Amanecer junto a ti Capítulo 52
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Capítulo 52

Ingenua y atolondradamente confiada

Beth

Desperté al día siguiente de nuestra llegada a la isla y enseguida me di cuenta de que eran pasadas las nueve de la mañana por la intensidad de los rayos del sol asomándose por una de mis ventanas.

Me levanté enseguida y fui directo al baño con la intención de darme una ducha rápida que se convirtió, en un ritual de belleza cuando decidí lavarme el pelo y depilarme.

La emoción de mi encuentro con Aldemar me impedía avanzar apropiadamente.

Me vestí con unos jeans cortos y una sencilla camiseta color verde, dejando mi cabello suelto y mi rostro sin maquillaje, solo aplicándome un poco de brillo labial.

Llevando mi pequeña cartera cruzada sobre el pecho y la bolsa con los obsequios que compré para mi novio durante el viaje, me dispuse a salir de la casa.

No tenía idea de que todo mi plan se voltearía al revés.

Enseguida me fui acercando al piso inferior, comencé a oír voces airadas.

Pude reconocer las voces de Diego y mi padre, se encontraban en la oficina que mi padre tenía en la casa y parecían discutir.

Eso me pareció extremadamente raro, porque papá se llevaba muy bien con el hijo de su amigo.

Vacilé al pie de la escalera y cuando oí que se acercaban a la puerta del despacho, corrí a esconderme detrás del sofá principal.

Me mantuve casi pegada al piso con la cartera y la bolsa pegados al pecho, sintiendo una sensación de miedo paralizante aún cuando me decía que exageraba.

Por las voces, intuí que fue mi padre el primero en salir de la oficina con Diego pisándole los talones, mientras yo no me atrevía ni a moverme.

—¡Si lo que me dices es cierto, es un asunto muy serio, Diego! —exclamó papá y según hablaba, su tono de voz se incrementaba.

—Algo me decía que ese muchacho ocultaba algo, pero no quise indagar y enemistarme con Elizabeth. —Las palabras de Diego activaron la alarma en mí, hablaban de Aldemar.

—Elizabeth está confundida, no sabe lo que hace —dijo papá y lo oí resoplar—Desde que ese tipo apareció en nuestras vidas aparecieron con él los problemas, las discusiones, los malos ratos, y ahora esto.

Si antes no quería a ese individuo al lado de Elizabeth, ahora mucho menos, ese tipo está enfermo —sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal.

El tono de voz de mi padre no dejaba dudas de su enfado y mi corazón pareció querer salirse del pecho.

—¡ELIZABETH! —Papá caminó hasta el pie de la escalera vociferando mi nombre.

—¿Qué pasa Ignacio?, ¿por qué gritas de esa manera? —Oí la voz de mi madre y la localicé bajando los escalones en dirección a papá. Pude oír la agitada respiración de él.

—¿Dónde está tu hija? —preguntó a los gritos y con la desesperación en la voz.

—Cálmate Ignacio. —Oí decir a Diego.

—Elizabeth tiene que estar en su cuarto, no ha salido de la casa —contestó mamá y pude notar una nota de nerviosismo en su voz— . ¿Se puede saber que sucede? ¿por qué gritas de esa manera?

—¡Búscala! —ordenó sin ningún tipo de cuidado.

Pendiente a todo lo que sucedía, me di cuenta de que papá regresó a la oficina seguramente con Diego, entonces pude oír los pasos de mamá mientras subía la escalera.

Me quedé agazapada tratando de decidir que podía hacer.

Lo primero que pensé fue en llamar a Aldemar, pero ¿cómo hacerlo ahora con tanto revuelo?

No lograba pensar coherentemente oyendo los gritos de papá dentro del despacho, ni siquiera la gruesa puerta de roble podía mitigarlos.

—¡Elizabeth es una inconsciente!—gritaba papá — . ¡Muchachita ignorante y estúpida!, ¿no se da cuenta de la magnitud de esa enfermedad, de la gravedad del asunto? —continuó y fue entonces cuando tuve por seguro que mi peor pesadilla acababa de comenzar.

**********************

Tenía calambres en las piernas, mi espalda comenzaba a dolerme y hasta la mente sentía entumecida.

No podía calcular cuánto tiempo llevaba en aquella posición y cuando el celular vibró en uno de los bolsillos de mi pantalón, di gracias a Dios porque estaba en modo silencioso desde la tarde anterior.

Intuía que la llamada era de Aldemar y ansiaba oír su voz, pero en esos momentos escuché pasos bajando la escalera y no pude contestar el móvil.

—¿Qué sucede señora?, ¿por qué don Ignacio esta tan enojado con la niña Elizabeth? —Micaela salió de algún lugar.

—No lo sé Micaela, nunca vi a Ignacio tan enojado.

A pesar del aire acondicionado central sentí varias gotas de sudor correr por mi espalda en tanto el celular volvía a vibrar y yo sentía una necesidad casi física de hablar con Aldemar.

"Papá sabe la verdad, tiene conocimiento de que Aldemar es paciente VIH positivo"—pensaba, sintiendo que la desesperación me controlaría en cualquier momento.

—¿Y dónde está Elizabeth? —preguntó Micaela.

