como si fuera suya y se acomodó sin pedir permiso.

—¿Así que eres el verdadero dueño? —murmuré.

El gato cerró los ojos.

Me metí bajo las sábanas. La tormenta seguía, pero más lejana ahora, amortiguada por las paredes.

Miré el techo un rato.

No era la primera vez que pasaba horas con Noah. Ni la primera vez que me sentía cómoda a su lado. Pero aquella noche tenía algo distinto.

No era el beso del rodaje.

No era la tensión evidente.

No era la actuación. Era cotidiano.

Real.

Estábamos estudiando.

Nos había pillado la lluvia.

Me quedaba a dormir.

Nada más.

Y, aun así, sentía el peso de todo lo que no estaba pasando.

Escuché pasos suaves en el pasillo. Después silencio.

Loki ronroneaba a mi lado.

Cerré los ojos. Y me dormí.