7. Capítulo 7
Lissy miró el gran panel de anuncios. Su vuelo a Hamburgo despegaría dentro de una hora.
Estaba con Mara y Sergio frente al control de seguridad.
En su interior, desde ayer, bullían los sentimientos más contradictorios.
Ya echaba de menos a Massimo. Su reservada despedida la había herido.
Sabía que debería haberle contado lo que pasaba con Nevio, pero no quería abrir esa caja llena de recuerdos dolorosos.
No quería que Nevio volviera a formar parte de su vida, ni siquiera en sus pensamientos.
No quería darle el poder de volver a ponerle la vida patas arriba, pero eso era exactamente lo que él había hecho.
El breve reencuentro lo había cambiado todo.
Hasta ese momento, se había dejado embriagar por su enamoramiento de Massimo, y ahora otros sentimientos se habían apoderado de ella.
Sacudió la cabeza, molesta consigo misma.
¿Cómo podía ser que ese hombre todavía tuviera ese efecto sobre ella?
¿Por qué había sido tan brusca con Massimo solo porque no quería hablar de Nevio?
Por supuesto, Massimo se había dado cuenta de que el encuentro la había afectado.
Mucho más de lo que quería admitirse a sí misma ni a él.
Él debía de pensar que ella le había mentido.
¿Por qué siempre lo hacía todo mal? Daba igual lo que tocara, todo parecía salirle del revés.
—Lissy. —Mara le acarició el brazo con intención consoladora— ¿Qué te pasa, cielo? ¿No han sido bonitos estos días con Massimo? ¿Qué ha ocurrido?
Lissy le dedicó a Mara una sonrisa ladeada. —No te preocupes tanto. Estoy bien. Los días con Massimo han sido maravillosos, y estoy triste porque tengo que dejar aquí a él y a vosotros y volver sola a Hamburgo. A mi vida, a mi trabajo, del que, sinceramente, no tengo ninguna gana.
Mara la miró con compasión. —¿Se ha puesto la cosa aún peor? No hemos tenido tiempo de charlar como es debido estos últimos días.
—Sí, lo sé, lo siento. En realidad, quería tener mucho tiempo para nosotras, pero los días han pasado tan rápido que no ha quedado nada para nosotras dos. Espero que no estés enfadada conmigo.
—¿Por qué iba a estar enfadada contigo? Al fin y al cabo, fui yo la que te emparejó con Massimo. Por si no te habías dado cuenta, mi plan desde el principio era juntaros a los dos. Lo único es que no estoy del todo segura de si lo he conseguido.
—Bueno, tus intenciones no eran transparentes ni nada.
—Lissy sonrió. Mara era la mejor. Se preocupaba tanto por la vida amorosa de Lissy que no dejaba piedra sin remover para hacerla feliz— Claro que me di cuenta, y te estoy muy agradecida.
Massimo es un hombre estupendo, pero tu plan no ha salido redondo del todo.
Quizá si hubiéramos tenido un poco más de tiempo juntos…
—¿Estás segura de que es por eso? Ayer tuve la sensación de que algo no iba bien.
—¿Qué? No, para nada. Nos hemos llevado de maravilla, pero el problema de la distancia no se puede solucionar así como así.
—Eso lo entiendo perfectamente. Cielo, ya sabes que en nuestra casa siempre eres bienvenida. Si se te cae el techo encima cuando estés en la tuya, súbete al primer avión y en poco más de una hora estarás aquí.
—Lo sé, te lo agradezco. Si fuera tan fácil… Ya conoces a Theresa y su salón de uñas. Ya me he cogido demasiadas vacaciones este año; creo que me va a tener allí arrestada hasta Navidad.
Lissy bajó la cabeza. Solo pensar en su malvada jefa le daba dolor de estómago.
En los últimos años siempre había tenido problemas con ella, pero Theresa se volvía más mezquina cada día que pasaba.
Ni siquiera sabía a qué se debía. Era la mejor empleada y la que tenía más clientes habituales.
Lissy era la que más tiempo llevaba en la empresa y siempre había sido fiable y leal y, sin embargo, era al mismo tiempo el pararrayos de muchos de los problemas personales de Theresa.
—Créeme, tu jefa tiene un problema contigo porque tiene envidia.
—¿Envidia? ¿Por qué dices eso?
—Creo que es evidente que te envidia.
—¿Y de qué, exactamente? Si Theresa tiene todo lo que podría desear: un negocio que funciona, un marido que la lleva en palmitas, un cuerpo de modelo…
—Puede ser, pero yo creo que te envidia porque todo el mundo te quiere tanto. Vayas a donde vayas, simplemente le caes bien a la gente. Tienes una forma de ser tan abierta, sencilla y simpática que es imposible no quererte. Y estoy segura de que de eso es de lo que tiene envidia.
—Ay, Mara, eres un sol. Gracias por tus palabras de consuelo.
Lissy abrazó a Mara con fuerza. Si supiera que esa forma de ser aparentemente despreocupada solo servía para ocultar sus complejos.
En su interior, la cosa era muy distinta.
Se había pasado la vida luchando por llamar la atención.
Nadie debía saber que la mayoría de los días se sentía como una nulidad, una pequeña y valiosa nada.
Le sonrió a Mara. Ya echaba de menos a su amiga.
Sentía no haberla visto tanto como hubiera querido, aunque, por otro lado, no habría querido pasar ni un segundo menos con Massimo.
En su próxima visita lo compensaría todo.
Pero ahora, primero tenía que volver a casa, a su antigua vida, a su rutina diaria, que seguramente no tardaría en atraparla de nuevo.
Mañana volvería a volcarse en el trabajo.
Pero quizá esa distancia física le vendría bien para volver a controlar sus pensamientos y sentimientos.
En ese momento, tantos fragmentos de recuerdos revoloteaban por su cabeza que le resultaba imposible atraparlos todos. La estaba volviendo loca.
—Chicos, tengo que irme. El avión no me va a esperar, y de nada sirve prolongar la despedida.
Abrazó con fuerza a Sergio y luego, una vez más, a su mejor amiga. —Disfrutad de vuestra luna de miel.
—¿Qué luna de miel? Sergio tiene que trabajar, no puede cogerse vacaciones así como así durante el semestre. Pero ya la recuperaremos en verano, que ya no falta tanto. —Mara se acurrucó contra su recién estrenado marido.
Lissy se alegraba por ellos y, sin embargo, sintió una breve punzada de envidia.
Mara había encontrado a su alma gemela. Tenía que admitir que, al principio, no se había podido imaginar que Sergio fuera el adecuado para ella.
Cuando se reencontraron con él un año atrás, era tan tímido y un poco extraño.
Pero los dos eran felices juntos, y eso era lo único que importaba.
Mara amaba a su marido de tal forma que nada ni nadie podría separarlos.
¿Y ella? Ella estaba sola en la cola del control de seguridad preguntándose si alguna vez podría experimentar el gran amor que hacía que Mara irradiara de esa manera.
Colocó su equipaje de mano en la cinta transportadora, se despidió de los dos con la mano por última vez y cruzó el arco de seguridad.