46. Capítulo 46
—¡Lissy!
Massimo corrió por el camino que bajaba de la casa principal hacia el aparcamiento, pero era demasiado tarde. Se había ido; no había podido detenerla.
Dejó caer los brazos sin fuerzas. ¿Pero qué había hecho?
¿Por qué no había intervenido? Ella debía de pensar que no era lo suficientemente importante para él.
No había querido posicionarse a favor de ninguno de los dos bandos, pero al no haber apoyado a Lissy, se había puesto del lado de su familia.
Y eso era precisamente lo que no quería.
Lissy era la mujer de su vida, la amaba por encima de todo y nunca había querido que nadie le hiciese daño.
Su estupefacción se transformó en una rabia hirviente.
Sentía cómo la furia le palpitaba en las venas.
¿Por qué Rita había hecho eso? ¿Quería destrozarle la vida?
¿Quería que volviera a la finca? ¿Qué pretendía exactamente con ese numerito?
Furioso, subió el camino a grandes zancadas.
Pegó un portazo al entrar, cruzó el salón en unos pocos pasos y salió de nuevo al porche.
Ya no estaba a cien, sino a mil. Allí estaban todos sentados en silencio.
Su madre y Julia miraban al vacío, completamente turbadas, mientras que Rita y su padre terminaban de comer con absoluta parsimonia.
Se plantó delante de su hermana. —¿Se puede saber qué ha sido eso?
Recalcó cada palabra y él mismo notó que cada una de ellas se clavaba en el silencio como la punta de una lanza.
Pero Rita no pareció darse por aludida en lo más mínimo. Se llevó otro tenedor a la boca. Luego miró a Massimo. —Ah, ¿te refieres a mí? ¿Qué pasa? ¿Lissy ya se quería ir?
Massimo resopló. Rita se hacía la mosquita muerta, cuando había herido a su novia deliberadamente y se había cargado su relación.
—Sabes perfectamente a qué me refiero. ¿Por qué te has portado de esa forma tan impresentable con Lissy? ¿Qué te ha hecho ella?
—Nada. —Una sonrisa cruel asomó al rostro de Rita. Massimo se dio cuenta de que su cólera no surtía ningún efecto en ella.
—¿Por qué me habrá tocado una familia como la vuestra? ¿Qué habré hecho yo para mereceros?
Julia sollozó y se levantó de la mesa llorando. Él no había querido eso; su hermana pequeña era la única que siempre le apoyaba. No se refería a ella con su acusación, pero precisamente ella se lo había tomado como algo personal.
Su madre se levantó y le puso una mano en el hombro para intentar calmarlo. —Massimo, por favor. No dejes que nos despidamos otra vez peleados. Te entiendo, y me avergüenzo.
Dirigió la mirada hacia su marido y su hija mayor. —Sí, me avergüenzo de vosotros. He pasado dos días metida en la cocina para preparar la comida. He invitado a Massimo y a su novia, y le prometí que la recibiríamos con amabilidad. Pero vosotros, al parecer, teníais otros planes.
—A lo mejor deberías habernos contado tus intenciones de antemano.
—El padre de Massimo no se sintió impresionado en absoluto por el discurso de su mujer.
No se sentía culpable de nada, o al menos eso era lo que transmitía.
Seguramente sabía que con esa actitud Rita se había cargado el Ferragosto, pero no parecía importarle lo más mínimo.
—¿Sabéis qué os digo? Que os den a todos. Ya ni siquiera sé qué decir. ¿Es que os da totalmente igual cómo tratáis a los demás? ¿Es que ya no tenéis corazón?
Massimo miró una vez más a su hermana. —Nunca pensé que te convertirías en una persona así, Rita. Hubo un tiempo en que tenías un gran corazón, eras una persona alegre y cariñosa. Todo el mundo era bienvenido por igual para ti y a todos recibías con un abrazo. No te reconozco.
Rita dejó los cubiertos despacio sobre el plato, se limpió la boca con la servilleta y la colocó al lado. —¿Has terminado ya con tu discurso?
—Sí, he terminado con mi discurso y he terminado con vosotros.
—Entonces supongo que no querrás postre.
Massimo sacudió la cabeza ante la desfachatez de Rita. Pero había visto que sus palabras no le habían resbalado del todo. Se había estremecido y había bajado la mirada un instante.
—Massimo, ven, te llevo de vuelta a Siena.
Siento mucho que el día haya acabado en semejante catástrofe.
Nunca fue mi intención ponerte a ti o a tu novia en esta situación.
