Amor contra las cuerdas Capítulo 33
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Capítulo 33

J ACKSON

Ya no puedo ver el ring de la misma manera.

Me doy cuenta al entrar en el pabellón para recoger a Kilian.

Las duchas de los vestuarios, las taquillas y hasta el banco de madera hacen que se me venga a la mente cómo follamos a lo bestia.

Apenas dormimos. Apenas nos tomamos tiempo para descansar entre orgasmos, pero eso es algo con lo que yo contaba.

La tensión que había entre nosotros ya lo vaticinaba.

Ambos necesitábamos justo eso: apagar la mente aunque fuera por unas horas.

Desconectar del boxeo. De su padre. De nuestras vidas.

Y centrarnos en nosotros. En la puta química que tenemos y en lo bien que nos hacemos sentir mutuamente.

Soy consciente de que ayer le dije que lo quiero. No literal, solo dije «y yo», pero lo dije.

En ese momento, no estaba pensando en lo que decía, pero, joder, lo sentí. Lo tengo claro. Y ser capaz de contárselo dadas las circunstancias me quita un peso de encima.

Kilian me guiña un ojo nada más verme aparecer y me arranca una sonrisa. Ya son las siete y no le quedan más entrenamientos que dar. Justo suena la alarma del contador de asaltos y se me encoge el pecho. Ha terminado el entreno. Ya es todo mío.

¿Estoy nervioso? Puede ser.

Ayer, o mejor dicho esta mañana, antes de irnos cada uno a su casa, acordamos tener otra cita hoy.

Y él lo ha dejado todo en mi mano. Joder…

, qué difícil me resulta organizar algo.

O por lo menos algo para él. Porque no sé qué cojones puede gustarle ni qué no.

Y aunque puedo hacerme una idea, puede ser que me dé algo de miedo no cumplir con sus expectativas.

Me paso una mano por el pelo y suspiro cuando se echa la bolsa de deporte al hombro antes de acercarse a mí.

—Tenemos que solucionar esto de que no pueda besarte al verte —dice como saludo.

—Hola a ti también —respondo sonriéndole. Él me pasa un brazo por los hombros y nos dirigimos hacia la salida.

—Hola —me susurra al oído.

Qué difícil se nos va a hacer dejar de follar cada vez que nos veamos. Lo sé porque noto cómo se me endurece en el pantalón con el mísero contacto de su brazo en mis hombros.

—Entonces… ¿qué quieres hacer? —pregunta, curioso.

—No tengas las expectativas muy altas, eh.

—Sabes que me da igual lo que hagamos, ¿no? —pregunta—. A mí con estar contigo me sobra.

—Deja la bolsa en tu coche —le pido. Me obligo a ignorar su comentario por nuestro bien. Poco a poco me estoy acostumbrando a lo pasteloso que Kilian puede llegar a ser. O a lo mucho que me gusta que lo sea.

—¿Y eso? —pregunta, acercándose al vehículo y haciendo lo que le pido.

—Tengo algo para ti —respondo cuando abro el compartimento de la moto. El pulso me va a mil por hora.

Saco el paquete y Kilian abre los ojos como platos.

—¡No puede ser! —alza la voz—. Me estás vacilando.

Se lo tiendo y él raja el papel que cubre el regalo.

El casco negro reluce en sus manos. Su nombre, grabado en mate, resalta con la tenue luz de las farolas.

—Tío, qué pasada… —dice admirándolo—. ¿Cuándo has comprado esto?

—Esta mañana —respondo encogiéndome de hombros, y él me abraza. Su calidez me envuelve y yo lo estrecho con fuerza.

—Gracias.

—Por nada.

Hace unos meses, nunca me habría imaginado regalando algo.

Mucho menos un casco de más de cien dólares.

Pero desde que empecé a ganar dinero con el boxeo y que mi madre está mejor, he ahorrado una cantidad considerable de pasta con los torneos y promociones de marcas que me ha conseguido Ann, la representante de Kilian.

Y, para ser sinceros, el sentimiento que me genera verlo tan entusiasmado por un simple casco me indica que ha merecido totalmente la pena cada dólar invertido.

Kilian no rompe el abrazo. Como me dijo ayer, nunca suele hacerlo. Así que disfruto de su cercanía unos segundos más y lo hago yo.

—Hoy vamos en mi moto —le ordeno.

Él sonríe y da unos pequeños botes de camino a esta como un niño pequeño.

—De no dejar que la toque a regalarme un casco para que me suba, ¿eh? —dice enarcando una ceja.

—Puede ser que te lo hayas ganado.

—Uy, qué fácil ha sido…

—Bueno, te has portado bien.

—Puedo portarme mucho mejor… —dice antes de guiñarme un ojo de nuevo y probarse su nuevo casco.

Y, joder…, le queda espectacular.

Cuando se sube la visera, sus ojos grises contrastan con el negro del casco. Sigue sonriendo y su expresión es preciosa. Aunque tenga unos rasgos duros, su mirada transmite una calidez demasiado tierna.

—¿Qué? —pregunta alzando la barbilla—. ¿Te gusta cómo me queda?