—No lo sé, no está en su habitación, pero no ha salido de la casa porque vi el carro estacionado al frente. —Planeaba escapar de la casa a toda prisa cuando Micaela y mi madre dejaran el camino libre. Una vez fuera de allí llamaría a Aldemar y le explicaría las cosas.

¿Y luego que Elizabeth?

Cuando me di cuenta de que mamá y Micaela ya no se encontraban cerca me levanté de a poco, me dolían las piernas y estuve segura de que me fallarían.

Por un momento me convencí de que no tendría la fuerza suficiente y la estabilidad para salir de la casa y correr alejándome.

Aun así, no me quedaría allí esperando ser descubierta, castigada o lo que papá planeara hacer conmigo sin intentar llegar con Aldemar.

Luego entre los dos pensaríamos que hacer, pensar en ello ahora me quitaba concentración.

Fue cuestión de segundos cruzar la enorme sala, salir de la casa y atravesar el portón de entrada que afortunadamente se encontraba abierto.

Cuando me encontré en la calle avance y corrí calle abajo enfocándome en dejar mi casa atrás, salir a la carretera principal y montarme en el primer transporte público que viera.

Continúe mi camino sin tomar en cuenta que sería justo en la casa de Aldemar que mis padres me buscarían.

Caminé frente a varias casonas muy parecidas a la de mi familia, con sus altos muros como fortaleza, en algunas incluso había guardias de seguridad custodiando el perímetro.

Los intensos rayos del sol calentaban mi piel expuesta y, sentía como si mi cuero cabelludo fuese a incendiarse de un momento a otro, aun así, continué andando sin querer perder tiempo en llamadas telefónicas.

Sin embargo, de nada me sirvió porque antes de poder llegar a la carretera principal Diego Palacios me dio alcance y con él, mis padres.

Papá no esperó ni siquiera a que Diego detuviera por completo el vehículo para bajar y en un abrir y cerrar de ojos, lo tenía encima. Sentí como si una mano gigantesca me oprimiera el pecho, la angustia hizo presa de mí.

—¿A dónde crees que vas, jovencita? —grito él mientras una de sus manos se cerraba sobre mi antebrazo derecho dándome una sacudida. Afinqué muy bien los pies sobre el suelo buscando mantener el balance.

Diego y mamá también bajaron del vehículo y casi corrieron hacia nosotros.

—¡Ignacio, contrólate! —exclamó mamá intentando dar órdenes a papá como nunca antes. Sin embargo, mi padre ni la miró, toda su atención estaba puesta en mí, sus ojos verdes taladrándome furioso.

—¡Muchachita irresponsable! —escupió las palabras destilando indignación y también saliva, que me cayó sobre el rostro— .

Te dije que no te acercaras de nuevo a ese muchacho, sin embargo me desobedeciste.

Volviste a verlo, y no solo eso, tienes una relación con él —Papá me zarandeaba tan fuerte que pensé por un momento me rompería el brazo.

—Es mejor que hablen en la casa —intervino Diego y yo tuve la oportunidad de mirarlo de frente buscando en su expresión la verdad sobre su papel en todo esto. Tenía pocas dudas de su inocencia y su mirada vacilante me aclaró quien fue el vocero.

—¡Lárgate! —exclamé con desprecio y rabia.

—No muchachita, Diego se queda aquí, gracias a sus averiguaciones nos enteramos de la condición de tu amiguito, de lo enfermo que está—Las palabras de mi padre no fueron más que la afirmación de la intervención de Diego. Miré a mamá que me devolvió la mirada.

—Vámonos a la casa Ignacio, allí estaremos mejor. —La oí decir.

—Tienes que escucharme papá—supliqué. La fuerza de su mano en mi brazo no disminuía y comenzaba a lastimarme— .Me haces daño.

—No más del que tú misma insistes hacerte —Fue su contestación al tiempo que aflojaba la presión sobre mi— .Ya escuché suficiente —

Llamábamos mucho la atención, había personas que prácticamente se detenían para mirar el espectáculo de cuatro personas dándose gritos y dos de ellas forcejeando. Era una situación inesperada y bochornosa, que en otro momento me hubiese provocado un ataque de risas.

—¡Camina, nos vamos para la casa Elizabeth! —ordenó papá casi arrastrándome en dirección al carro de Diego. Hice fuerza hacia el otro extremo como desquiciada, pero de nada valió.

—¡Solo una demente dice estar enamorada de un sidoso! —Esas palabras fueron como una bofetada que me hizo trastabillar y él aprovechó para terminar de llevarme a solo pasos del carro.

—Ignacio, los vecinos llamaran a la policía si continuamos con este escándalo —dejó ver Diego.

—¡Entonces ayúdame con está fiera! —Cuando Diego intento acercarse lo miré furiosa.

—¡No me toques! —grité lanzándole una patada a Palacios que lamentablemente fallé.

—Por favor, Elizabeth, vamos a la casa, no hagas las cosas más difíciles —oí decir a mamá en tono conciliador. Volteé el rostro para mirarla.

—Mamá, por favor, escúchame —supliqué con el rostro bañado en lágrimas y sin dejar de retorcerme. Fue entonces cuando Diego aprovechó mi distracción para agarrarme por el brazo.

—Cálmate Elizabeth —dijo en tono sereno.