De verdad que mi invitación era con la mejor voluntad, tienes que creerme.
—La madre de Massimo lo arrastró hacia el interior de la casa.
Cogió las llaves del coche y se adelantó hacia el garaje.
Massimo la siguió cabizbajo. Sabía que no era culpa suya. Ella había caído en la trampa igual que él. —Lo sé, no es culpa tuya, no te tortures.
Su madre soltó una carcajada amarga. —Sabes perfectamente que lo haré, ¿verdad?
Pensé que era una buena idea, creí que, si acogíamos a Lissy en nuestra familia, te veríamos más a menudo.
Sabes, Massimo, vives a apenas una hora de nosotros y, sin embargo, apenas te veo.
Sé que tengo mucha culpa de que nuestra familia sea cualquier cosa menos armoniosa, y lo lamento profundamente.
Massimo se dejó caer en el asiento del coche.
Sí, había habido épocas en las que se había sentido abandonado por su madre; para él había sido doloroso perder su afecto.
Nunca había recibido cariño de su padre, por lo que esa pérdida no había sido trágica.
Pero el distanciamiento de su madre le había dolido.
—Massimo, sé que he cometido muchos errores en mi vida. Debería haberte apoyado en su momento, tal vez así habría hecho entrar en razón a tu padre alguna vez.
Massimo soltó una risa amarga. —¿A papá? ¿Hacerle entrar en razón? Míralo. Cuanto más viejo se hace, más duro se vuelve. Nunca ha sido precisamente cariñoso, jamás me ha hecho sentir que merezco su atención, pero en los últimos años se ha vuelto completamente insensible. No te culpo a ti. Ya no.
La madre de Massimo asintió en silencio. Parpadeó para ocultar las lágrimas, pero no lo consiguió.
—No hemos tenido mucho tiempo para hablar en los últimos años, mamá. Y lo siento. Sé que tú eres el alma buena de la familia. Haces lo que puedes.
—Massimo, quiero que sepas que te quiero mucho.
Aunque no siempre comparta tus decisiones, las acepto y te deseo toda la suerte del mundo en tu camino.
Eres mi hijo y eres parte de mí. Siempre será así, y espero que esta pelea de hoy no vuelva a separarnos.
Por favor, créeme cuando te digo que solo he actuado con la mejor de las intenciones.
Se le marcaban los nudillos blancos de tanto apretar el volante, como si tuviera que maniobrar un barco en medio de un huracán.
Massimo puso su mano sobre la de ella y la acarició suavemente. —No te preocupes, mamá. Esto no tiene nada que ver contigo, es cosa de Rita. No entiendo qué le ha pasado ni qué pretendía con su actuación.
La madre de Massimo suspiró. —Rita ha cambiado mucho. No es la misma desde el accidente de Alberto. La vida no se ha portado bien con ella. Creo que ha cerrado su corazón por completo porque no ha sabido gestionar el dolor.
Massimo asintió. Las palabras de su madre reforzaban su teoría. Y él no había estado ahí para Rita en aquel entonces. Quizá podría haber evitado que se convirtiera en semejante bicho.
Ella le lanzó una mirada y le sonrió con dulzura. —Sé lo que estás pensando. No, no habrías podido hacer nada. Ni siquiera yo lo he conseguido. Rita ha cerrado el corazón bajo llave, nadie llega ya a ella. Ni siquiera Julia, y ya sabes lo insistente que puede ser cuando quiere consolar a alguien.
—Sí, lo sé. —El semblante de Massimo se relajó al pensar en su hermana pequeña. ¿Por qué no podía ser todo el mundo como Julia? Tenía el corazón en su sitio, era empática y cariñosa. Era una persona tan vitalista que, si ni siquiera ella conseguía nada con Rita, no sabía cómo iba a lograrlo él.
—Gracias por traerme, mamá.
—Hijo mío, no faltaba más. No puedo hacer mucho, pero espero de corazón que aún puedas salvar tu relación con Lissy. Al menos puedo traerte. Así quizá no me sienta tan culpable.
—Ya desde el principio tenía un mal presentimiento, pero no quise cancelar. No quería herirte y no quería perder la esperanza de que tal vez pudiera funcionar lo de presentar a Lissy a la familia. Debería haber hecho caso a mi instinto.
—Tienes razón. A veces las mejores decisiones se toman con las entrañas, no con la cabeza.
Massimo asintió. —Por desgracia, ya es tarde para eso. No sé si he perdido a Lissy. Debería haber hecho algo, debería haberla defendido.
