23. Capítulo 23
Lissy paseaba por la Via delle Terme. Hoy no tenía ganas de recorrer las grandes calles comerciales abarrotadas de turistas, como la Banchi di Sopra, que estaba a rebosar de tiendas. Hoy prefería algo de tranquilidad.
Caminaba despacio por las callejuelas, disfrutando del maravilloso frescor de la sombra. El pleno verano ya había llegado y en Siena hacía notablemente más calor que durante su última visita.
Massimo tenía que volver a trabajar hoy.
Había descuidado su negocio en los últimos días para pasar el mayor tiempo posible con ella.
Ella se lo agradecía y había disfrutado mucho de ese tiempo a su lado.
Sin embargo, era consciente de que la situación no podía seguir así durante las próximas cuatro semanas.
Prácticamente lo había cogido por sorpresa con su viaje.
Él no había tenido ninguna posibilidad de organizar un sustituto ni de buscar otra alternativa para su tienda.
Ahora tenía que aceptar el hecho de que tendría que pasar algún tiempo sola.
Lissy respiró hondo. El aire en Siena era muy distinto al de Hamburgo. Seco y cálido, se posaba sobre el cuerpo de Lissy y la envolvía como una manta acogedora.
Tenía un lugar muy concreto en mente. Tenía muchas ganas de ir a la Fonte Gaia, la preciosa fuente en la plaza principal de Siena, Il Campo.
Desde la primera vez que estuvo allí con Massimo, ese lugar se le había quedado grabado a fuego en el corazón.
Alrededor de esta plaza principal en forma de concha había restaurantes y cafeterías, y muchos turistas pululaban por allí.
Aunque hoy buscaba más bien paz y tranquilidad, lo que en teoría descartaba la Fonte Gaia, se sentía atraída hacia allí como por arte de magia.
Lissy llevaba su nueva carpeta de dibujo bajo el brazo.
Seguía entusiasmada como una niña pequeña con ella.
Hacía demasiado tiempo que no dedicaba un momento a dibujar, a menos que se tratara de transformar las uñas de sus clientas en pequeñas obras maestras.
Ya desde muy joven dibujaba con pasión, había estado en el taller de arte de su escuela y regalaba sus obras en cada Navidad y cumpleaños de su familia.
Por lo general, para gran entusiasmo de sus parientes.
Solía excluir a sus padres de esta consideración, pues a ellos no los impresionaba con semejantes regalos.
Para los padres de Lissy solo contaban sus notas en Matemáticas y Lengua; en cuanto a sus aptitudes artísticas, no querían saber nada.
Con las cejas arqueadas habían tomado nota de que Lissy quería asistir al taller de arte y le habían recordado que solo podría hacerlo mientras sus notas en las asignaturas «importantes» no se vieran resentidas.
Aún hoy, Lissy sentía una gran decepción al recordarlo. Dibujaba bien; sobre todo los retratos y los paisajes habían sido su fuerte. Incluso su profesora de dibujo la había elogiado y le había augurado una carrera brillante.
Sí, todo había resultado diferente y ella había abandonado el dibujo.
Salió a la luz del sol. Había cruzado la Via di Città y, a través de una callejuela, había salido a la plaza principal, Il Campo.
El sol le daba con fuerza en la cara y la deslumbraba.
Después de las calles estrechas y sombrías, sus ojos ya no estaban acostumbrados a la luz cegadora.
Lissy cerró los ojos un instante y luego rebuscó en su bolso las gafas de sol. Las iba a necesitar.
Lissy buscó un sitio en medio de la Piazza del Campo y se sentó en el suelo sin pensárselo dos veces.
Luego abrió su carpeta y cogió un lápiz.
Respiró hondo y decidió alejar todos los pensamientos que pudieran impedirle ponerse manos a la obra con esa fuente.
No tenía nada más que hacer, tenía tiempo y le apetecía volver a dibujar de una vez por todas.
Era casi como si abriera un pequeño armario y sacara una habilidad que llevaba tanto tiempo escondida allí dentro.
Se puso a dibujar con determinación absoluta.
La Fonte Gaia estaba rodeada por un muro con figuras ornamentales.
Hombres y animales habían sido tallados con esmero y otorgaban a la fuente un aire noble.
El agua de color azul turquesa reflejaba el cielo azul y los antiguos edificios que se alzaban detrás, dándole a la escena un toque romántico.
