Amanecer junto a ti Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

Sentía que mis fuerzas cedían mientras no dejaba de llorar en silencio.

Papá empujó de mi al asiento trasero del vehículo de Diego y se sentó a mi lado.

Mi madre y Diego abordaron los asientos delanteros.

El camino de regreso a casa era corto, demasiado corto y yo no pude pensar en nada coherente, solo quería llorar.

—Cuando lleguemos a la casa te explicaré que haremos con este problemilla — comentó papá dándole a la palabra problemilla una connotación de desprecio. Yo volteé el rostro, no me daba la gana que me viera llorar.

—Ignacio, debes dejar que Elizabeth explique cómo sucedieron las cosas, seguramente ella no conocía las circunstancias de ese muchacho. —Medio sonreí amargamente al oírla llamarlo muchacho.

—Tu hija sabe más de lo que piensas —comentó mi padre en tono despreciativo.

El viento despeino mis cabellos, azotándolos contra mi rostro mientras las lágrimas no paraban de caer, rodando por mis mejillas.

—Solo te pido un poco de paciencia —menciona mamá en tono lastimero.

—Mi paciencia ha sido suficiente —contesto él.—¡No llores más, Elizabeth! —exclamó nuevamente iracundo al oírme sollozar.

Diego manejo su carro hasta estacionarlo frente a la casa, justo al lado de mi carro.

—Pronto todo esto será una pesadilla —Diego insistía en hablarme y yo a pretender que él no existía.

—Bájate del carro, niña —ordenó papá. La mirada que le lancé no pudo contener más veneno olvidándome que mi padre era de piedra.

—No me hagas perder el tiempo —añade dando la espalda para alejarse en dirección al portal de la casa. Ya en ese momento no le preocupaba mantenerme a su lado mediante la fuerza porque sabía que no podría escapar.

—Elizabeth baja del carro, no quiero más confrontaciones con tu padre. Lo que acaba de pasar es suficiente —Mamá puso una de sus manos sobre mi antebrazo acariciando mi piel—. Vamos, hija —añadió tratando de animarme.

Bajé del carro consciente de que no podía hacer otra cosa, mamá se adelantó mientras Diego buscó demorarse para esperar por mí.

—Elizabeth, no sé si hice bien, pero cuando supe a lo que te expones manteniendo una relación con Aldemar solo pensé en protegerte. —Lo miré fijamente con burla y desprecio— .No me mires así, por favor.

—Debiste hablar conmigo antes de correr con mi padre —dije con reproche— .

Aldemar no merece tanto desprecio, tanta crueldad.

Él es un ser humano como nosotros, y yo lo amo.

Lo amaré siempre, aunque mi padre me separé de él —añadí con vehemencia.

Diego retrocedió unos pasos como si mis palabras lo golpeasen.

—Ignacio nunca aceptara tu relación con él —mencionó muy seguro—. Eres menor de edad, Elizabeth —Me recordó y tuve la impresión de que su tono fue uno de triunfo.

—Lamentablemente por ahora, pero los años pasan para todos—dije haciendo hincapié en por ahora.

—¿Es qué no te da miedo estar con él? —Hice un gesto de incredulidad ante semejante pregunta y su connotación. Y sentí ira y a la misma vez, lástima por él.

—No, al contrario, me da miedo estar sin él —contesté mientras lo miré desafiante— .No soy una ignorante Diego. Pienso que deberías hacerle un favor a la facultad de medicina y renunciar a estudiar tan loable carrera. No creo que sirvas para médico, tú no tienes compasión, tampoco empatía.

—Te equivocas, puedo entender a tu amigo, pero de eso a poner en riesgo mi salud...

—Aldemar jamás ha puesto mi salud en riesgo, él siempre me cuida —aclaré.

—¡Maldita sea, Elizabeth! Con él siempre estarás en riesgo! —exclamó— .Y qué me dices en la intimidad, solo espero que entre ustedes dos... —No le permití terminar.

—¡Cuida bien lo que me dices! —advertí y reanudé mi camino.

—Por favor Elizabeth, entiéndeme.

—Lo único que buscabas diciéndole a mi familia era separarme de Aldemar —mencioné— .

Lo lograste, bien por ti Diego y ¿sabes que más conseguiste?

, mi repudio, así que lárgate de mí vista —No esperé por su respuesta, subí corriendo los escalones que me llevaron al portal de la casa.

Sin embargo, contrario a lo que yo deseaba, Diego me siguió hasta el interior.

—Elizabeth —Micaela me esperaba con expresión preocupada. La abracé por largos segundos, cuando nos separamos Micaela no dijo nada, solo prensó sus labios y movió la cabeza.

Me dirigí a la oficina de papá con Diego pisándome los talones y, con cada paso que daba me alejaba más de Aldemar acercándome más a mi encierro.

—¡Al fin, pensé que tendría que ir a buscarlos! —comentó papá en tono de fastidio.

Diego cerró la puerta detrás de nosotros.

A mí me pareció el sonido más ominoso que había oído en mucho tiempo.

Papá nos esperaba sentado frente a su imponente escritorio de caoba, entre sus dedos tenía un bolígrafo al que daba vueltas, sin perder el ritmo.

Me concentre en mirarlo...vueltas y vueltas y más vueltas.

—Siéntate Elizabeth —dijo.

Miré a mamá sentada en una de las butacas, parecía una muñeca de trapo con los hombros caídos y su cabeza inclinada sobre su pecho. Diego permaneció de pie, y por primera vez me pregunté como hizo para averiguar sobre la enfermedad de Aldemar.

—No, mejor ven aquí —señaló papá. Levanté mi rostro, pero no me moví, sinceramente era un pobre intento de desafío. Papá pareció percibirlo y vi una casi imperceptible sonrisa distender sus labios mientras levantaba una de sus perfiladas cejas.

—Está bien, quédate donde estas —dijo. Fijé la mirada sobre la sombría pintura de un lúgubre bosque a sus espaldas.

—Estoy cansado y no continuaré preguntándome porque eres como eres.

Mucho menos explicaré porque soy como soy, aunque en estas circunstancias no viene al caso.

Ningún padre con dos dedos de frente aceptaría que su hija mantuviese un romance con una persona que, mínimo la llevará tarde o temprano a enfermarse y luego a la muerte.

—Con aquel comienzo era seguro que nada de lo que yo dijera me serviría.

Permanecí en silencio mientras le rogaba a Dios que papá terminara pronto su monólogo. Oía su voz en la lejanía, perdida en gratos recuerdos de mi corto romance con Aldemar y de a poco se convirtió en un murmullo sin sentido.