Capítulo 155
Rex le clavó al jefe de la división de inteligencia una mirada de molestia. ¿Cómo podía Sadam siquiera contemplar renunciar a Aeros? Todos en la habitación sabían perfectamente que Sadam no estaba nada bien en esos momentos.
—No te preocupes por eso. Solo enfócate en la recuperación de tu esposa, Sadam.
No vinimos aquí para obligarte a volver a trabajar; sufrimos contigo y solo queríamos ver cómo estabas.
A tu madre y a Rara se les rompe el corazón al verte así —dijo Rex, apoyando una mano reconfortante en el hombro de Sadam.
—Gracias, Gran Jefe. Y Arbian... encárgate de las cosas con Megan —solicitó Sadam, girando la mirada hacia su amigo cercano.
—Tch, no soporto lidiar con esa mujer, pero solo por Gisel lo haré —cedió Arbian, aceptando la petición de su mejor amigo.
—No está mintiendo, Sadam. El jefe Arbian se la ha pasado buscando pleito en la sede todo el día de hoy: me tiene con un dolor de cabeza fatal —intervino el bajito subcomandante del equipo de persecución, mirando a su superior.
—Puedes aguantarte por mi bien, o de plano me retiro de Aeros para siempre —declaró Sadam con tono plano, clavándole a su amigo una mirada afilada.
—¡Está bien, está bien, deja de mirarme así! —bufó Arbian con un chasquido quedo.
Platicaron un rato más para ayudar a aminorar el estrés de Sadam.
Conforme caía la tarde, todos se dispusieron a retirarse, incluidas Rara y la madre de Sadam.
Rara había querido quedarse a ayudar a cuidar a su cuñada, pero Sadam insistió tajantemente en que podía encargarse de todo él solo.
A regañadientes, todos se despidieron, dejando a Sadam a solas cuidando a su esposa.
En la tranquila soledad de la habitación, Sadam contempló con ternura el hermoso rostro de su esposa. Acarició suavemente la mejilla de la chica que habitualmente era tan platicadora, a la que jamás se le acababan las cosas por decirle.
—«¿Dónde fue que nos conocimos por primera vez? Ah, ya me acordé: fue cuando estabas con la Sra. Bunny. ¿Sabes? La primerísima vez que te puse los ojos encima, ya sabía que eras despampanante. Pero conforme te fui conociendo, me di cuenta de lo indecisa, tontita y lenteja que podías ser. Y aun así..
.»
Sadam dejó la frase en el aire, acariciándole suavemente el rostro pálido a su esposa.
—«Mientras más descubría de ti, más me fascinaba. Pero a medida que fui quitando las capas de tu vida, una por una, terminé convirtiéndome en la razón por la que volviste a salir herida. Lo siento tanto por ser así...
»Jamás quise ser otra cicatriz en tu vida; quería ser la medicina cuando te doliera algo. Quería que me necesitaras...
»Ja, ja, ja... carajo. La gente tiene razón: el amor de verdad es ciego. Cuando te conocí por primera vez, Gisel, no cumplías con ni uno solo de los ideales de mi lista. Pero tengo que admitir que eres la única persona capaz de hacerme sentir cada bendita emoción: pena, rabia, celos, amor... todo.»
—Te amo, así que por favor... escúchame —murmuró Sadam con una sonrisa afligida, mirándola hacia abajo a su rostro pálido.
De forma inconsciente, el hombre frío, despiadado y arrogante dejó que sus lágrimas se desbordaran. Con el corazón roto más allá de toda medida, la presa que contenía su duelo finalmente se rompió. Su llanto era crudo, desgarrador y profundamente trágico.
—Buaa... buaa...
Sadam jamás había llorado por nada en su vida.
Desde la infancia hasta la adultez, siempre sintió que podía lograr cualquier cosa que se propusiera y poseer lo que otros no podían gracias a su brillante intelecto.
