Llorenç
Mientras el padre terminaba con su sermón, yo me dedicaba a detallar la capilla.
Podría decir que era la milésima vez que lo hacía, mientras ignoraba la misa.
No era que no me gustara venir, tal vez solo no veía la necesidad de hacerlo.
Sabía perfectamente en qué consistía la religión y toda la historia detrás de ella, pero tenía que admitir que lo que más me llamaba la atención, era leer sobre las religiones de las civilizaciones antiguas.
Por supuesto, nunca puse queja a asistir a cada ceremonia.
Me habían enseñado a tratar la religión con respecto.
Algunas veces le preguntaba al padre sobre su forma de evaluar toda la historia bíblica, y el porqué decidió dedicar su vida a ello.
Por otro lado, después del tiempo que había pasado al lado de Blai, y entre todo lo que le comencé a enseñar, descubrí que le gustaba mucho venir a misa y a veces disfrutaba de las historias.
Sentía interés en la religión y parecía ser un fiel seguidor.
Por lo tanto, luego de eso, solo decidí prestar un poco más de atención a la eucaristía y buscarlo entre la multitud.
Está vez, desafortunadamente no conseguí un solo vistazo del rojizo cabello entre tanta gente fuera de la capilla, así que suspiré esperando verlo.
Mi fortuna no cambió cuando llegué a casa.
Tuve que ir por algo de comer, a petición de mis padres y luego me dejaron ir.
Quería buscar más hojas de pergamino, para que Blai pudiera practicar su escritura.
Todavía no podía creer lo mucho que había avanzado.
Incluso había escrito mi nombre. Pensar en eso me provocó una pequeña sonrisa mientras terminaba de buscar lo que necesitaba, y volví a la habitación cargado con libros, papeles y tinta.
—Su excelencia, pero ¿qué está haciendo? —Escuché la voz de Ferrán detrás de mí en el pasillo—. Eso debe estar muy pesado. Debió pedirme que lo hiciera. Su ropa se va a manchar de tinta. Por favor permítame ayudarle.
—No, no Ferrán —sujete las cosas con mayor decisión—. No importa, solo son cosas que necesito. Gracias por preocuparte, no quiero interrumpirte en tus trabajos —le di una leve sonrisa y me apresuré a seguir con mi camino—. Muchas gracias, Ferrán.
Dejé al castaño y cuando llegué a mi habitación, sonreí aliviado al ver que definitivamente no me había manchado en tinta.
Coloqué todo en el escritorio y sonreí al ver unos cuantos cuadernos, en donde había guardado algunas de las mejores flores que me regaló Blai, para tratar de inmortalizarlas entre las páginas.
Comencé a leer un poco mientras veía, de vez en cuando, un pequeño florero de cristal solo con agua.
Entonces, como si mi mente lo hubiera llamado, apareció con un hermoso ramo de Astromelias.
Quise detenerme para detallarlo, pero está vez me coloqué de pie para tomar el ramo de sus manos, y respirar el dulce aroma. Era una increíble coincidencia que encontrase justamente las flores de las que le había contado una leyenda hace poco.
Lleve una mano a su cabello y lo alborote un poco, mientras sonreía por las palabras que había utilizado.
—Definitivamente son exquisitas, Blai. Tienes mucha razón. También me alegra mucho ver cómo has mejorado tu vocabulario —dejé de acariciar su cabello para colocar el ramo con cuidado en el jarrón—. Dime ¿Fuiste a misa hoy? Te busqué, pero no te vi por ninguna parte ¿Estabas con tu familia?