4. Capítulo 4
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —Massimo dejó el café a un lado, caminó hacia Lissy y la estrechó entre sus brazos. Le dio un tierno beso en los labios, casto y, sin embargo, cargado de pasión.
—Sí, muy bien. Debo decir que tienes una cama muy cómoda. Espero que tu noche en el sofá haya sido igual de agradable.
Después de preparar la cena juntos, ninguno de los dos había tenido ganas de enfrentarse a la hora y media en coche hasta Florencia.
Sin pensárselo mucho, Lissy había decidido quedarse a pasar la noche.
Massimo le había cedido su cama y se había instalado en el sofá.
Aunque Lissy lo fascinaba y deseaba tocarla con cada fibra de su cuerpo, habría sido demasiado pronto para compartir la cama.
No quería llevar a Lissy a su cama antes de conocerla mejor.
Para él, ella era especial y no quería, bajo ningún concepto, arriesgarse a que se sintiera utilizada.
¿Qué le estaba pasando? Sentía que Lissy había encontrado la llave que abría su corazón y, aun así, sabía que llevaban vidas completamente distintas en lugares muy distantes.
Por tanto, no tenía sentido plantearse si podría llegar a surgir algo entre ellos.
No volvería a verla tan pronto y admitirlo casi le partía el corazón.
Precisamente por eso quería disfrutar hasta el último minuto del tiempo que tenían juntos.
Así que dejó a un lado todos los pensamientos negativos, se dio la vuelta y puso el café sobre la mesa ya puesta.
—Siéntate. Espero que tengas hambre.
Lissy se desperezó y se acercó a él. Estaba para comérsela.
Tenía el pelo rosa alborotado y se había puesto una de sus camisetas para dormir.
Apenas le cubría el trasero, y él tenía que esforzarse para que su imaginación no se desbocara.
La camiseta se ceñía a su cuerpo esbelto y le marcaba cada curva.
Ella personificaba todo lo que él tanto deseaba.
Massimo inspiró y exhaló profundamente. Tenía que frenarse urgentemente o acabaría abalanzándose sobre Lissy, en contra de todos sus propósitos.
—¿Has preparado el desayuno para mí?
—Por supuesto —Massimo señaló la mesa rebosante de comida—. Tenemos una panadería estupenda aquí a la vuelta. He traído unos cuantos brioches y cornetti porque he pensado que querrías reponer fuerzas antes de que nos pongamos en camino hacia Florencia.
—Qué detalle por tu parte, no voy a decir que no. Debes saber que el desayuno es para mí la comida más importante del día. Nunca salgo de casa sin desayunar.
Massimo se rió. —Entonces he tenido suerte; aunque si no quisieras salir de mi casa para nada, también me habría gustado.
Ella le sonrió y se mordió el labio inferior. Él no podía apartar la vista de ella. Se olvidó de todas las delicias que había sobre la mesa. ¿Qué le importaba la bollería cuando la tentación más dulce estaba sentada justo frente a él?
Lissy se levantó, se sentó en su regazo y se acurrucó contra él.
Luego posó sus labios suaves sobre los de él y le hizo sentir lo mucho que se sentía atraída por él.
Se apartó un poco y lo miró con una sonrisa pícara.
—Quizá sea un poco pronto para encerrarnos en tu casa, pero la idea me gusta.
—Entonces se levantó de un salto, se sentó frente a él en la mesa y le dio un buen bocado a su brioche.
Massimo se pasó la mano por el pelo y respiró hondo.
Esta mujer lo estaba volviendo loco de remate.
Si tan solo pudiera disfrutar más del tiempo con ella y apartar el pensamiento de su inminente partida.
Sabía que ese no era su fuerte. Sus pensamientos siempre iban por libre y se preocupaba por cosas que en ese momento no tenían ninguna importancia.
—¿Qué te parece si de camino a Florencia hacemos una pequeña parada en San Gimignano?
—¿San Chimi qué? —preguntó Lissy con la boca llena.
