Capítulo 14
Blue Valley Ranch
Leah dio un sorbo a su café matutino mientras revisaba el programa de actividades para las próximas dos semanas.
La última oleada de huéspedes se había marchado ayer y el grupo de veteranos llegaba mañana.
El gran baile del granero sería dentro de poco más de una semana, y por el momento reinaba una calma deliciosa en el rancho.
Ahora comprendía el caos estacional que la familia Hunter le había descrito. Sus huéspedes solían ser divertidos pero impredecibles. Y la próxima semana sería la más caótica hasta la fecha, con el rancho a rebosar.
La noche anterior, durante la cena, Leah se había enterado de que la lista de invitados para el baile sería mucho mayor de lo previsto: Alan había invitado a varios socios ganaderos de todo el país, y todos habían aceptado.
Pero Leah y Martha lo tenían todo planeado hasta el último detalle, así que treinta o cuarenta personas más no supondrían gran diferencia. Solo tenían que asegurarse de contar con provisiones suficientes para que no faltara comida ni bebida.
Mabel había sido de gran ayuda con los preparativos, colaborando estrechamente con ellas para asegurarse de que el rancho estuviera bien abastecido. Gracias a su amplia red de contactos locales, Leah no tuvo problemas para encontrar todo lo necesario, y más.
Decir que la anciana del pueblo se había emocionado un poco cuando visitó el rancho la semana pasada era quedarse muy corto. Prácticamente bailaba mientras Leah y Martha le enseñaban el lugar donde se celebraría el evento.
—¡Va a ser el mejor de todos! —había exclamado, frotándose las manos con regocijo—. Y todos esos bombones aquí al mismo tiempo... —su sonrisa se volvió pícara—. A mí me encantan los hombres de uniforme, ¿a ti no? —preguntó, dándole un codazo a Leah.
Leah se rio al recordarlo: la cara de Mabel se había ensombrecido un poco cuando Leah le informó de que era muy poco probable que alguno de los veteranos llevara uniforme durante su estancia en el rancho.
—Bueno, una tiene que soñar, cariño —había sido su respuesta resignada.
Satisfecha con la distribución y organización para las próximas dos semanas, Leah empezó a tararear mientras revisaba los resultados de su última campaña publicitaria.
Sus pensamientos volaron hacia Lucas, que se había marchado esa mañana diciendo que tenía unos paquetes importantes que recoger en Missoula y que volvería por la tarde.
Había sido muy reservado con el asunto, y Martha tampoco había soltado prenda, así que supuso que tendría algo que ver con algún caballo.
Encogiéndose mentalmente de hombros, Leah revisó los resultados de los últimos meses y sintió un profundo orgullo y satisfacción.
Realmente había marcado la diferencia allí, se sentía...
realizada y necesaria. Las reservas de familias que querían vivir la auténtica experiencia ganadera habían aumentado un 30% respecto al año anterior, las valoraciones de huéspedes anteriores eran excelentes con comentarios conmovedores, y los clientes potenciales interactuaban más cada día. ¿Qué más se podía pedir?
Alan incluso había mencionado la noche anterior un aumento en las consultas sobre el programa de rehabilitación de caballos, que antes solo se conocía de boca en boca, pero ahora se promocionaba a nivel nacional.
Las cosas iban viento en popa para el Blue Valley Ranch, y Leah se sentía de verdad como una socia más del negocio.
Una sonrisa serena se dibujó en su rostro: era necesaria y apreciada allí.
Se sentía a gusto en el rancho, sobre todo con Lucas y Max ya bien asentados en su cabaña. Era un placer pasar las tardes con ellos: el perro siempre dando y pidiendo mimos, y el hombre —ese hombre tan guapo— siempre dispuesto a hacerla disfrutar hasta perder la cabeza.
Leah tarareó soñadora al recordarlo. La noche anterior había estado especialmente fogoso, llevándola a un orgasmo tras otro durante toda la noche. Era un milagro que hubiera pegado ojo, pero no iba a quejarse de su apetito insaciable.
Dio un sorbo a su té y miró por la ventana hacia las montañas mientras rememoraba las ardientes escenas de la noche anterior. Con un suspiro de satisfacción, volvió la atención al ordenador.
Le llegaron voces desde fuera, acompañadas de los ladridos agudos y alegres de Max dando la bienvenida... Lucas debía de haber vuelto. Sonrió mientras seguía tecleando en el ordenador. La puerta principal se abrió y las voces se oyeron más fuertes.
—¡Dios mío, qué mono eres!
¿Pero qué...?
Leah levantó la cabeza, frunciendo el ceño. Conocía esa voz, pero no podía ser. Era imposible... estaba a mil kilómetros de distancia.
Otra voz se sumó:
—Así que este es el chiringuito, ¿eh? Nada mal, Hombre de la Montaña.
Se quedó boquiabierta: esa voz la conocía de sobra. De verdad que no podía ser... era imposible... no podían estar allí. Llevaba un mes pendiente de su reserva, pero nunca había aparecido.
Se levantó de un salto y corrió al pasillo, donde se detuvo en seco, sin dar crédito a lo que veía.
—¡Mamá!
Hannah corrió hacia ella mientras Max brincaba a su alrededor, entusiasmado.
—¡Sorpresa! —Su hija se rio mientras se abrazaban—. Vaya, sí que te hemos pillado.
