Amantes de Tinta
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Prólogo
La luna se veía hermosa. Extrañaba a mi señor y no pude evitar suspirar. Quería verlo. Entendía que estaba lejos por asuntos de trabajo, pero al recibir otra de sus cartas, mi corazón latió con tanta fuerza que solo pude pensar en cuanto lo anhelaba.
Si ya había emprendido el regreso, significaba que estaría pronto a llegar, y eso volvió a acelerar mis latidos.
Suspiré nuevamente y caminé hacia el invernadero para regar las plantas.
No entendía por qué Ferrán insistía en que se regaran de noche.
Era molesto, aunque al menos no hacía sol.
Fui al pozo por agua y volví con los cubos llenos.
Los vacié en las regaderas y empecé a bañar las plantas de la señora.
Tuve que reprimir un bostezo. Últimamente me quedaba despierto hasta altas horas de la noche.
Reprimí otro bostezo y me pregunté cuándo podría llegar mi señor. Lo extrañaba tanto…
Un sonrojo me calentó la cara y me sentí frustrado por los pensamientos inapropiados que me embargaban. Yo no debía pensar así, mi señor era tan...
Un sonido a mi espalda me hizo girar. Sin embargo, nada estaba detrás. Pensé que el gato de la señora se había escapado de nuevo, así que me preparé para comenzar a buscarlo. Cuando de la nada, una tabla de madera se estrelló contra mi cabeza.
Estuve varios segundos en el suelo tratando de comprender qué estaba pasando, pero una puñalada me llegó por la espalda.
Grité tanto por el dolor, como por la sorpresa en la acción.
Alcé el rostro, tratando de ver a mi atacante.
Un grito feroz y una mano me estamparon contra el suelo.
Volví a gritar cuando otra puñalada me llegó, y luego otra y otra.
El dolor explotaba cada vez más y entre mis jadeos y llantos, una voz distorsionada por la ira, gritaba.
—¡Todo es tu culpa; tu maldita culpa!
Traté de quitarme al agresor de encima con desesperación.
Boqueaba en un intento por agarrar oxígeno y, aun así, me costaba cada vez más.
El dolor me paralizo, hasta que, de alguna manera, mi codo se estampo en su cara y pude zafarme del agarre.
Me levanté como pude y corrí a la casa. Al llegar, cerré la puerta principal con llave.
La herida dolía, me tropecé con varios muebles y todo empezó a darme vueltas.
Me sentía muy mareado; podía oír los golpes de alguien en la puerta.
Me arrastré a una habitación, esta resultó ser el estudio de mi señor.
Al entrar, me dejé caer allí. El frío me invadía, tenía miedo, no quería morir, no así.
Mis sollozos me dificultaron el respirar y el dolor nubló mi mente.
No sabía cuánto tiempo pasó. Al abrir los ojos, alguien me aferraba en sus brazos, desesperado. No sentía frío y, sin embargo, no podía parar de temblar. Esta persona me decía algo, pero tenía mucho sueño y dolor. Solo quería que todo desapareciera.
Me pregunté si esto era mala suerte o un destino trágico.
¿Por qué? ¿Por qué a mí?
Dios, por favor.
No quería morir sin decirle lo que siento por él. Necesitaba decirle mis verdaderos sentimientos a mi señor.
—Blai —dijo alguien y abrí los ojos para ver ese hermoso cabello rubio.
Las lágrimas volvieron a asaltarme.
—Lo siento mi… —la lengua no parecía funcionar, no me obedecía. Me sentía tan mal por ensuciar su ropa con mi sangre.
¿Por qué tenía que ser él, lo último que viese? Me dije a mi mismo ¿Cómo podía renunciar a esta vida, si me abrazaba tan fuerte?
—Lo amo, mi señor y lo siento, pero no podré quedarme a su lado.
Las lágrimas al fin cesaron de salir, y una extraña calidez se apoderó de mí. Lo sentía tanto y la oscuridad me absorbió tan rápido que no pude mirarle una última vez. Cuánto lamentaba no haberle dicho la verdad.