Amapolas, amor y tú: Latidos en Siena (Latidos en la Toscana 2) 45. Capítulo 45
83%

45. Capítulo 45

Ciega por las lágrimas, Lissy recorrió el estrecho sendero que iba desde la casa principal hasta el coche de Massimo.

Lo que acababa de vivir era una de las peores experiencias de su vida.

Rebuscó en su pequeño bolso. Por suerte, Massimo le había dado las llaves del coche para que se las guardara.

No se quedaría allí ni un segundo más. Y se juró a sí misma no volver a poner un pie en aquel viñedo.

Massimo había tenido razón en todo. Incluso había sido peor de lo que él temía.

Pero ¿no había asegurado que había hablado con su familia?

¿Que habían aceptado recibirla amablemente?

Lissy sacudió la cabeza y se secó las lágrimas, pero no dejaban de brotar nuevas.

Sacó el coche de la entrada, dio media vuelta y se alejó a toda velocidad en dirección a Siena.

Tenía que marcharse de allí. Simplemente huir.

Las palabras de Rita resonaban una y otra vez en su cabeza: —No eres lo bastante buena, nunca formarás parte de esta familia. Stella sería mucho mejor para Massimo.

¿Pero quién demonios era Stella? Massimo nunca había mencionado ni una palabra sobre ella, y hasta ahora no conocía a ninguna mujer con ese nombre.

¿Quién era esa misteriosa mujer que supuestamente era la pareja perfecta para Massimo?

¿Se lo había ocultado a propósito? ¿Había alguna rival en la sombra de la que Lissy no tuviera constancia?

Las palabras de Rita habían sido hirientes.

Rita sabía exactamente en qué herida meter el dedo.

Lo había hecho a propósito para hundir a Lissy.

Ese era su único objetivo. ¿Cómo podía alguien ser así?

Jamás en su vida había conocido a una persona tan malévola.

Y el padre de Massimo... Probablemente le habría gustado verla hincando la rodilla ante su alteza.

¡Qué esnob tan insoportable! Había pensado que Massimo exageraba cuando le contó hace unas semanas lo terrible que era su familia.

Pero, al contrario, se había quedado corto.

Sí, las palabras de Rita le habían causado una punzada de dolor, pero lo que más le dolió fue que Massimo no hubiera intervenido.

Su hermana se le había echado encima y él se limitó a mirar.

No dijo ni una palabra, no intentó defenderla ni ponerse frente a ella.

No la protegió. La había lanzado a los leones y se quedó observando cómo se daban un festín con ella.

Las lágrimas recorrían el rostro de Lissy.

Le costaba distinguir la carretera. Levantó un poco el pie del acelerador.

Era una irresponsabilidad correr tanto por aquellos caminos serpenteantes.

Aunque en ese momento se sintiera destrozada, no quería acabar en la cuneta.

La imagen del coche destrozado de Massimo y su cuerpo sin vida apareció ante ella.

Al lado del vehículo estaba Rita, riéndose.

Eso le encantaría. Así tendría un problema menos y podría volver a acaparar a su hermano.

Lissy intentó calmarse. Su respiración era entrecortada. Sintió cómo un sollozo partía desde lo más profundo de su ser; sus sentimientos amenazaban con desbordarla.

Se detuvo en el arcén. No podía conducir en ese estado.

Tenía que soltar todo lo que se había acumulado en su interior.

La decepción, el dolor, la sensación de ser la persona más insignificante del mundo.

Metió la mano en el bolso y sintió la cubierta rugosa de su diario.

¿Debería confiárselo todo a él? No, para eso ya habría tiempo más tarde.

Había intentado que las palabras de Rita no la afectaran, pero había sido imposible. La hermana de Massimo sabía perfectamente dónde golpearla.

Un ataque de llanto se apoderó de todo su cuerpo, sacudiéndolo. Lissy apoyó los brazos en el volante y dejó caer la cabeza sobre ellos.

Los últimos días habían sido maravillosos. Había disfrutado del tiempo con Massimo y, desde que decidió no volver a Hamburgo, se había quitado un gran peso de encima. Había sentido que la presión disminuía notablemente. Todo parecía correcto.

En los últimos días había hablado con las autoridades, rellenado formularios y asistido a citas.

Había informado a sus clientas de Hamburgo de que sus planes habían cambiado.

Y había buscado en internet varias empresas de mudanzas que necesitaría para organizar su traslado a Siena.

Quería llevarse bastantes cosas, sobre todo los aparatos nuevos que había comprado para su nuevo comienzo.

Un sollozo sacudió su cuerpo. Se regodeaba en su autocompasión.

Sí, a veces también hacía falta eso. Estaba harta de fingir que era una mujer fuerte.

