Amanecer en Montana (Amor bajo el cielo del oeste nº 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Blue Valley Ranch

Leah, Rachel y Hannah estaban sentadas alrededor de la gran barra de la cocina, tomando el café de la mañana y repasando el itinerario de la semana.

—Los chicos deberían llegar en cualquier momento —mencionó Leah, señalando los primeros puntos de la lista—.

Primero se instalarán en sus cabañas. Aquí está el mapa del rancho con la ubicación de cada una —desplegó un gran mapa plastificado que abarcaba el rancho, el pueblo cercano, el lago y las montañas.

—Vaya, este lugar es enorme —dijo Hannah.

Señaló una zona en el mapa.

—¿Hasta dónde llegan estos senderos ecuestres?

—Mmm... esos van desde ocho hasta veinticuatro kilómetros —respondió Leah—.

El rancho tiene más de veinte senderos diferentes que los huéspedes pueden usar en cualquier momento.

Depende de a quién lleven —se encogió de hombros—.

Si es un grupo de niños, toman las rutas más cortas.

A los adultos los llevan por los senderos más largos según lo cómodos que se sientan montando.

—¿Crees que Lucas me enseñaría a montar? —preguntó su hija.

Leah se rio al ver la mirada suplicante de su hija.

—Seguro que sí, si se lo pides.

Rachel señaló una actividad hacia el final de la lista.

—O sea que literalmente no tendremos mucho que hacer hasta el sábado.

Tenía el dedo sobre el baile del granero.

Leah asintió.

—Sí, más o menos. Tendremos un montón de preparativos, pero el grueso del trabajo empieza esa mañana —esbozó una sonrisa irónica—. Me imagino que andaremos corriendo como locas.

Rachel sonrió de medio lado.

—Lo dudo, cariño.

Leah suspiró para sus adentros... su mejor amiga estaba disfrutando demasiado de aquel mote.

—Ya has terminado casi todo —añadió Rachel con un suspiro—. Chica, yo pensaba que estabas agobiada y que necesitabas mucho apoyo aquí —resopló, con una mirada traviesa.

—Tendremos cosas que hacer, no te preocupes.

Hace falta mucho para llevar este rancho.

Martha y Lucas parecen preocuparse de que esté demasiado agobiada —señaló a su alrededor y se encogió de hombros—.

Pero este ha sido el trabajo más fácil del mundo, sobre todo comparado con algunos de esos proyectos demenciales en los que hemos trabajado.

Justo en ese momento, Martha y Max entraron en la cocina.

—Sabía que os encontraría aquí —dijo con una sonrisa.

—¿Necesitas ayuda con algo? —preguntó Leah.

—Oh, no, cariño —dijo Martha, quitándoles importancia con un gesto—. Max y yo íbamos al pueblo a hacer la compra. Me preguntaba si Hannah querría venir con nosotras.

Max se acercó a Hannah y se apoyó contra su pierna, mirándola embelesado.

—¡Claro! —Hannah saltó del taburete—. Me encantaría ver el pueblo. Un momento —subió corriendo las escaleras, con Max pisándole los talones—. ¡Solo voy a por los zapatos! —gritó por encima del hombro.

Martha sonrió.

—Es una chica estupenda. Deberías estar orgullosa.

Leah asintió.

—Sí, es la mejor. Tuve mucha suerte —sonrió—. Ya que vosotras dos vais al pueblo, Rachel y yo empezaremos con las tareas del día.

Rachel resopló.

—Sí, las dos que tenemos.

Leah se encogió de hombros.

—Pues las terminamos y luego tendremos el resto del día para pasarlo bien. Puedes ayudarme con otro proyecto que tengo entre manos —añadió con aire misterioso, y luego miró a Martha—. ¿Hay algo más que tengamos que hacer para el grupo de veteranos?

—No —respondió Martha, negando con la cabeza—. Lucas lo tiene todo controlado, y las cabañas están listas para cuando lleguen, que debería ser en cualquier momento —miró por la ventana de la cocina, apretando los labios.

—Parece que están trabajando con uno de los caballos nuevos, lo que significa que ya tienen todo listo para el retiro —añadió Martha con una cálida sonrisa.

—¿En serio? —Leah fue corriendo hasta la ventana y se volvió hacia Rachel con una sonrisa—. Vamos, chica. Esto tienes que verlo.

Rachel dio un buen trago al café y siguió a Leah hasta el granero, donde la mayoría de los peones se agrupaban alrededor del corral.

—Dios, mujer, espera —jadeó—. Ya sabes que por las mañanas no me muevo tan rápido.

Leah aminoró el paso y la esperó.

—Confía en mí. Te va a encantar —señaló hacia el cercado, donde se veía la cabeza de Lucas mientras calmaba al nuevo semental.

Entrelazó su brazo con el de Rachel mientras caminaban y le explicó el programa de rehabilitación del rancho.

—Reciben caballos de todo el país, y Lucas, por lo que he visto, es un auténtico encantador de caballos. Su padre y su hermano no le van a la zaga —señaló el corral con la barbilla—. Es increíble lo que son capaces de hacer.

Rachel sonrió mientras Leah seguía hablando entusiasmada sobre el programa.

Leah, recelosa, se detuvo en seco.

—¿Qué pasa?

Rachel se rio y negó con la cabeza.

—Nunca te había visto así —se aferró a su brazo—. Este lugar te sienta de maravilla. Me encanta verte feliz, eso es todo.

A Leah se le escapó un sollozo y abrazó a Rachel.

