Capítulo 6
Capítulo Seis
T res horas más tarde, Maddie descargó el hacha de cocina sobre la cebolla y luego tuvo que esforzarse para extraerla de la tabla de cortar de madera.
La cocina de Matt estaba absurdamente bien equipada para no usarse nunca.
Tenía tres enormes cuchillos diferentes y ella no había sido capaz de elegir entre ellos.
Sin embargo, el hacha sí que le pareció la herramienta más eficaz.
Dios, aquel idiota le había enviado una invitación de boda después de años de silencio.
Claro, todavía se felicitaban por los cumpleaños y todos los años habían ido a tomar café cuando Clemens se lo pedía, pero por lo demás…
¡por lo demás, no tenían contacto alguno!
¡Ella, desde luego, no lo habría invitado a su boda!
¿A qué boda sería esa, Maddie? , quiso saber su subconsciente.
—¡Oh, cállate de una vez!
—Yo no dije nada.
Maddie se sobresaltó y levantó la vista. Matt había entrado por la puerta y estaba en el recibidor con el cabello húmedo, vestido con pantalones de mezclilla y una camiseta. Una bolsa de deporte grande colgada al hombro.
—Maldita sea, no asustes a una mujer con un cuchillo en la mano —dijo ella, sacudiendo la cabeza y agitando el hacha antes de volver con entusiasmo a las cebollas.
En realidad, ya era demasiado tarde para cocinar, pero le llevó una eternidad averiguar de dónde podían recortar gastos y había querido hacer algo amable por Matt, por darle cobijo.
Además, él siempre tenía hambre después de un partido, así que…
—Pensé que me estabas hablando a mí —dijo Matt a modo de disculpa, soltando el bolso y quitándose los zapatos.
—No. Estaba hablando conmigo misma.
—Ah. ¿Como hace la gente normal que no está loca?
Ella lo miró con furia.
—Tampoco deberías provocar a una persona normal que no está loca con un cuchillo en la mano, Matt.
Él soltó una risita suave y se acercó a ella.
—¿Qué tal tu día?
—Desafiante. Monótono. Agotador. —Levantó la vista—. ¿Cuántos adjetivos horribles quieres oír?
—Con tres es suficiente.
—Bien. ¿Qué tal el tuyo?
Él se encogió de hombros y se apoyó contra la isla de la cocina.
—¿No viste el partido?
Las mejillas de ella se sonrojaron. ¿Estaba obligada a hacerlo, como su nueva compañera de piso?
—Ah, no, no vi. Estaba demasiado ocupada. ¿Ganaron?
Él sonrió débilmente.
—No.
Los hombros de la chica se hundieron y le apretó la mano por encima de la encimera.
—Vaya, lo siento. Al menos no me perdí de nada.
Él resopló.
—Es agradable tener a alguien en mi vida a quien no le importe el hockey.
Maddie se rio con nerviosismo y siguió picando las cebollas.
—Lo siento. ¿Debería estar más triste?
—No, no. Por favor, no lo estés. Ya pareces bastante triste de por sí. —Se inclinó sobre la isla de la cocina hacia ella, entrecerrando los ojos—. ¿Estuviste llorando?
Ella miró hacia abajo con aire de culpa.
—Un poco.
—¿Por las cebollas?
Tragó saliva y apenas asintió.
—Un poco —repitió.
—Oh, Maddie. —Rodeó la isla con un suspiro.
—¡No es nada! —Ella lo apartó con un gesto por si estaba pensando en abrazarla.
Por alguna razón, los abrazos de Matt abrían sus compuertas y hoy se había esforzado mucho para mantenerlas cerradas—.
Solo son unas pocas secuelas de ayer. ¡Me encuentro mucho mejor!
—Al menos, ya no estaba a punto de desmoronarse—. De verdad. No te preocupes.
Matt la miró con escepticismo, pero finalmente se rindió y, en su lugar, echó un vistazo al horno.
—¿Qué estás cocinando?
—Muslitos de pollo.
—¿Con hueso?
—Sí.
Él arqueó las cejas con sorpresa.
—Pero si odias las cosas con hueso. De hecho, eres más vegetariana, ¿no?
—Sí, compré el pollo para ti porque tu dieta siempre es más saludable durante la temporada.
En realidad, quería la carne de res, pero la señora que estaba a mi lado en la tienda se llevó la última y no quise montar un numerito…
Pensé que sería mejor hacer los muslos al horno en lugar de freírlos. Menos grasa.
Una arruga apareció entre los ojos de Matt.
—¿Por qué no solo le pediste al encargado de la tienda…?
—No importa, solo son muslos. Sabes que no me gusta discutir.
—Decirle al de la tienda lo que quieres no es discutir .
Sí que lo era. En cierto modo. Al menos, era el tipo de confrontación que ella había querido evitar.
—No me importa. Estoy segura de que estarán deliciosos de todos modos.
—Esa no es la cuestión.
—¿Y la cuestión es enojarme? Porque has dado en el clavo.
Él suspiró.
—Está bien.
—Sí —dijo ella enfática—. Las cebollas son para la salsa. También hay patatas y judías verdes. —Señaló con la cabeza las ollas que tenía al lado—. Tienes una estufa muy linda.
—Ah, ¿sí?
Ella resopló.
—Eres imposible. ¿Tienes hambre? Por favor, miente si no la tienes. Llevo una hora trabajando en la cocina.