—Me acostumbraré. Espero… —le respondo subiéndome a la moto, ignorando de nuevo lo que provoca en mí—. ¿Tienes hambre?

—¿Después de entrenar? Siempre.

Kilian se sube detrás y, cuando noto sus piernas alrededor de las mías, siento un escalofrío.

—¿Adónde me llevas? —pregunta con curiosidad.

Pero no le respondo. Suficiente tengo con controlarme cuando pasa sus fuertes antebrazos por mi cintura para sujetarse.

—Bueno… —dice apretando el agarre—. Tienes suerte de que a mí sí que me gusten las sorpresas.

Su entusiasmo me pone incluso más nervioso de lo que ya estaba. Si supiera que lo llevo a uno de los sitios más cutres de Las Vegas…

Cuando giro el manillar hacia delante y Kilian oye el rugido del motor, aprieta un poco más su agarre.

Intento controlar la respiración.

Nos merecemos este momento.

Los torneos de la liga están por terminar y, antes de que empecemos con el intensivo de entrenos, merecemos este instante de paz.

Mañana tenemos toda la tarde de entrenos y pasado prácticamente igual. Este finde es el penúltimo torneo.

Suspiro y arranco la moto.

Kilian apenas se mueve, por lo que me es bastante fácil mantener el equilibrio y conducir tranquilamente. Sin embargo, este aprovecha un semáforo para sacar el móvil y echar alguna que otra foto.

La verdad es que el paseo lleno de neones está a tope de ambiente.

Las Vegas nunca duerme. Incluso oigo algo de música a través del casco cuando paramos en los semáforos.

Aún me sorprende la cantidad de casinos que hay en la ciudad y el lujo que rodea todo.

Los rascacielos amenazan con hacerme sentir pequeño, pero es justo al contrario, me hacen sentir adrenalina.

Dejamos atrás varias calles y nos incorporamos a la autopista.

Finalmente, llegamos a mi barrio y aparco la moto enfrente de una gasolinera.

Y no, no lo he traído aquí.

El restaurante está en la otra acera.

—¿Y esto? —pregunta Kilian al quitarse el casco, mirando a su alrededor.

Le cojo el casco y lo guardo junto al mío en el compartimento.

—Mi padre venía a este restaurante desde que era joven —le explico señalando la otra acera.

El cartel de neón del Tommy’s ilumina el rostro de Kilian.

—Hacía tiempo que no me pasaba y, como está a las afueras, lejos de multitudes, creo que podremos estar seguros. Y, joder…, es que vas a flipar con las pizzas que hacen.

Él sonríe y se deja llevar dando a entender que le parece una buena idea.

Me sigue hacia el interior de la pizzería. El olor a masa recién horneada nos golpea y se me hace la boca agua al instante.

—Qué bien huele… —susurra a mi espalda, y me posa una mano en ella, incitándome a entrar.

—¡Pero bueno! —grita la camarera al verme.

Hacía años que no la veía.

—¿Cómo estás? —me pregunta tras dejar un trapo en una mesa para abrazarme.

Esto de no incomodarme con el contacto hace que me sienta algo orgulloso de mí y del progreso que estoy haciendo.

—Bueno, ni tan mal, la verdad —confieso, y ella sonríe.

—Ya veo, ya… —dice dirigiendo su mirada a Kilian. Alza una ceja, escaneándolo.

Si no supiera que es lesbiana de los pies a la cabeza, seguramente me pondría algo celoso.

—Yo soy Kilian. —Alza una mano para saludarla. Ella la estrecha y le sonríe de una manera encantadora.

—Me gusta la pareja que hacéis —nos susurra.

Siento cómo me sonrojo al instante.

—No somos…

—Todavía —me corrige Kilian al momento en un susurro.

—Dale tiempo —le aconseja como si yo no estuviera delante.

Él se ríe y asiente.

—Creo que le voy pillando el truco. ¿Has visto qué rojo se pone?

—Joder… —digo desviando la mirada y cogiendo aire—, ¿dónde nos sentamos?

—Donde quieras. Este sitio es tu casa, ya lo sabes.

El local no tiene muchas mesas y algunas están ocupadas. Me alegro de que aún tenga clientela después de tantos años. Ni me imagino lo difícil que es no morir a la sombra de las grandes franquicias que te ofrecen lo mismo o más por un precio más bajo.

Veo una mesa en el fondo y me encamino hacia ella.

Nos pone un mantel de papel enfrente de cada uno y, como ya sé perfectamente qué vamos a pedir, nos toma nota.

—Te gusta la pizza, ¿no? —le pregunto, dándolo por hecho.

—Mucho, pero creo que no he probado una desde que conocí a Will —confiesa—. Era muy estricto con la dieta. Y como empecé a sentirme mejor, al final dejé de comer cosas así. La última vez que lo hice fue contigo, cuando pedimos sushi.

Suspiro.

—Con que eres de esos… —digo sonriendo, porque le pega demasiado—. Eso es muy aburrido por tu parte.

—Me voy a meter veinte trozos de pizza entre pecho y espalda, Blake. Siempre puedo hacer excepciones…

—Buena respuesta.

Llegan los refrescos y pego un sorbo de mi Coca-Cola .