—Me alegro tanto de que estés aquí —se dio la vuelta, llevándose a Rachel consigo—. Venga.

Cuando llegaron al cercado, varios vaqueros se apartaron para hacerles sitio, sonriendo y tocándose el ala del sombrero a modo de saludo.

—Vaya, gracias, vaquero —dijo Rachel con voz melosa, batiendo las pestañas al hombre que tenía al lado.

Leah negó con la cabeza y resopló.

Todo lo que hacía Rachel era innecesario: los peones del rancho no podían quitarle los ojos de encima. Con su melena morena de aire gitano y sus curvas voluptuosas, dejaba un reguero de corazones rotos allá donde fuera.

Leah le dio un codazo para que dejara de coquetear con su última víctima.

—Presta atención.

El joven semental observaba a Lucas con recelo, los músculos tensos y temblorosos mientras se apartaba hacia un lado.

Lucas se acercó despacio, con las manos en alto en gesto conciliador.

Sus miradas se encontraron en una negociación silenciosa: una cuestión de confianza y aceptación entre dos machos alfa.

Tras un breve enfrentamiento, el corcel pareció tomar su decisión y sacudió la cabeza con un resoplido de aceptación, permitiendo que Lucas se acercara más.

Quince minutos después, Lucas había conseguido ponerle la brida al caballo y lo hacía responder a varias órdenes. Rachel observaba la escena en silencio mientras el semental pasaba de asustado y hostil a dócil en cuestión de minutos.

Leah sonrió al ver la reacción de su amiga. Lucas ya estaba como un tren cuando no llevaba puesto todo su equipo de vaquero, pero si le añadías unas chaparreras, espuelas, un sombrero y ese dominio de la situación, te derretías entera.

—¡Vaya! Eso ha sido increíble. A mi hermano le interesaría mucho lo que están haciendo aquí —exclamó Rachel mientras caminaban hacia el edificio de actividades. Lanzó a Leah una mirada de aprobación—. Estoy tan orgullosa de ti, chica, que podría gritar.

Leah la miró perpleja.

—¿Por qué?

Rachel señaló a su alrededor.

—Por esto. Por ser tan valiente de arriesgarte con este lugar y hacerlo tuyo. Y por pillar a ese pedazo de bombón de ahí —añadió con una sonrisa maliciosa, señalando con el pulgar por encima del hombro—, porque madre mía.

—Hay que tener un par de ovarios bien puestos para hacer lo que has hecho. Aguantar a tu idiota ex durante años, tener el valor de cortar por lo sano con esa farsa miserable de matrimonio y luego mudarte a 2.400 kilómetros por una oportunidad de la que nadie estaba seguro.

Le pasó el brazo por los hombros y la atrajo para darle un abrazo rápido.

—Estoy orgullosa de ti, cariño.

Leah resopló y puso los ojos en blanco.

—Sí, hablando de eso... no te imaginas quién me llamó ayer.

Rachel le lanzó una mirada afilada.

—No me digas...

—Pues sí, y la cosa mejora. Justin llamó y Lucas contestó el teléfono... la primera vez.

—Espera... ¿la primera vez? —Rachel las hizo pararse, con expresión incrédula—. ¿Ese idiota llamó más de una vez?

Leah soltó una risita.

—Mi teléfono sonó mientras estaba en la ducha, así que le pedí a Lucas que contestara. Por lo visto, Justin colgó en cuanto oyó a Lucas.

Rachel frunció el ceño.

—¿Entonces no hablaste con él? —preguntó.

—Qué va, sí que hablé —aclaró Leah, asintiendo con una sonrisa—. Volvió a llamar un par de minutos después y lo puse en altavoz —soltó un resoplido exasperado—. Quería saber quién era el tío y luego intentó convencerme de que volviera a Chicago con él para tener una aventura.

—¿Dijo qué? —chilló Rachel, atrayendo la atención de un grupo cercano.

Leah se sonrojó.

—¡Perdón! —hizo un gesto de disculpa con la mano y tiró de Rachel—. Vamos —siseó.

—¿Qué le dijiste? —continuó Rachel, sin inmutarse por las miradas que las seguían.

—Que se fuera a freír espárragos, por supuesto —dijo Leah por encima del hombro.

—¿Y Lucas oyó todo eso? —preguntó Rachel.

Leah volvió a asentir y sonrió al recordar la respuesta de Lucas.

—Esa fue la mejor parte.

Rachel la miró con curiosidad.

—¿A qué te refieres?

Leah se rio entre dientes.

—Lucas se puso un poco territorial, dijo que ahora yo era suya, llamó imbécil a Justin y luego le colgó... literalmente en ese orden.

Rachel soltó una carcajada profunda; le temblaba todo el cuerpo y se le escapaban las lágrimas.

—Dios mío —jadeó—, ¡ojalá hubiera estado allí!

—Fue genial —añadió Leah, riéndose con Rachel—. Créeme, podría haberme ahorrado todo ese drama, pero me habría gustado ver la cara de Justin —vaciló y hizo una mueca—. Retiro lo dicho. No quiero volver a verlo. Solo oír su voz me dio ganas de vomitar.

—Eso se llama pasar página, chica —respondió Rachel con orgullo—. Y me encanta verte por fin ahí.

Leah respiró hondo y asintió, luego guio a Rachel hacia las puertas.

—Ven, quiero enseñarte esto. Es uno de mis lugares favoritos del rancho.

Al entrar en la sala, Leah hizo su mejor imitación de azafata de concurso.

—Este es el estudio de yoga. ¿A que es perfecto?