Amanecer en Montana (Amor bajo el cielo del oeste nº 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Lucas siguió con las preguntas. —¿Tienes hermanos? ¿Algún hermano mayor del que deba preocuparme?

Aún sonriendo, asintió. —Sí, pero es mi hermano pequeño y la última vez que supe de él estaba en un barco en medio del Atlántico. Alan está en la Marina, así que apenas tengo noticias suyas. Dudo que sepa siquiera que me he divorciado.

—¿Creciste en Florida?

Hizo girar el vino en la copa, con la mirada fija en el líquido, y respondió distraída.

—No, mis padres se mudaron allí hace varios años, cuando mi padre se jubiló.

Trabajaba en IBM y nos mudamos mucho: Texas, Nueva York, Carolina del Norte, California e incluso Minnesota durante un tiempo.

Pero estuve en Chicago más de quince años, así que es lo que considero mi hogar.

—Se encogió de hombros—. No sé dónde acabaré, pero ya lo decidiré durante el verano.

Él sonrió con dulzura y le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja. —No te agobies por eso. Ya lo resolverás. —Se levantó y empezó a recoger la mesa.

Leah fue a la cocina y empezó a cargar el lavavajillas. Cansada de esperar su respuesta, preguntó: —Entonces, ¿qué quieres por las apuestas?

Lo oyó acercarse por detrás y dejar los platos en la isla. Ella mantuvo la mirada fija, nerviosa, en el bol que enjuagaba. De pronto, los brazos de él la aprisionaron contra la encimera y sintió sus labios junto a la oreja. —Date la vuelta.

Con el corazón desbocado, Leah se giró despacio entre sus brazos y alzó la vista hacia aquellos intensos ojos verdes. —¿Sí?

Los ojos de él le recorrieron el rostro y se detuvieron en sus labios. Ella se los humedeció, nerviosa y expectante, y vio cómo la mirada de él se intensificaba. Respiraba entrecortadamente mientras esperaba, notando cómo le subía la temperatura a cada segundo.

Lucas le pasó los dedos por el pelo, sujetándole la nuca, y la besó suavemente.

—Puede que esto suene muy de instituto —dijo, ladeando un poco la cabeza—, pero desde el primer momento en que te vi de pie bajo la luz del porche, he tenido esta fantasía ardiente de que te sientes a horcajadas en mi regazo y nos enrollemos como adolescentes salidos.

Leah se quedó paralizada, mirándolo fijamente. Él dejó escapar una risita y se detuvo, clavando los ojos en los de ella. —Por ganar las apuestas, me encantaría hacer realidad esa fantasía... durante al menos treinta minutos.

Leah se quedó sin palabras un segundo, boquiabierta. —¿Quieres enrollarte conmigo? —chilló.

Lucas asintió sin el menor reparo. —Sí, de verdad que sí.

Hizo una pausa; su mirada era ardiente, sus ojos le quemaban.

—No te voy a mentir, Leah: quiero hacer mucho más que eso.

—Se encogió de hombros—. Pero sé que es demasiado pronto.

Me conformaría encantado con una sesión de besos apasionados con la mujer preciosa que no se me ha ido de la cabeza en semanas.

Una oleada de emoción la recorrió en cuanto pasó el impacto inicial de la sorpresa. —¿Quieres que nos enrollemos durante treinta minutos? —chilló con la respiración entrecortada.

Él asintió con paciencia, serio. —Contigo a horcajadas sobre mi regazo —añadió con una sonrisa—. Es la única fantasía que estoy dispuesto a contarte... por ahora.

Leah ladeó la cabeza. —¿Has tenido más de una sobre mí?

Su mirada se volvió abrasadora, y ella notó que estaba sopesando cuánto revelarle. —Es la única fantasía con la que te sentirías cómoda en este momento.

El pulso se le aceleró al oír aquello.

«Dios mío... ¡está fantaseando conmigo!»

El corazón le latía con fuerza. —Cinco minutos —contraatacó sin pensar.

Él le apretó el pelo con la mano y se inclinó para mordisquearle el lóbulo. —¿Negociando, eh?

Soltó el aliento en un jadeo ante la sensación mientras un escalofrío le recorría el cuerpo. —Sí —suspiró, ladeando la cabeza para darle mejor acceso.

—Veinticinco minutos —contraatacó él mientras su lengua le trazaba un camino por el cuello.

—Quince —replicó ella, abandonando cualquier pretensión de resistencia. Era arcilla en sus manos y ambos lo sabían.

Él se echó hacia atrás con una sonrisa victoriosa. —Quince entonces.

Leah se lamió los labios de nuevo y los ojos de él siguieron el movimiento con avidez. —Quince —aceptó sin aliento.

