Amapolas, amor y tú: Latidos en Siena (Latidos en la Toscana 2) 27. Capítulo 27
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27. Capítulo 27

Lissy levantó la vista al cielo. Las nubes se habían amontonado, se oían truenos a lo lejos y la tormenta no tardaría en llegar a Siena. Era la primera lluvia en semanas y a la ciudad le vendría bien.

Lissy suspiró. Al igual que la tormenta en el cielo, un mal presentimiento se estaba fraguando en su interior.

Volvió a repasar las palabras de Massimo.

Las repetía en su mente en un bucle infinito.

Le había prohibido rotundamente conocer a su familia.

Normalmente, algo así era una señal clara de que un hombre no se tomaba en serio una relación.

Aunque Massimo afirmara que era por su familia, ella sentía que, en el fondo, era por su culpa.

No quería presentarla, no quería que su familia lo juzgara por ella.

Se avergonzaba de ella, y eso le causaba un dolor físico.

Se le encogía el estómago cada vez más, le dolía el corazón y le martilleaba la cabeza.

Lissy era consciente de que tenía muchos defectos.

Sus padres le habían recordado una y otra vez lo poco que encajaba en su imagen de hija perfecta.

Era caótica, a veces un poco loca y ruidosa.

Sin duda, no era lo que una familia italiana tradicional imaginaba como la nuera perfecta.

Y menos con ese pelo rosa que parecía más un algodón de azúcar que un peinado.

En aquel pueblecito llamaría la atención como un perro verde.

Por eso Massimo no quería aparecer allí con ella.

El corazón de Lissy se volvió pesado. Tenía tantas ganas de pasar tiempo con Massimo y ahora estaba sentada una vez más, sola, en la escalera que subía a su tienda, sin saber si había tomado la decisión correcta.

La estaba escondiendo aquí, en esta ciudad.

¿A dónde llevaría todo esto si él no era capaz de dar la cara por ella ante su familia?

Una lágrima recorrió la mejilla de Lissy, que se la secó con impaciencia.

Suspiró. Estos días deberían haber sido los más felices de su vida.

¿Y qué estaba haciendo? Estaba allí sentada, sola y abandonada en esa escalera, llorando por los rincones.

Nunca había sentido una decepción tan grande.

Había pensado que era especial para Massimo.

Hasta ahora, él la había llevado en palmitas, había cumplido todos sus deseos y siempre se había desvivido porque ella estuviera bien. Hasta ayer.

Después de la conversación, se había retirado pronto a la cama y había fingido dormir cuando Massimo entró en la habitación.

Por primera vez desde que llegó a Siena, no se había quedado dormida en sus brazos.

No había sido capaz de hacerlo. Y esta mañana tampoco había podido acompañar a Massimo al empezar el día con las caricias habituales.

—¡Bueno, por fin he terminado! ¿Entras conmigo?

—Massimo asomó la cabeza por la puerta de su tienda.

Le sonreía, pero en su rostro había un rastro de duda.

¿Sentiría él también que se dirigían hacia su primera gran tormenta?

Como si fuera una señal, las primeras gotas de lluvia empezaron a caer sobre Lissy.

—Rápido, entra. Ya verás, en menos de cinco minutos se va a caer el cielo por aquí.

Lissy cogió su móvil y el bloc de notas. En realidad, había querido llamar a más clientas, pero no había logrado concentrarse.

Massimo cerró la puerta tras ella y la tomó en sus brazos. —Ahora vamos a pasar una velada agradable, ¿vale? Sé que hoy ha vuelto a haber mucho jaleo y he tenido muy poco tiempo para ti, pero la noche es solo nuestra. Te lo prometo.

Lissy asintió y subió con Massimo. Había un acceso directo desde la tienda al piso, así que no tuvieron que salir a la calle. Fue lo mejor en ese momento porque, tal como Massimo había predicho, una lluvia torrencial empezó a caer sobre las callejuelas de Siena.

—Esta mañana he preparado masa para ñoquis. Espero que te gusten los ñoquis, ¿verdad?

Lissy asintió. —Sí, pero nunca he probado unos caseros. Tengo curiosidad.

Ella misma notó que su voz no sonaba tan alegre como de costumbre. En otro momento, habría dado la vida por unos ñoquis caseros.

Massimo la giró hacia él y la estrechó con fuerza en sus brazos. Ella aspiró su aroma, pero hoy no podía dejarse llevar y relajarse contra su hombro. Todo en su interior se resistía a perdonar sin más lo que ella sentía como una traición.

—¿Qué pasa? —Massimo miró a Lissy con curiosidad. La arruga había vuelto a aparecer entre sus cejas y un tono ligeramente impaciente se había colado en su voz.

Él tenía que saber perfectamente cuánto la había herido. Y, aun así, no le había pedido perdón. Sintió cómo la frustración, la tristeza y el dolor se abrían paso hacia el exterior. Tenía que soltarlo todo para no estallar. De un tirón, se liberó de sus brazos.