Massimo soltó una carcajada. —San Gimignano es un pueblo pequeño y muy bonito. Y no supondría un gran rodeo. De hecho, está casi en la ruta hacia Florencia. ¿Qué me dices?
Lissy se encogió de hombros. —¿Es el lugar tan bonito como Siena?
—No del todo, pero supongo que se lo preguntas a la persona equivocada. No soy nada objetivo. Pero me encantaría poder enseñarte el pueblo. Y así tendríamos un poco más de tiempo juntos.
Massimo miró a Lissy expectante. Sabía que no podía ocultar lo que sentía. Le estaba dejando claro a Lissy cuánto le gustaba, y no estaba seguro de si aquello era lo correcto. Al fin y al cabo, se dice que los hombres resultan atractivos solo cuando se muestran completamente indiferentes.
—Sí, claro, es una idea estupenda. Solo voy a escribirle un mensaje rápido a Mara diciéndole que llegaré más tarde.
Seguro que lo entenderá, aunque probablemente me suelte dos o tres frases impertinentes.
—Sonrió—. Sabes, Massimo, creo que Mara tenía planeado emparejarnos desde el principio.
Justo antes de ir hacia el altar, ya me hizo fijarme en ti.
Y eso que no le habría hecho falta ninguna ayuda —Lissy le guiñó un ojo.
El corazón de Massimo dio un pequeño vuelco. —Me alegra oír eso. —Se sintió un poco cohibido y no supo muy bien qué responder. Quizá fuera más seguro que se pusieran en camino ahora mismo.
Como si Lissy le hubiera leído el pensamiento, se levantó. —Pues me paso un momento por el baño y nos vamos enseguida.
Massimo la siguió con la mirada mientras ella se dirigía al baño moviendo las caderas con garbo.
En cuanto cruzó la puerta, él se dejó caer de nuevo en la silla de la mesa.
Apoyó los brazos y escondió la cabeza entre las manos.
No había pegado ojo en toda la noche, sabiendo que Lissy dormía en su cama.
Un par de veces estuvo a punto de abandonar el sofá para deslizarse con ella bajo la manta.
Nunca se había parado a pensar cómo debía ser la mujer de sus sueños.
Pero cuando conoció a Lissy anteayer, le dio fuerte.
Como un rayo que cae sobre un viejo roble y lo hace arder en llamas.
¿A dónde iba a parar todo aquello? Mañana mismo ella volaría de vuelta a Hamburgo.
Ella hacía su vida allí y él aquí. Y, sin embargo, un pedacito de su corazón ya se había abierto para ella.
Los roces de Lissy le enviaban descargas eléctricas por todo el cuerpo; sentía la energía hasta en la punta de los dedos.
Cuando estaba con ella, sentía que podía volar, al mismo tiempo, su corazón galopaba y no sabía qué hacer.
Massimo estaba a punto de enamorarse de la alocada, ruidosa y absolutamente encantadora Lissy.
¿Pero era correcto? Y, sobre todo, ¿era sensato?
Massimo se levantó y recogió la mesa del desayuno. Como siempre que reinaba el caos en su interior, intentaba poner orden. Como si recoger le ayudara a controlar sus sentimientos.
En ese momento, Lissy salió del baño. Se había vuelto a recoger el brillante pelo rosa y no llevaba nada más que una toalla que apenas le cubría el torso y el culo.
Massimo se atragantó con el último sorbo de café.
—Perdona, no quería asustarte. Solo quería preguntar si todavía hay tiempo para una ducha rápida.
Lissy lo miraba con inocencia, pero él no podía apartar los ojos de ella. Dejó que su mirada recorriera sus piernas esbeltas hasta subir por la escueta toalla que apenas cubría sus curvas.
—¿Está todo bien?
Massimo se aclaró la garganta. —Sí, claro. Por supuesto. Ve a ducharte tranquila, no tenemos prisa.
—De acuerdo, gracias. —Lissy se dio la vuelta y volvió al baño.
Massimo seguía allí plantado como si le hubiera caído un rayo; luego sacudió la cabeza sonriendo para sus adentros y metió la taza en el lavavajillas.