Amber
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Capítulo 1
A mber Johnson suspiró cuando el tren silbó y empezó a frenar. Sabía que aún no habían llegado a su destino.
Billy, el guardia que se había hecho amigo suyo, le había dicho en la última parada que quedarían poco más de dos horas de viaje hasta Freshwater Springs. No había más paradas. No debían de llevar más de una hora de trayecto.
Su primer pensamiento fue que el tren se detenía para repostar agua o leña.
Lo había hecho en numerosas ocasiones desde que salieron de Nueva York.
El tren se paraba en mitad de ninguna parte y se llenaba desde una grúa de agua al lado de las vías.
El maquinista y su ayudante saltaban fuera y reponían la leña.
Pero algo en el frenado de esta ocasión le hizo creer que algo era diferente. La deceleración parecía más urgente.
Era ya su sexto día de viaje y no deseaba nada más que llegar a su destino, bañarse y cambiarse de ropa. Se miró el vestido azul pálido, inmaculado cuando salió de Nueva York, ahora arrugado y cubierto de polvo. Intentó en vano sacudirse parte de la suciedad de las faldas.
¿Qué pensaría Anthony de ella cuando llegara?
Sabía que debía causar una primera impresión favorable.
No deseaba nada más que él le echara un vistazo y se enamorara.
Sabía que eso era un cuento de hadas, pero se repetía a sí misma que los cuentos de hadas existían y que aquello podía suceder.
Amber solo tenía que darse la mejor oportunidad posible.
En cuanto se detuvieran, buscaría de nuevo a Billy para preguntarle si podía conseguirle agua para lavarse y, posiblemente, algún lugar privado donde cambiarse.
No obstante, no tenía muchas esperanzas.
Se había visto obligada a comprar un billete de tercera clase para su viaje, por lo que era pasajera en lo que era, esencialmente, un tren de mercancías.
El tren ofrecía un compartimento pequeño y angosto para los pasajeros.
El resto del largo convoy estaba dedicado al importante negocio de las mercancías, los billetes de banco, el oro y el correo.
Había tenido la suerte de compartir su viaje con un solo pasajero, un caballero corpulento de sesenta y un años llamado Daniel Hall. Él se había mantenido al margen durante todo el trayecto.
Se sentaba en el rincón y alternaba la lectura de los periódicos comprados en las diversas estaciones con la Biblia y selectas historias de aventuras.
Le había ofrecido a Amber una de las historias de aventuras para que la leyera cuando él terminara.
Ella lo intentó, pero no logró engancharse a la trama.
Su mente estaba centrada únicamente en su pasado y su futuro.
Se dirigía al oeste, a Texas, para casarse con Anthony Fox, abogado. Nunca había conocido al señor Fox.
Amber era lo que ahora se denominaba en todo el país una «novia por correo». Había comenzado una correspondencia con Anthony casi seis meses atrás, justo después de que enterraran a su querida madre.
Amber había respondido a su anuncio en el Matrimonial Times. Anthony buscaba a una buena mujer para que fuera su esposa y con quien formar una familia.
Por desgracia para el abogado, parecía que otras potenciales novias le habían fallado en ocasiones anteriores. Esa, según declaró, era la razón por la que se anunciaba de nuevo.
Esto se había convertido en una práctica habitual entre los caballeros del oeste.
Se dirigían hacia el poniente en busca de riquezas, tierras y un nuevo comienzo.
Pero, por supuesto, las mujeres escaseaban.
Ponían anuncios en diversas publicaciones de los pueblos y ciudades de la costa este con la esperanza de encontrar una novia adecuada que tuviera el valor de reunirse con ellos.
Muchos miles de mujeres habían emprendido el viaje hacia el oeste y habían encontrado con éxito el amor y la felicidad. Amber esperaba estar entre ese número.
Tenía solo diecinueve años. Pero cuando su madre murió a causa del virus de la gripe que había asolado la ciudad de Nueva York aquel invierno, se quedó sola con su padrastro.
Marge, su madre, se había vuelto a casar cuando Amber tenía solo catorce años.
Su propio padre había muerto en un trágico accidente laboral en el almacén junto a los muelles, de cuyos detalles exactos su madre nunca quiso hablar.
Ella suponía que su padre había sufrido una muerte espantosa y que su madre quería protegerla de la verdad.
A medida que crecía, se dio cuenta de que las miradas de su padrastro se demoraban más de la cuenta en ella en la mesa del comedor.
De cómo sus ojos la seguían cuando salía de la habitación.
Y de cómo entraba accidentalmente en su dormitorio sin llamar mientras ella se vestía por la mañana.
Quiso hablar con su madre al respecto, pero sentía una vergüenza y un miedo abrumadores e inexplicables.