— ¿Sabes? Nunca me has dicho cómo empezó todo —dice Kilian—. ¿Por qué el boxeo?

—Buena pregunta.

Me hace gracia que Kilian sepa cosas tan concretas sobre mí y que luego desconozca hechos tan simples como este. Es algo que hace que me dé cuenta del largo terreno que nos falta por explorar el uno del otro. Conocemos lo importante. Ahora solo falta tamizar…

«Sin prisa», me digo.

Me entusiasma la incertidumbre de no saber aún qué me depara este chico.

Ya no es ansiedad.

Ahora son ganas.

—Mi padre también luchaba, pero con amigos y tal.

Un día me llevó con ellos y me volví adicto al boxeo.

A la serotonina que te genera ganar un combate difícil, la incertidumbre de no saber cómo va actuar tu oponente; todo lo que envuelve al boxeo empezó a llamarme la atención y, tras ese día, le pedí a mi padre que me apuntase.

—Pura vocación, entonces —señala, girando los hielos de su bebida con la pajita. Mirándolos melancólico.

—Sí. Llevo desde los seis años dando puñetazos…

—Eso explica muchas cosas… —dice él. Toma un largo sorbo de su refresco y suspira—. Me sorprende lo parecidas que fueron nuestras vidas y cómo estas nos han hecho daño por lados completamente distintos.

—¿A qué te refieres? —le pregunto.

—Tu padre te metió en el mundillo. El mío también. Tú lo disfrutabas, yo lo odiaba. Mi padre me daba hostias si no luchaba, mientras que el tuyo te apoyaba. Son vidas parecidas pero a la vez no lo son, ¿sabes?

Sí, lo sé. Asiento.

—Tú peleaste en las peleas ilegales por él y yo por mi ex —hago otra comparativa.

Kilian suspira de nuevo.

—A ver, vamos a jugar a ese juego para conocernos mejor.

—Qué tenemos, ¿quince años? —le pregunto sonriente.

—Si las cosas se hicieran siempre como cuando teníamos esa edad, el mundo sería un lugar mejor.

—¿Qué harías si tuvieras quince?

Kilian dirige la mirada a mis labios y se le escapa una sonrisa pícara.

—¿Ahora mismo? —me pregunta muy seriamente—. Te besaría. Porque, no sé por qué, pero te brillan los ojos como nunca, Blake.

Kilian me acaricia discretamente la mano que tengo encima de la mesa.

—De hecho… —susurra antes de inclinarse hacia mí mientras me devora con la mirada.

¿En público? ¿Delante de todos?

El corazón me late más rápido y empiezo a formular miles de preguntas y a imaginar las posibles consecuencias de ser tan imprudentes.

Me aprieta la mano y entrelaza sus dedos con los míos. El calor de su piel viaja por todo mi brazo y me da un pinchazo en el corazón.

Un engranaje parece que empieza a girar dentro de mí.

—Mi padre y Will ya saben que estamos más o menos juntos.

Y, bueno…, creo que si lo hacemos público la mejor manera de hacerlo sería con normalidad, ¿no?

—me pregunta—. Aunque podemos esperar todo el tiempo que quieras, quería que supieras que me muero por cogerte de la mano por la calle y besarte cada vez que me dé la gana.

Finjo que me sorprende que Will ya lo sepa, porque él no sabe que escuché la llamada. Luego sopeso varias opciones antes de responder.

—Está claro que yo también quiero hacer todo ese tipo de cosas sin preocuparme, Kilian… Pero me da miedo que en el ámbito del boxeo se líe parda, porque se va a liar, y ahora que estamos tan cerca de la final… No quiero tirarlo todo por la borda.

Kilian asiente y me sonríe.

—Dicho queda. ¿Y si lo decimos en la final? —propone.

Un rayo de esperanza me abraza.

—Si quedo en el podio, podríamos decirlo, sí —le digo para no ponérselo tan fácil. Sé que le gustan los retos.

—Voy a hacer que llegues a ese podio como que me llamo Kilian Fierce —asegura—. Prepárate para los entrenos más duros de tu vida.

—¿Más duro aún? —le pregunto con doble sentido y él sonríe.

—Todo lo que aguantes…

Pongo los ojos en blanco justo cuando llega Camila con las dos pizzas que he pedido.

Cuando Kilian se mete una porción en la boca, sus ojos se abren como platos y sus hombros se destensan.

—Madre mía…

Al ver que le ha gustado, me quedo mucho más tranquilo. No exagero si digo que nos las comemos en completo silencio en menos de diez minutos.

—Qué ricas estaban, Dios… —dice Kilian acariciándose la tripa y estirándose en la silla.

Y en este preciso momento, me doy cuenta de que sí. De que aunque me falte mucho por descubrir de él, es esta monotonía la que quiero en mi vida.

No necesito estar con miles de personas.

No necesito «explorar» más.

Solo necesito tranquilidad y alguien con quien compartir mis logros y mis fallos.

Y aunque, si me lo hubieran preguntado hace unos meses habría dicho lo contrario, Kilian Fierce me vuelve loco y ya no puedo hacer nada al respecto.