Amor de pelicula
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Emma
El despertador no sonó.
No fue un sonido lo que me despertó, ni una melodía estridente ni una alarma insistente. Fue esa sensación extraña, casi animal, que te sacude el pecho cuando sabes que algo va mal incluso antes de abrir los ojos. Como si el cuerpo se adelantara a la mente. Como si el día, desde algún lugar invisible, ya me estuviera esperando con los brazos cruzados.
Abrí los ojos de golpe.
Lo primero que vi fue el techo de mi habitación, aún envuelto en una luz grisácea, tímida, de esas que no son ni noche ni mañana del todo. Lo segundo fue el silencio. Y lo tercero… la hora.
Me incorporé tan rápido que el mundo se inclinó ligeramente.
—No —susurré—. No, no, no. No eran ni las ocho de la mañana y yo ya iba tarde. Justo hoy. El día en el que no podía permitirme llegar tarde. El día del casting. Uno más, sí, pero también uno de esos que pueden mejorar mi carrera de golpe.
Me levanté de la cama de un salto y tropecé con la sábana, que decidió vengarse de mí en el peor momento posible. Caí de rodillas sobre la alfombra, con un golpe seco y poco elegante, y me quedé ahí unos segundos, respirando hondo, con la frente apoyada en el colchón.
No iba a llorar.
Todavía no.
Llorar antes de las ocho de la mañana era rendirse demasiado pronto.
Me puse en pie como pude y avancé hacia el baño arrastrando los pies. El espejo me devolvió una versión de mí que conocía bien: el pelo revuelto, las ojeras marcadas, los ojos grandes todavía cargados de sueño y una expresión que parecía decir tranquila, Emma, todo va a salir bien, aunque no tuviera ni idea de si era verdad.
Soy actriz. Aún me sorprende lo fácil que me resulta escribirlo y lo difícil que fue, durante años, decirlo en voz alta. Actriz. Una palabra pequeña para algo que me había costado tanto. Años de espera, de audiciones vacías, de salas llenas de desconocidos con el mismo sueño agarrado al pecho. Años de sonrisas educadas, de silencios largos, de correos que nunca llegaban.
Y aun así, aquí estaba.
Viviendo de ello.
Amándolo casi todo.
Casi.
Porque si hay algo que detesto con una pasión irracional son los castings por la mañana. No se los desearía ni a mi peor enemigo. Hay algo cruel en pedirle a alguien que sea brillante, magnético y emocionalmente disponible antes de que el cerebro haya terminado de arrancar.
El café fue mi primera salvación.
Luego vino el segundo.
Para cuando iba por el tercero, mis manos ya temblaban ligeramente y mis pensamientos corrían más rápido que mis pasos. Mi mente siempre ha sido así: un torbellino. Ideas, emociones, recuerdos, expectativas… todo mezclándose sin pedir permiso.
Mientras me vestía, repasé el texto una vez más. No porque no me lo supiera, sino porque leerlo me calmaba. Me recordaba que, al menos durante unos minutos, tenía algo a lo que aferrarme.
A veces me pregunto si no me hice actriz solo por eso: por la posibilidad de ser otra persona durante un rato. O quizá para entenderme mejor a mí misma.
Me puse la chaqueta, cogí el bolso y volví a mirarme al espejo antes de salir. Vi a alguien alegre, sí, pero también cansada. Vi a alguien que se tomaba la vida como venía, a trompicones, con risas nerviosas y silencios largos. Vi a alguien que soñaba con una gran historia de amor sin saber muy bien cómo se suponía que debía encontrarse.
Soy así.
Un poco demasiado intensa.
Un poco demasiado torpe.
Un poco demasiado reservada cuando no debería. Salí de casa casi corriendo, con el guión doblado dentro del bolso y el corazón latiéndome con fuerza. El aire de la mañana estaba frío, despejaba la cabeza y hacía que todo pareciera un poco más real.
El trayecto se me hizo eterno. Cada semáforo en rojo era una afrenta personal. Cada minuto que pasaba parecía recordarme que nada estaba garantizado.
Pensé en todos los castings anteriores. En los que salieron bien. En los que salieron mal. En los que no sentí absolutamente nada.
Pensé en lo mucho que quería que este fuera distinto.
El edificio apareció al final de la calle, grande, gris, imponente. De esos que no intentan parecer acogedores. De esos que existen solo para juzgarte durante cinco minutos.
Me detuve frente a la entrada.
Respiré hondo.
Quizá hoy no me elegirían. Quizá hoy saldría de allí con esa sensación hueca en el pecho que ya O quizá no.
Ajusté la correa del bolso sobre mi hombro, enderecé la espalda y empujé la puerta.
El casting me esperaba.
Y yo, aunque no lo supiera todavía, estaba a punto de empezar algo que cambiaría mucho más que mi carrera.