—No me puedo creer que estéis aquí. Nunca aparecisteis en la lista de reservas. Pensaba que no podíais venir.
Se apartó y se puso en jarras, mirándolas con asombro.
—Ninguna de las dos me dijo nada de que venía —añadió en tono acusador.
Rachel se acercó contoneándose, con una sonrisa burlona.
—Pues resulta que tu chico —señaló con el pulgar por encima del hombro hacia Lucas— y Martha lo organizaron todo. Vamos a echar una mano esta semana con el fiestón, y luego nos quedamos una semana más para pasarlo bien contigo.
Le dio un abrazo enorme.
—No podíamos decir que no a una oferta así. Hasta nos pagaron los billetes de avión.
Atónita, Leah miró a Lucas.
—¿Has hecho todo esto tú?
Él le sonrió con timidez.
—Bueno, tuve algo de ayuda —se corrigió—. En realidad, mucha ayuda. Mi madre lo puso todo en marcha.
Se inclinó y le dio un beso suave en los labios.
—¿Te ha gustado la sorpresa?
—¿Me estás tomando el pelo?
Tiró de él y le dio un abrazo enorme.
—Es lo mejor que nadie ha hecho nunca por mí. ¡Gracias!
—¿Lo mejor que ha hecho nadie? ¿En serio?
La voz fastidiada de Rachel interrumpió sus arrumacos.
—Me alegro de ver que seguiste mi consejo sobre el Hombre de la Montaña —añadió, lanzándole una sonrisa a Lucas.
Leah esbozó una sonrisa avergonzada, esperando que Lucas no hubiera pillado ese último comentario, e intentó cambiar de tema.
—No os imagináis cuánto os he echado de menos. Me hace tan feliz que estéis aquí.
Max, percibiendo el torrente de emociones, se apoyó contra su pierna y le lamió la mano cuando ella la bajó para acariciarle la cabeza.
Hannah se arrodilló para acariciarlo. —Es un amor, mamá. —Max cerró los ojos extasiado mientras disfrutaba de las caricias. Si fuera un gato, estaría ronroneando—. Sí que lo eres. Pero ya lo sabes, ¿verdad, chico? —Miró a Lucas—. ¿Cómo se llama?
—Este es Max —respondió Lucas, acariciándole las orejas al perro. Luego se volvió hacia Leah con cara de confusión—. ¿Qué consejo te dio Rachel?
Rachel fue directa como siempre, con su típica sonrisa sarcástica. —Nada de qué preocuparse, grandullón. Solo le dije que se te echara encima.
Leah cerró los ojos y negó con la cabeza, mientras Lucas se atragantaba, pillado desprevenido por la franqueza de Rachel. La miró con los ojos como platos, atónito. —¿Eso te dijo?
—Qué asco, chicos —interrumpió Hannah, para alivio de Leah—. ¿Nuestras habitaciones están arriba? Necesito ir al baño urgentemente. —Hannah señaló hacia la planta superior, con su barandilla asomada sobre el enorme salón.
—Sí, señorita —respondió él, adelantándose para coger las maletas—. Se las subo, síganme. —Cruzó el amplio salón en dirección a la escalera.
—Así que por eso las habitaciones de la casa principal estaban bloqueadas en el sistema de reservas. Pensé que había un problema de fontanería —exclamó Leah con las manos en las caderas.
Lucas le dedicó una adorable sonrisa llena de hoyuelos. —Todo parte del plan, cariño.
Rachel soltó una carcajada a su espalda. —Madre mía. ¿Te llama cariño?
Leah se sonrojó de pies a cabeza mientras Rachel y Hannah se reían por lo bajo. —Basta —suplicó avergonzada.
—Eso no es todo lo que la llamo —respondió Lucas, disfrutando del juego.
—Me cae bien —bromeó Rachel—. Este hay que quedárselo.
Leah respiró hondo mientras subían las escaleras. Estaba encantada de que su hija y su mejor amiga estuvieran allí, pero aquello tenía pinta de convertirse en un par de semanas muy largas.
* * *
—Rachel, ¿a qué te dedicas? —El clan Hunter estaba fascinado con las nuevas visitantes y las bombardeó a preguntas durante toda la cena.
Rachel miró a Martha, que había hecho la última pregunta, y respondió con una sonrisa. —Hago un poco de todo. Pero reformar casas es lo que paga las facturas.
—Rachel está siendo modesta. También es una interiorista muy respetada. Algunos de sus trabajos han salido en revistas de decoración de todo el país —interrumpió Leah.
Hannah asintió con entusiasmo. —Hasta me diseñó la habitación de la residencia. Mis amigas se mueren de envidia —añadió con una sonrisa.
Rachel miró a sus dos animadoras al otro lado de la mesa y negó con la cabeza, contrariada. —Gracias, chicas —murmuró.
—Vamos, que básicamente arreglas las casas de ricos. —Zach se había pasado casi toda la noche mirando a Rachel y aprovechó para meterse en la conversación con un comentario mordaz.
Sin darse por aludida, le dedicó a Zach una sonrisa seductora y pestañeó con coquetería. —Resumiendo mucho, sí. —El aspecto moreno y exótico de Rachel lo tenía completamente hipnotizado. Leah casi se echó a reír al ver el intercambio. Si seguía por ese camino, Zach no sabría ni qué le había pasado.