17. Capítulo 17
Lissy entornó los ojos. Su clienta le había pedido un diseño de filigrana. Se concentró para pintar la última uña de estilo oriental. —Terminado. Si esto no es una obra maestra, que baje Dios y lo vea.
La clienta se miró la uña y le dedicó a Lissy una sonrisa radiante. —Es exactamente como me lo había imaginado. Sabía que, si alguien podía conseguirlo, eras tú. Eres la mejor, de verdad.
Lissy sonrió. Aquel cumplido le supo a gloria.
En las últimas semanas le había tocado aguantar de todo, así que unas palabras positivas le daban alas al alma.
Para relajar la vista, Lissy dejó que su mirada recorriera el salón de uñas.
Había un total de tres mesas blancas idénticas, equipadas con todo tipo de utensilios: lámparas, lámparas UV, cajitas y un sinfín de limas estaban listos para su uso.
Detrás de cada mesa había un panel retroiluminado con espacio suficiente para unos cincuenta esmaltes diferentes.
El salón estaba decorado con gusto. Todo era blanco y rosa, a excepción del suelo, que era de un laminado claro.
El gran escaparate dejaba pasar luz suficiente para que ella y sus compañeras pudieran trabajar en un ambiente agradable.
Al menos en lo que a las instalaciones se refería.
—Muy bien, el primer obstáculo ya está superado. ¿Pasamos a la segunda mano?
—Nada me gustaría más —sonrió la clienta y le tendió la otra mano.
Esas eran las tareas que más le gustaban. Aunque supusieran un reto, o precisamente por eso. Allí podía dar rienda suelta a su creatividad, crear flores, ornamentos y juegos de colores que se salían del programa cotidiano. Ella sabía que hacía bien su trabajo.
Lissy se volvió a poner la mascarilla y se concentró en el dedo anular derecho de su clienta.
—¡Lissy! ¿Pero qué haces?
—¡Mierda! —Se le había ido la mano y había estropeado toda la flor.
Ahora tenía que empezar de cero. ¿Qué quería Theresa de ella otra vez?
En su interior empezó a fraguarse un rugido.
La rabia que con tanto cuidado había contenido durante los últimos meses se abría paso hacia la superficie.
Lo sentía y sabía que hoy tendría que emplear de nuevo todas sus fuerzas para reprimirla.
—¿Qué pasa ahora, Theresa?
Dirigiéndose a su clienta, le explicó: —Espera un momento, Anna. Enseguida lo repito.
Su clienta la miró algo desconcertada, luego dirigió la vista hacia su jefa y frunció el ceño. —No te preocupes, no te estreses.
—¿Ya has vuelto a cometer un error? ¿Qué van a pensar las clientas si no eres capaz de hacer nada a derechas?
Lissy inspiró con brusquedad. Todo habría salido de maravilla si Theresa no la hubiera asustado de esa manera. No era culpa suya que aquella clienta tuviera que estar allí el doble de tiempo y que se le descuadrara toda la agenda de citas.
Lissy intentó con todas sus fuerzas controlar la voz, pero ella misma notó que le temblaba por la furia contenida. —¿Qué ha pasado exactamente? ¿Hay algún incendio? ¿Se ha inundado el almacén?
—¿Encima pretendes burlarte de mí? El almacén, ese que al parecer habías ordenado tan sumamente bien, parece un estercolero. Está todo revuelto, no se encuentra nada. ¿Cómo voy a reponer mercancía si no puedo tener un control del inventario?
La voz de Theresa era fría como el hielo. A Lissy se le puso la piel de gallina. Si las miradas matasen, Theresa tendría que buscarse una nueva manicurista.
—Iré a echarle un vistazo después, pero como puedes ver, ahora tengo una clienta. Tu entrada en escena me ha desconcentrado. Ahora tengo que empezar de nuevo.
—Ah, ¿y ahora encima le echas la culpa de tus errores a los demás? Esto es el colmo. En las últimas semanas no sirves para nada. Qué digo, en los últimos meses. Lissy, no sé ya qué hacer contigo.
Lissy respiraba con dificultad. La rabia se abría paso como lava ardiente.
Su volcán estaba a punto de entrar en erupción, se daba cuenta y sin embargo no podía evitarlo.
Le temblaban los dedos, se le tensó la nuca y apenas podía respirar.
Cerró el puño izquierdo con furia. Con la derecha todavía sujetaba con fuerza el pincel.
Se levantó como en cámara lenta. Era como si se estuviera observando desde fuera, como si ya no estuviera en su propio cuerpo, sino que permaneciera a un lado, ajena, esperando a ver qué pasaba a continuación.
Lissy ya no se controlaba. Tiró el pincel sobre la mesa con rabia, lo que hizo que la pobre Anna retirara la mano rápidamente.
Ya no podía tener miramientos con su clienta; ella misma había sido testigo de lo injustamente que estaban tratando a Lissy, lo entendería.
—¿Sabes qué, Theresa? Estoy harta. De tu acoso constante, de tus eternos reproches.
Ya es suficiente. Sé lo que valgo y tú también lo sabes.
Soy la mejor manicurista que has tenido nunca y probablemente la mejor que tendrás jamás.
Soy la única que no se limita a cumplir con el programa cotidiano, sino que es capaz de satisfacer los deseos individuales de las clientas.
Me gustaría ver si tú serías capaz de hacer un adorno así.
No sabes hacer nada más que amargarle la vida a la gente.
Pero ya he tenido bastante. ¡Te pueden dar por saco!
—Lissy, ¿pero cómo me hablas? ¿Te has vuelto loca?
—No, al contrario. Por fin veo con claridad lo que durante tanto tiempo no quise admitir. Y es que tenemos que terminar con esta farsa. Puedes ir buscándote una nueva manicurista. ¡Aquí tienes mi dimisión! Y tu estúpido almacén ya lo puedes ordenar tú solita. Voy a coger mis cosas y me largo.
—Lissy, esto no puede ser así.
—Vaya si puede ser. Ya me has dado órdenes durante demasiado tiempo. Ahora te está entrando el miedo, ¿verdad? Porque sabes perfectamente que muchas clientas venían aquí solo por mí.
Lissy se volvió hacia su clienta con una sonrisa torcida. —Te llamaré en cuanto tenga un nuevo trabajo. Hasta entonces, que Theresa vea qué hace con tus uñas. Lo siento, me habría gustado terminar este diseño tan bonito.
Lissy dio media vuelta, caminó hacia la parte trasera del salón y cogió su bolso. Ya había pasado demasiado tiempo allí, y ahora emprendería un nuevo camino. La rabia había abandonado su cuerpo, dejando paso a un gran alivio. Al mismo tiempo, se sentía cansada y agotada.
—Lissy, no puedes estar hablando en serio.
—Vaya si hablo en serio. —Enfatizó cada palabra con dureza para que Theresa comprendiera por fin que no estaba para bromas.
Pasó junto a su antigua jefa a paso rápido. —Que te vaya bien, Theresa. Y buena suerte —siseó.
Abrió de golpe la puerta del salón, la cerró de un portazo a sus espaldas e inspiró profundamente. El aire tenía la calidez de principios de verano y el sol brillaba con fuerza.
Lissy cerró los ojos y alzó el rostro hacia el sol. Los cálidos rayos la animaron un poco y le dieron nuevas energías. Ahora lo primero era salir de allí. Después, ya se vería.