Lio
En cuanto el pelinegro recibió la rosa, volví a respirar.
No me di cuenta de lo tenso que estaba pensando si me pasé un poco con el gesto o no.
A veces solo seguía el impulso de las ideas que se me venían a la cabeza, sin pensar en nada más, o si alguien estaba a gusto o no; por eso mismo conseguía que se generarán rumores por accidente.
Por otro lado, no habría caído en cuenta de la mirada del chico en kimono, si no fuera porque Brais parecía muy avergonzado con la situación.
Lo encontré divertido y me encogí de hombros con lo de sacar fotos.
No tenía ningún problema y sonreí. Parecía eufórico.
Mordí mi labio cuando él qué ya había apodado como un ferviente fan, preguntó por qué los había traído hasta aquí.
—Está bien, no me molesta —miré al chico peculiar con un poco de atención—.
Él tampoco se equivoca, aunque no esperaba encontrarte aquí.
Estaba preocupado. Algunas personas pueden ser un tanto agresivas y crueles.
No puedo evitar sentirme culpable después de todo.
Mi salvador terminó agraviado de tantas maneras ¿Qué otra cosa puedo hacer, más que tratarlo con un poco de amabilidad cuando se presenta ante mí? No puedo dejarlo solo así.
Guarde las manos en mis bolsillos.
—Ahora ¿En serio hiciste los dulces tú mismo?
Yo ni siquiera puedo hacer un par de huevos revueltos, sin pasarme de sal —dije pensativo—.
También debo agradecerle a tu amigo. Supongo que, gracias a él, he podido verte hoy —volví a mirar al chico con kimono e hice una reverencia.
Luego los miré a los dos—. La verdad, tengo la sensación de que lo he visto antes.
Igual creo que he escuchado su voz, tengo muy buen oído.