Lissy se sumergió en su trabajo y se mordió el labio.
Durante aproximadamente una hora no fue consciente de nada de lo que la rodeaba y se concentró en cada detalle de la fuente.
Quería dibujarla con la mayor precisión posible, quería crear un recuerdo de aquel lugar mágico que se había vuelto tan importante para ella.
No se dio cuenta de cuánta gente cruzaba la plaza a su alrededor.
No tenía importancia. Lo fundamental era solo ella y la fuente.
Y ese sentimiento que la calaba por completo.
Estaba orgullosa de haberse animado a superar sus miedos. Y estaba un poco nerviosa porque esperaba no haberlo olvidado todo. Su corazón latía más rápido, el sol caía a plomo sobre ella, pero Lissy apenas lo sentía.
El entusiasmo se desvaneció rápidamente al examinar el resultado de sus esfuerzos.
La euforia dio paso a una gran decepción.
Lo que había dibujado con tanto esmero era cualquier cosa menos la Fonte Gaia.
Era como si el dibujo se burlara de ella, como si se riera en su cara por pensar que era alguien especial y que sabía dibujar.
La rabia bullía en el interior de Lissy.
No habían sido sus padres quienes la habían llevado a dejar de dibujar.
Había sido Nevio. Él le había dado en su día el toque final a su técnica de dibujo.
Ella se había sentido como una pintora bendecida por el talento, había querido impresionarlo a toda costa y se había sentido orgullosa de sus consejos, que ponía en práctica de inmediato.
Arrancó la hoja del bloc de dibujo y la hizo una bola.
No, ahora no iba a pensar en Nevio. No desperdiciaría ni un solo pensamiento más en ese hombre.
Ya era bastante malo habérselo vuelto a encontrar, que hubiera aparecido de repente ante ella como salido de la nada.
Que esa persona, a la que no quería volver a ver en la vida, de pronto ya no fuera solo un vago recuerdo.
Ni de broma volvería a abrirle las puertas de su vida.
Nevio ya no era importante. Formaba parte de su historia y no podía hacer nada contra eso.
Pero sí podía hacer algo para evitar que se convirtiera en parte de su futuro.
No volvería a dedicarle ni un pensamiento.
Y si eso significaba no dibujar más, pues que así fuera.
Con la cabeza baja, volvió a cerrar el bloc de dibujo.
Se había alegrado tanto con el regalo de Massimo.
Había notado su confusión y no se le había escapado que Massimo había sentido que en el interior de Lissy se habían removido viejos sentimientos.
Solo el hecho de ver esos blocs de dibujo le había recordado de nuevo a Nevio.
A veces temía que le faltaran las fuerzas para cerrarse por completo a todo lo que tuviera que ver con ese hombre.
Sabía que era el mejor amigo de Massimo.
Eso no facilitaba las cosas y tenía que contar con que volvería a cruzarse con Nevio.
No quería ni imaginarse qué emociones le provocaría un encuentro así. ¿Cómo debería comportarse entonces?
Esa dichosa historia con Nevio lo sobrevolaba todo. Su relación con Massimo, su estancia en Siena, su vida entera. Le sacaba de quicio no poder desterrarlo de sus pensamientos.
Se levantó y caminó de vuelta hacia la Via Rinaldini.
No quería regresar de inmediato con Massimo.
Estaba demasiado alterada por sus recuerdos y por el insatisfactorio resultado de su dibujo.
No quería presentarse ante Massimo en ese estado.
Él volvería a preocuparse y, en el peor de los casos, a hacer preguntas que ella no quería responder.
Así que daría un pequeño rodeo para calmarse por el camino.
Lissy caminaba cabizbaja. Se había imaginado de maravilla cómo crearía una obra de arte para el apartamento de Massimo. Él estaba tan ilusionado y la había animado a dar rienda suelta a su creatividad. Ahora regresaría sin ningún resultado, solo con mal humor y un nudo en el estómago.
En ese momento, Lissy se juró a sí misma no volver a dibujar nunca más.
Evocaba demasiados viejos recuerdos, sacaba a la superficie pensamientos que ella había desterrado al fondo de su mente.
No, dibujar sin pensar en Nevio era como oler una pizza sin querer comérsela.
Eso no iba a funcionar y, por lo tanto, tenía que dejarlo.
Massimo tendría que colgar otro cuadro en su salón.