No era fuerte, era vulnerable. Rita había conseguido arrebatarle cualquier rastro de autoestima en un abrir y cerrar de ojos. Y Massimo se había quedado mirando.

Él la había tratado como a una reina los últimos días, incluso la había llevado a bailar por voluntad propia. Le había concedido todos sus deseos y le había asegurado varias veces al día que era el hombre más afortunado del mundo porque ella lo había elegido a él.

Pero ahora las cartas se habían vuelto a repartir. El comodín se llamaba Rita, pero, a diferencia del juego de cartas, este no traía más que desgracias. Y ella habría preferido no participar en esa partida.

Pensó en la hermana pequeña de Massimo, Julia.

Era una chica encantadora. Abierta, alegre, amable.

Era tan diferente a su hermana y a su padre.

Si toda la familia fuera así, habría pasado su primer Ferragosto de maravilla.

Pero de esta forma, siempre recordaría este día con rencor y una sensación amarga.

Era una pena, porque tenía muchas ganas de conocer las tradiciones familiares y compartirlas con Massimo.

Al principio de su estancia le había costado aceptar que Massimo fuera una persona tan apegada a las tradiciones.

Aquello era nuevo para ella, pues en su familia no se daba importancia a ninguna costumbre.

Ni la Nochebuena rodeada de sus seres queridos ni cualquier otra festividad eran algo relevante allí.

Lissy se preguntó, y no por primera vez, por qué había acabado en este mundo.

Sus padres siempre le habían hecho sentir que era una carga para ellos, un estorbo.

Eso la había marcado. Siempre había intentado ser independiente, confiar solo en sí misma y no dejar que nadie entrara en su corazón.

Y le había ido bien. Hasta que conoció a Nevio.

Y después a Massimo. Había reservado un gran espacio en su corazón para ambos hombres, y ninguno de los dos había sabido apreciarlo.

Recordó la expresión de Massimo. Se había quedado mirando a su hermana con la boca abierta y los ojos desorbitados. El discurso también le había afectado a él y, sin embargo, no fue capaz de enfrentarse a su hermana ni de elegir a Lissy.

No sabía qué hacer. Le resultaba imposible fingir que no había pasado nada.

No podía volver al apartamento de Massimo y esperarlo allí.

Fuera como fuese que él pensara llegar a Siena después de que ella le hubiera «robado» el coche.

No quería verlo. No sabía qué decirle. Ni siquiera sabía qué pensar de él.

De nuevo, las lágrimas rodaron por las mejillas de Lissy, dejando rastros oscuros de rímel a su paso.

¿Era este el fin de su relación? Lo había hecho todo para permitir un futuro para Massimo y para ella.

Estaba dispuesta a romper con todo solo por él.

¿Y qué hizo él? Nada. Se quedó allí sentado, mirando fijamente a su hermana.

A Lissy le dolía el corazón. ¿Qué debía pensar de todo aquello y, sobre todo, qué debía hacer ahora?

¿A dónde ir? No tenía fuerzas para conducir hasta Florencia para ver a Mara.

Solo el trayecto de una hora hasta Siena le exigiría todo de sí misma.

Pero tampoco podía quedarse allí, en mitad de la carretera secundaria entre Siena y Montalcino.

Tenía que salir de allí. En ese momento, solo había una persona a la que podía acudir.

Arrancó el motor y pisó el acelerador. Tenía que llegar a Siena lo antes posible, antes de que las fuerzas la abandonaran por completo.

Tenía que lograr ponerse a salvo antes de desmoronarse.

Y ese colapso no tardaría en llegar. Lo que acababa de vivir no era más que el anticipo de lo que aún tendría que soportar hoy.

En su interior se gestaba un huracán que pronto pasaría por encima de ella.

Cuando llegara el momento, tenía que estar en Siena, porque de lo contrario tendría que pasar la noche en esa maldita carretera.

Pisó un poco más el acelerador. Los campos de amapolas pasaban veloces a su lado, pero en ese momento no tenía ojos para su belleza.

Se secó las lágrimas de las mejillas, se sonó la nariz y se concentró en la carretera.

Aproximadamente una hora después, aparcó el coche de Massimo. Se bajó, cerró con llave y fue hacia la puerta. Llamó, pero esperó en vano una respuesta. No podía ser verdad, ¿a dónde iba a ir? ¿Qué haría si esa puerta no se abría?

Llamó de nuevo. Un poco más fuerte, pero en la segunda ocasión tampoco obtuvo respuesta. Así que bajó el picaporte y empujó la puerta, que sorprendentemente no estaba cerrada con llave. Caminó con cautela un par de pasos hacia el interior.

—¿Nevio? ¿Estás ahí?