Su amigo sonrió.
—Tengo hambre. Siempre tengo hambre. Y huele de maravilla.
—Lo sé. Así que relájate en el sofá mientras termino de cocinar.
—¿No debería ayudarte?
—No hace falta. —Lo agarró por los hombros y lo empujó fuera de la cocina—. Siéntate y habla conmigo. Esta es una comida de agradecimiento por darme un techo bajo el que cobijarme. Además, debes de estar agotado de corretear sin control sobre el hielo durante las últimas horas.
Él hizo una mueca.
—Espero que no estés escribiendo en secreto para las noticias deportivas. Don Encantos ha estado correteando sin control sobre el hielo esta noche acabaría conmigo.
Ella se mordió el labio inferior para no reírse.
—Estoy segura de que ellos tienen más facilidad de palabra que yo —declaró, añadiendo las cebollas a los tomates cortados—. ¿Tan malo fue el partido?
—No, no de verdad. Ha estado bastante reñido. Lo que lo hace aún más molesto —dijo él, caminando hacia el sofá antes de detenerse junto a la encimera—. ¿Quiénes son Clemens y Becky?
La mirada de Maddie se levantó de golpe.
Oh, mierda. Había dejado el anuncio de la boda fuera porque por un momento se planteó quemarlo. Por desgracia, Matt tenía una estufa de inducción, no de gas.
—Nadie —respondió de forma entrecortada—. ¿Así que estuvo reñido?
Matt ignoró su intento de seguir hablando del partido.
—La tarjeta está perfumada —dijo, arrugando la nariz y sosteniéndola en alto—. ¿Quién demonios les hace eso a sus potenciales invitados, haciendo que su salón huela a lavanda?
Ella sonrió. Tenía razón. Era una tontería.
—Luego la tiraré.
Sorprendido, Matt levantó la vista.
—¿No necesitas la información que pone?
—No. No voy a ir.
—¿Por qué no?
Ella suspiró y sus hombros se hundieron. Eran amigos y sinceros el uno con el otro, así que respondió:
—Porque Clemens es mi exnovio.
Matt soltó la tarjeta de golpe.
—¿Tienes un exnovio?
La chica resopló ante su expresión de asombro.
—Sí, Matt. ¿Qué pensabas? ¿Que soy virgen? ¿Que soy una romántica tan empedernida que nunca le di una oportunidad a nadie solo porque nunca apareció en un caballo blanco?
—Bueno, no —dijo él, perplejo, aunque ella pudo ver que había estado pensando en esa dirección—. Nunca lo mencionaste. Eso es todo.
Sí, Clemens no era un tema agradable para ella.
—Porque es irrelevante. Todo sucedió en la universidad y acabó mal.
Bueno, para mí al menos. —Clemens se lo había pasado bien , fácil viene, fácil se va—.
Discutíamos mucho y yo… —Hizo una pausa.
Sería demasiado vergonzoso revelar que había creído que tenían una relación seria y comprometida mientras que Clemens solo se estaba divirtiendo —.
Oh, no importa. En fin, me ha invitado a su boda, pero no voy a ir.
—Resopló, divertida—. Da igual. Lo que quería decirte era gracias por lo de ayer.
Tienes razón. Quiero casarme y tener hijos, pero no estoy buscando al hombre de mis sueños.
Creo que debería empezar. —Había llegado a esa conclusión en las últimas horas—.
No viene mal abordar al menos un problema de mi vida, ¿verdad? ¿Cenamos en el sofá?
Matt no respondió. Seguía mirándola con los ojos entornados.
—¿Tienes un exnovio del que yo no sabía nada y quieres empezar a tener citas?
Ella parpadeó, confundida.
—No sabía que te interesaran mis exnovios.
—No me interesan —dijo Matt, apartando la mirada—. Solo me sorprende porque tú siempre sabes de mis líos con las mujeres.
—¡No lo sé todo! —respondió ella, poniendo los ojos en blanco. ¡En serio, era difícil llevar la cuenta de todas!
—Hm —articuló Matt, sumido en sus pensamientos—. Bien, volvamos al hecho de que quieres tener citas.
Maddie arqueó las cejas.
—Sí, ¿qué pasa con eso? Prácticamente fue sugerencia tuya. Dijiste que siempre estoy hablando de matrimonio y de cosas así, pero que nunca hago nada al respecto. Así que empezaré por tener citas. Y ahora, ¿vamos a comer en el sofá? Ya está todo listo.
Él suspiró y asintió antes de retroceder y pasar el brazo por encima de ella para alcanzar los platos en uno de los estantes superiores. Maddie aspiró su aroma. Bosque de pinos —su desodorante— y Matt recién duchado. Mucho mejor que la lavanda.
Después de servirse carne, patatas y judías verdes, llevaron sus platos a la mesa de centro y se dejaron caer en el sofá.
—Tu sofá es ridículamente grande, pero también increíblemente cómodo —admitió, colocándose unos cuantos cojines tras la espalda.
—Siempre hemos tenido sofás grandes. Somos una familia numerosa —dijo él, metiéndose una patata pequeña en la boca—. Creo que, sin quererlo, espero que todas mis hermanas y mis padres entren cualquier día y se quejen de que no hay sitio para todos.
Ella sonrió de oreja a oreja. La familia de Matt estaba muy unida. Sus padres actuaban como tales. Sus hermanas le preguntaban cada semana cómo estaba.