Jamás envidió a nadie ni tomó nada por la fuerza, sabiendo que podía adquirir lo que fuera que deseara.
—«Jamás fui lo suficientemente egoísta como para exigirle a mi padre que se quedara a mi lado en aquel entonces. Siempre me tragué mi duelo a la fuerza, intentando ser el hombre de la casa. Pero esta vez... por favor, despiértate. Sé la persona a la que pueda acudir» —gimoteó Sadam,
con las manos temblándole mientras sujetaba las de Gisel, con las lágrimas resbalándole sin control.
Incluso cuando perdió al padre que más amaba, Sadam no había derramado una sola lágrima.
Solo había sentido rabia y se había enfocado en ser un buen cabeza de familia para su madre y su hermana menor.
Ni una sola vez su compostura se había desmoronado así.
Pero ahora todo era diferente: la pequeña chica que alguna vez pensó que no era su tipo había derribado sus defensas con facilidad y lo había puesto de rodillas.
Sadam se limpió las lágrimas toscamente. Le acarició con gentileza el vientre plano a Gisel, con una sonrisa agridulce rozándole los labios.
—Cariño, por favor despiértate. Me equivoqué al abandonarte a ti y a nuestro bebé...
»Amor, cuando despiertes, golpéame todo lo que quieras...
»Regañame, ahorcáme... haz lo que sea necesario para sacar todita esa rabia...
»Solo jamás de los jamases me vayas a decir que me dejas por culpa de este error...
Palabras sin fin brotaban de los labios de Sadam mientras le hablaba a su esposa, como convencido de que ella lo escuchaba y respondía a cada una de ellas.
El tiempo siguió corriendo, con los días fundiéndose unos con otros. Había pasado exactamente una semana desde que se declaró que Gisel estaba en coma; sin embargo, aún había cero señales de que despertara de su sueño.
—Cariño, por favor despiértate. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir durmiendo? —murmuró Sadam, acariciándole suavemente la mano a su esposa.
La madre de Sadam, Rara, Bunny y Agalista se encontraban en ese momento de visita en la habitación privada. Viendo a su hijo pasar días exactamente en esa misma postura, a la madre de Sadam se le partía el corazón ante su estado deteriorado.
—Sadam, ve a bañarte —la animó la mujer de mediana edad, dándole palmaditas suaves en el hombro a su hijo.
—No hace falta, mamá. No tengo ganas —respondió Sadam, con los ojos permaneciendo pegados a Gisel, sin desviarse ni por una fracción de segundo.
—¡Vamos, Sadam, ve a asearte! A mí también se me parte el corazón por Gisel, ¡pero al menos levántate y báñate! ¿Qué tal si apestas cuando despierte? ¡Te va a dejar por parecer un desaliñado! —se burló Rara, intentando aligerar la pesada atmósfera y sacarle una sonrisa a su hermano.
Sin embargo, Sadam no ofreció reacción alguna. Permaneció en silencio, replegándose de nuevo en sus propios pensamientos mientras miraba fijamente a su esposa sin parpadear.
—¡Al menos come algo! —espetó la madre de Sadam, frustrándose por su absoluto desapego.
—No tengo apetito, mamá —se negó Sadam una vez más, echando por tierra la orden de su madre con una sola frase.
—¡Sadam! —ladró su madre con frustración.
Cansado de que lo anduvieran regañando constantemente cuando todo lo que quería era cuidar tranquilamente a su esposa, Sadam se levantó de la silla para encarar a su madre.
Abrió la boca para responder con brusquedad, pero antes de que pudiera salir una sola palabra, una mano delgada y frágil se estiró con debilidad desde detrás de él, tocándole suavemente la palma con una caricia leve y temblorosa.
—Esposo... no le grites a mamá. ¿Por qué siempre pierdes los estribos tan fácil? —una voz afónica y débil cortó el aire, rompiendo al instante la tensión en la habitación.