Epílogo
E l juez Walton escudriñó a Amber bajo su atenta mirada. De repente, esbozó una enorme sonrisa. —Estás maravillosa, querida mía.
—Gracias —respondió Amber con entusiasmo.
Acababa de bajar las escaleras de la casa de Walton, en la plaza, donde había pasado la noche. En cuanto el juez se enteró de que Amber y Billy se casarían, visitó a Amber en el hotel y le preguntó si podría tener el honor de entregarla en el altar.
Amber aceptó encantada.
Los habitantes del pueblo no habrían podido ser más acogedores ni mostrarse más entusiasmados con la noticia.
El sastre del pueblo se había desvivido para confeccionar un traje espléndido para Billy. La costurera había trabajado día y noche para crear un vestido hermoso a la par que funcional para Amber. Habían llegado ofertas de ayuda de toda la comunidad.
Los Cresswell se mudarían a una casa magnífica a las afueras del pueblo, comprada un mes antes a la compañía del ferrocarril a un precio de ganga.
Se había corrido la voz por el pueblo de que la compañía ferroviaria había despedido a Billy, lo que no dejó una impresión favorable.
Al final, le hicieron una oferta a Billy para que regresara a su antiguo puesto junto con el ofrecimiento del uso de una casa.
Sin embargo, Amber y Billy decidieron que esa no era la vida que querían, por lo que el ferrocarril aceptó venderles la casa por casi nada.
Les valía la pena a cambio de la buena voluntad de los lugareños.
Billy ya había empezado a arreglarla; sería una casa preciosa en la que criar a Sam y, si Dios quería, a su nueva familia.
El juez abrió la puerta principal y condujo a la novia hacia la plaza.
Todo estaba en silencio. No se veía a nadie ocupándose de sus asuntos.
Caminaron despacio hacia la iglesia y Amber lanzó una mirada de reojo al Saloon de Mitch.
Los hermanos habían cumplido su palabra.
Abigail y Mary se habían marchado tras recibir cada una una suma sustancial de dinero con la que empezar una nueva vida en otro lugar. Amber no podía sentirse más feliz.
Parada ante la puerta de la iglesia, no pudo evitar dirigir la vista hacia las tumbas que marcaban el lugar de descanso eterno de la familia Michell.
Sin duda, Cody se habría enterado en la cárcel de que iba a casarse.
Estaba segura de que él se alegraba por ella.
Rezó para que Tate hubiera encontrado un lugar al que llamar hogar y se estuviera asentando.
Entró en la iglesia.
La razón de que la plaza estuviera vacía se hizo evidente al ver los bancos llenos hasta los topes dentro del templo. Todos los habitantes del pueblo habían acudido para ofrecer sus mejores deseos a los recién casados.
Billy esperaba al frente, al lado del pastor, y a su costado, en un capazo, yacía Sam profundamente dormido. Los ojos de Billy brillaron al ver a su novia.
—Estás preciosa —susurró.
—Gracias, ayudante Cresswell —arrulló ella en respuesta.
El pecho de Billy lucía una placa reluciente.
Tras enterarse de que Billy había rechazado la oferta de empleo de la compañía de ferrocarril, el sheriff Hurford le hizo una visita y le ofreció el puesto de ayudante.
La mayoría de los hombres del sheriff eran tan viejos como Billy, según había descubierto cuando fueron a arrestar a Fox.
Billy sería una incorporación bienvenida.
Tras una breve charla con su futura esposa, Billy aceptó.
El sheriff también le había dicho a Billy discretamente que planeaba jubilarse no tardando mucho, dedicándole una mirada cómplice que sugería que Hurford apoyaría a Billy como el próximo sheriff de Freshwater Creek.
La ceremonia transcurrió rápidamente, mientras Amber pensaba que debía de estar bendecida para sentirse así de feliz.
—Ya puede besar a la novia —declaró el pastor.
Ella levantó la vista hacia Billy; su hermoso rostro y su fortaleza de carácter y de cuerpo le proporcionaban toda la seguridad que necesitaba. Él se inclinó y la besó con ternura. Ella agradeció tener los brazos de él a su alrededor, porque sintió que le flaqueaban las rodillas.
El matrimonio se sentía de maravilla.
Sam se despertó y lloró muy suavemente hasta que Amber lo cogió en brazos y lo consoló.
—Tiene suerte de tener una madre como tú —dijo Billy.
Amber sonrió. Por fin conocía la felicidad. No iba a dejarla escapar jamás.