Le escocían los ojos por las lágrimas. Había fracasado estrepitosamente.
Le había jurado a Lissy que estaría a su lado, que la protegería.
Y no lo había hecho. Ella debía de estar tan decepcionada con él...
y el dolor de ella era el suyo propio. Ocultó las lágrimas tras las manos, no quería mostrar su debilidad ante su madre.
Ahora fue ella quien le dio unas palmaditas de ánimo en el hombro.
—En ese momento te quedaste bloqueado por el impacto.
A mí me pasó lo mismo. Lissy lo entenderá.
Claro que está herida y seguramente también decepcionada, pero eso no durará para siempre.
Te quiere, lo he visto en sus ojos. Su mirada estaba llena de ternura hacia ti.
No va a dejarte solo porque tengas una hermana mezquina.
—Por eso no, pero quizá sí por haberla dejado en la estacada.
Las palabras de Massimo se habían vuelto cada vez más tenues. Era como si viera su vida a través de un filtro. Todo resultaba tan irreal...
—Ya casi estamos en Siena, entonces podrás hablar con Lissy. Explícale que te quedaste tan impactado por las palabras de tu hermana que no fuiste capaz de reaccionar. Dile que es la única para ti. Y hazle entender lo valiosa que es en tu vida.
Massimo asintió y miró por la ventanilla en silencio.
Las primeras casas de Siena pasaron volando.
En nada pasarían por delante del estudio de Nevio y solo unos minutos después estaría en casa.
Estaba seguro de que Lissy no le esperaba en su piso.
Quizá había ido a la Fonte Gaia o estaba caminando por la ciudad para aclarar sus ideas.
Los ojos de Massimo se abrieron primero por la sorpresa y luego los entrecerró con fuerza. Había encontrado a Lissy más rápido de lo que esperaba.
—¿Ese de ahí no es tu coche? ¿Quieres que pare?
—No, desde luego que no. Sigue adelante.
La tristeza y el sentimiento de culpa que sentía hacía un momento fueron desplazados por una rabia y una decepción incontenibles.
Debería haberlo sabido. Al primer problema, Lissy volvía a echarse en brazos de Nevio.
Y decía que Nevio no significaba nada para ella...
Precisamente a él es a quien había ido a buscar refugio.
A sus brazos y quizá también a su cama. ¿Quién sabía?
Massimo sintió asco, se le revolvió el estómago.
¿Cómo había podido engañarse tanto con Lissy?
¿Por qué le había dado otra oportunidad?
Sabía que aún había algo con Nevio. Había sentido que entre los dos había algo que no se había terminado.
Y aun así había cerrado los ojos, se había sentido seguro en su relación, había puesto su felicidad por encima de todo y se había olvidado de que existía un mundo fuera de su pareja.
Vale, pues entonces había elegido a Nevio.
No podía reprochárselo. Nevio era atractivo y rico, tenía éxito y no tenía una familia que la trataba como si fuera basura. Nevio, siempre Nevio.
—¿Estás bien? ¿Prefieres que te lleve a otro sitio? —La madre de Massimo se había detenido ante su tienda, el motor estaba apagado y él supuso que llevaba minutos observándolo.
—No, gracias. Todo está perfectamente. Solo que mi relación es historia.
Con esas palabras se bajó y pegó un portazo.
No sabía qué hacer con su rabia. Los celos se habían apoderado de él y no era capaz de pensar con claridad.
Lissy y Nevio, la nueva pareja ideal. ¿A quién pretendía engañar?
Lissy y Nevio nunca habían sido amigos, eran pareja y ¿quién sabía desde cuándo duraba aquello?
Así que ahora ya era oficial. ¿Había pensado Lissy que él no se enteraría, que podría embaucarlo?
¿Tendría razón su padre y Lissy solo quería utilizarlo?
¿Pero por qué iba a necesitarlo? Nevio tenía mucho más dinero que él, podía ofrecerle mucho más.
¿Se habían divertido los dos tomándole el pelo? ¿Pero para qué?
Massimo sacudió la cabeza. No tenía sentido ir a su piso ahora, pues ya sabía dónde estaba Lissy. Además, estaba tan sumamente furioso que primero necesitaba desahogarse.
Levantó la mano una vez más para despedirse de su madre y dio media vuelta. Caminó por la ciudad para intentar despejarse, pero no lo conseguía. Hoy no. Este era el peor Ferragosto de todos los tiempos.
Lissy se había ido, la había perdido y de eso ya no cabía ninguna duda.