¿Y si su madre creía que Amber estaba fomentando las insinuaciones de su padrastro?
Así que se guardó sus preocupaciones y temores para sí misma.
Tras la muerte de su madre, las insinuaciones de su padrastro se volvieron más evidentes. Normalmente ocurrían después de que él bebiera los viernes por la noche. Al principio, ella había sido capaz de librarse de situaciones potencialmente difíciles tomándose sus sugerencias a broma.
Pero sabía que, tarde o temprano, algo terrible iba a suceder. Tenía que salir de esa casa.
Fue entonces cuando empezó a cartearse con Anthony tras leer un artículo en el New York Times sobre las mujeres que se labraban una vida y encontraban la felicidad como novias por correo.
Los negocios de su padrastro empezaron a resentirse como consecuencia directa de la importación de nueva maquinaria y mano de obra barata, lo que tuvo una correlación directa con su aumento de consumo de alcohol.
La otra cosa que aumentaba con la cantidad de whisky que consumía era su evidente lascivia hacia ella.
En una ocasión se había visto obligada a darle una bofetada firme en el rostro cuando él permitió que sus manos fueran a donde no debían.
Aquello lo dejó impactado y durante dos semanas se abstuvo de beber y de participar en actos inapropiados.
Pero ella sabía que solo sería cuestión de tiempo que volviera a emborracharse.
Cuando llegó la propuesta de Anthony, no pudo ser en mejor momento.
Normalmente, tras la aceptación de tal propuesta, el caballero del oeste enviaba los medios económicos para que la novia viajara.
Pero en esta ocasión Amber no tenía tiempo para esperar a que hubiera más correspondencia entre ella y Texas.
Tenía que marcharse.
Rascó todo el dinero que pudo y se dirigió a la estación.
Había empaquetado toda su vida en un pequeño bolso de viaje.
Tenía cuatro vestidos que valía la pena llevarse, además de ropa interior, cepillos para el pelo y algunas necesidades básicas.
Sus dos posesiones más preciadas eran un crucifijo y un pequeño espejo con marco de plata que había sido de su madre.
No era mucho que mostrar de diecinueve años en esta tierra, pero era todo lo que tenía.
Tras enviar a Anthony un telegrama confirmando su aceptación de la propuesta matrimonial, supo que solo tendría dinero suficiente para un billete de tercera clase.
Con eso tendría que bastar.
El viaje duraría unos días más, ya que los pasajeros de tercera clase viajaban en trenes de carga con paradas frecuentes. Sin embargo, era el medio para escapar de su insatisfactoria situación. Su telegrama informó a Anthony de su próxima llegada y ella le solicitó que la esperara en la estación.
En solo cuestión de horas conocería a Anthony Fox, abogado, por primera vez.
Sentía una mezcla embriagadora de emoción y anticipación temerosa.
Él tenía veintinueve años, era algo mayor que ella, por supuesto, pero ese era el orden natural de las cosas.
Como abogado, era un miembro digno y respetable de la comunidad.
Se sentía muy afortunada teniendo en cuenta que algunas novias se encontraban en situaciones tan desesperadas que ponían rumbo al oeste para casarse con mineros sin blanca que parecían sobrevivir a base de fe y esperanza.
Anthony le había enviado una fotografía suya a los tres meses de empezar su comunicación.
Era alto y bien parecido, con cabello oscuro, una mandíbula firme y una buena sonrisa.
Estaba fotografiado frente a su oficina.
Obviamente, el despacho no se parecía en nada a los que se alzaban hacia el cielo en Nueva York.
Era un edificio de madera blanca que servía también de hogar, pero el cartel que colgaba orgulloso en el exterior rezaba: «Anthony Fox. Abogado».
Muchas novias llegaban al oeste sin saber si la información proporcionada por su pretendido cónyuge era en absoluto verídica. Al menos ella sabía que no llegaba para casarse con un hombre de cincuenta años sin futuro.
Ella se las había ingeniado para responder con una fotografía suya tomada en un estudio de retratos local. Le había costado la mayor parte de sus fondos disponibles, pero pensó que estaba justificado aunque solo fuera para asegurar a Anthony su apariencia a cambio.
Amber sabía que era bonita. No quería ser vanidosa al respecto, pero había crecido con las miradas de admiración de los hombres siguiendo cada uno de sus pasos.
Se había puesto su mejor vestido para la fotografía y había dedicado tres horas a peinarse.
Esperaba que Anthony quedara debidamente impresionado.
Resultó que él quedó lo suficientemente impresionado como para proponerle matrimonio.
Mientras el tren volvía a aminorar la marcha, abrió su bolso y sacó el espejo de su madre para examinarse el reflejo. Con suerte, Billy podría encontrarle un lugar donde lavarse. Su largo cabello rubio también necesitaba un buen cepillado.