Amantes de Tinta Brais
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Brais

No podía distinguir bien su rostro, pero incluso con la máscara tapando su boca, sabía que era él, que era Lio Zhan. De la nada, se volvió un peso muerto y me abalancé sobre él para que no se hiciera daño.

Guardé con prisas el libro en mi bolso y con mucho esfuerzo, logré levantar el cuerpo de este hombre, en una muletilla.

Me preocupaba que no pudiera respirar con la mascarilla puesta, así que la retiré un poco.

El pánico de la situación, así como el miedo, me ganó y como pude arrastré a Lio por la biblioteca.

Corrí, o más bien arrastré el cuerpo de Lio Zhan hasta la calle.

Tomé el primer taxi que encontré. El hombre miró confundido la escena y le solté mi dirección, mientras revisaba que Lio siguiera respirando.

Al llegar a mi residencia, me encontré con un dilema incluso mayor: ¿Qué mierdas hice, por qué no lo llevé a un hospital?

Lo recosté en mi cama y di vueltas en la habitación con mucho miedo ¿Esto contaba como secuestro? Esperaba que no. Fui al pasillo y corrí hasta el final. Toqué la puerta con desesperación. Esta se abrió y salió un chico castaño realmente alterado.

—Brais, qué coños te pasa para tocar la puerta…

—¡Se desmayó, ayúdame! —Grité, mientras lo arrastraba fuera de su apartamento. Ni siquiera llevaba camisa, pero eso no importaba ahora.

El chico me miró extrañado, pero rápidamente le tomó el pulso. Hizo muchas preguntas de rutina. Traté de responder todo lo mejor posible. Luego de unos minutos, que se sintieron como años, se levantó, me miró y afirmó que estaba bien.

—No se golpeó la cabeza ni tuvo convulsiones, así que no es nada cerebral.

No parece estar desnutrido, podría ser un bajón de azúcar, pero tampoco presentó síntomas.

Hay señales visibles de cansancio extremo, así que le daré una intravenosa.

En cuanto tu amigo despierte, dile que vaya a un médico.

Mejor aún, llama a un hospital ahora —con eso regresó a su apartamento y respiré un poco más tranquilo.

Lio Zhan no se iba a morir, ni nada… solo estaba cansado.

Mi compañero volvió con la intravenosa, y me senté en el suelo frente a la cama, aún no sabía qué hacer.

Llamé a emergencias, pero justo cuando la operadora me contestó, Lio se removió en la cama.

Parecía estar durmiendo, así que me auto convencí de que no era necesario alertar a nadie todavía.

Mi cabeza dolía, mi corazón también, y tomé su mano tratando de aferrarme a ese sentimiento que él me provocaba. De algún modo, el sueño me venció a altas horas de la noche.