—¿Que qué pasa? No finjas que no lo sabes. —La voz de Lissy se había vuelto fuerte. Ella misma notaba el temblor en ella.

—Lissy, de verdad que he tenido un día agotador. Sé que algo no va bien, te comportas de forma distinta a la habitual. ¿No podrías decírmelo sin más? —Massimo se frotó la frente.

—¿Quieres que te lo diga? Bien. Me has hecho mucho daño, Massimo.

—¿Que yo te he hecho daño? ¿Con qué?

Lissy hizo un gesto de desdén con la mano y se alejó de él.

¿De verdad estaba tan sorprendido o solo lo aparentaba?

—¿Con qué, quieres saber? Con el hecho de que no quieras presentarme a tu familia.

Con el hecho de que te avergüences tanto de mí que no quieras llevarme a su casa.

Sé que no soy como las demás. Pero no me esperaba que te avergonzaras de mí.

Massimo se quedó sin aliento. La arruga entre sus cejas se hizo cada vez más profunda.

—¡Pero qué cosas dices! Te he explicado que mi familia es difícil.

No es por ti por lo que no quiero llevarte.

Solo quiero protegerte. Mi familia puede ser muy cruel cuando han decidido no aceptar a alguien en su seno.

Quería ahorrarte eso. Y ahorrármelo a mí también.

—Pero, Massimo, ¿es que no lo entiendes? Me decepciona enormemente que me llames tu novia pero que, al mismo tiempo, me escondas de las personas que son importantes para ti.

Massimo fue hacia la encimera y se apoyó en ella. Respiró hondo y Lissy vio que estaba luchando por mantener el control. Aquella era su primera gran pelea. La tormenta que se había anunciado.

—Escucha, Lissy, no quiero discutir contigo. Pero tú no conoces a mi familia. No sabes nada de nuestras tradiciones, no sabes lo que significa meterse en una familia con un arraigo tradicional tan fuerte sin ser italiana. No te puedes imaginar cómo acabaría todo esto.

—Ah, ¿que no puedo? ¿Por qué piensas eso?

—¿Pues cómo ibas a poder? Tú, con tu vida de fiestas y postureo de Hamburgo.

Para ti solo cuenta salir de fiesta y divertirte, y trabajar un poco de vez en cuando para que entre dinero.

Aquí no es así. Aquí cuentan otros valores.

Valores como la familia, el orgullo, la unión.

Y la tradición. Si te llevara a casa, estaría pisoteando todos esos valores. ¿Cómo crees que reaccionarían?

Lissy tragó saliva. —¿Así que eso es lo que ves en mí? ¿Una fiestera que solo busca divertirse y que no tiene nada más en la cabeza?

A Lissy se le quebró la voz. Ya no pudo contener las lágrimas. Las palabras de Massimo la habían golpeado justo donde más le dolía.

Massimo se acercó a ella e intentó estrecharla en sus brazos, pero ella se zafó.

—Lissy, no lo he dicho con mala intención. Lo siento, me ha salido todo mal. Por supuesto que llevas una vida totalmente diferente, soy consciente de ello. Y aun así, o quizá precisamente por eso, te quiero. Tampoco me avergüenzo de ti, solo quiero evitar la próxima disputa familiar.

Ella asintió y dejó que su mirada vagara por la ventana. La tormenta estaba ahora justo encima de Siena. La lluvia torrencial arreciaba en la callejuela frente a la casa, acompañada de brillantes relámpagos y del estruendo de un trueno violento.

—Lissy, por favor, no quiero discutir contigo. Pero tienes que entender que no es una buena idea conocer a mi familia.

—Está bien, pero aun así tus palabras me han dolido mucho, Massimo.

—Lo sé, y lo siento. Nada está más lejos de mi intención que herirte. Pero si te quiero, Lissy. Más de lo que he querido nunca a ninguna otra persona.

Lissy se giró hacia Massimo y le miró a sus ojos cálidos.

La arruga del entrecejo se había alisado de nuevo; parecía impotente y arrepentido.

Se le notaba que lamentaba sus duras palabras.

Deseaba tanto perdonarle, acurrucarse en su abrazo protector.

Sabía que él nunca querría nada malo para ella.

Él había extendido los brazos de par en par.

Solo tenía que dar un paso para poder refugiarse en su abrazo.

Y eso fue exactamente lo que hizo. Se apretó con fuerza contra Massimo, sintió su torso musculoso y las delicadas caricias en su espalda.

Massimo tomó su cabeza entre sus manos y le levantó un poco la barbilla para poder mirarla a los ojos. —Eres lo mejor de mi vida, Lissy.

Luego bajó sus labios hacia los de ella y se fundieron en un beso suave que se fue volviendo cada vez más apasionado. Lissy deslizó sus manos bajo la camiseta de él y le acarició la espalda. Intentaría perdonarle. Aunque no le resultara fácil.