* * *

Leah salió del baño con los nervios luchando contra la emoción. Por un lado, no podía creer que estuviera a punto de hacer esto... enrollarse con un tipo increíblemente atractivo, ¡el hijo de su jefa! Por otro lado, tenía que contenerse para no lanzarse de un salto al regazo de Lucas.

Nunca había hecho nada parecido en su vida: siempre había seguido las reglas, hecho lo que le decían y sido recatada con los hombres. Esto estaba muy fuera de su zona de confort, y resultaba atrevido y emocionante a la vez.

«Rachel no dudaría en hacer esto... deja de ser tan gallina».

Respiró hondo para calmarse y se dirigió a la sala principal, donde sabía que Lucas estaría esperando.

Las luces estaban atenuadas y la chimenea ardía, proyectando una luz suave y sombras por toda la habitación. Sonaba música suave de fondo mientras la tormenta de nieve rugía al otro lado de la ventana. El ambiente era más que seductor, y Leah pensó que el corazón se le iba a salir del pecho.

«Sí... definitivamente una escena de novela romántica».

Lucas estaba sentado en el centro del enorme sofá, vestido solo con unos vaqueros suaves y gastados. Parecía un sultán hastiado contemplando a su última conquista, con el pecho desnudo brillando a la luz del fuego. Bebía vino mientras la observaba acercarse con calma.

Ladeó la cabeza. —No tienes que hacer esto si te sientes incómoda, Leah. Podemos olvidarnos de todo esto.

Leah negó con la cabeza y sonrió, agradecida de que estuviera dispuesto a darle una salida. —No, de verdad quiero hacer esto.

Y era cierto, se dio cuenta; lo deseaba. Decidida, caminó hacia el sofá.

Le puso la mano en el hombro desnudo, se acercó y susurró: —¿Dónde me quieres?

Él se dio una palmadita en el regazo y le sonrió. —Justo aquí, cariño.

Lucas se inclinó hacia delante, agarró la copa de vino y se la ofreció. —Esto es para ti.

Ella tomó unos sorbos y dejó la copa a un lado. Él volvió a darse una palmadita en el muslo y susurró: —Ven aquí.

Respiró hondo, dejó ir sus miedos y se montó a horcajadas sobre su regazo, acomodándose lentamente sobre él. La mano de Lucas le subió hasta la nuca y la atrajo hacia abajo para un beso breve y ardiente.

—Relájate —le susurró al oído—. No muerdo... mucho.

Leah soltó una risita mientras él le esparcía besos suaves por la mandíbula; luego bajó lamiendo y le plantó un beso ardiente en el cuello, con la boca abierta, succionando.

—Mmmmmmm —ladeó la cabeza, ofreciéndose a él, y gimió mientras la boca de Lucas descendía por los tendones hasta la clavícula.

Parecía saber instintivamente dónde era más sensible y le acariciaba esas zonas con la lengua.

Los pezones se le endurecieron contra la fina camiseta y las caderas se le arquearon contra él.

Antes de derretirse por completo, se obligó a preguntar: —¿Vas a poner un temporizador?

Lucas se echó hacia atrás y le dedicó una sonrisa con hoyuelos. —Ya está puesto en mi reloj —le mostró el temporizador configurado para quince minutos y presionó el botón para activarlo.

Leah observó cómo comenzaba la cuenta atrás y, respirando hondo, extendió la mano para tocarlo. Sus dedos juguetearon con el vello de su pecho.

Le trazó un camino por los hombros y bajó hasta los abdominales marcados. —Eres tan suave y duro al mismo tiempo —dijo mientras lo exploraba con las manos.

Él se inclinó para besarla suavemente en los labios mientras le deslizaba las manos por la espalda y le agarraba el trasero, masajeándolo con suavidad.

Soltó un aliento tembloroso y se frotó lentamente contra su pecho. El impulso de quitarse la camiseta, de eliminar la barrera entre ellos, era intenso. Sus pechos siempre habían sido increíblemente sensibles, pero algo en Lucas multiplicaba la sensación por veinte.

—Eres preciosa —suspiró sobre su piel, y el cuerpo de ella se tensó.

La boca de él cubrió la de ella en un beso devorador; su lengua se enredó con la de Leah y la reclamó. La dominó en todos los sentidos y la dejó jadeando por más. Ella se hundió en él y respondió a su hambre con la suya propia.

Los labios de él bajaron a su cuello, lamiendo y succionando hasta llegar a su pecho. Leah se retorció sin control en su regazo, desesperada por aliviar aquella necesidad. Cada caricia y cada beso la dejaban ansiosa por más.

Lucas se echó hacia atrás y la miró a los ojos. —Cariño, tenemos que parar un momento —jadeó—. Esto se nos está yendo de las manos.

Leah notó por su voz que estaba luchando por mantener el control.

—Tócame, Lucas —suplicó—. Por favor.

Los ojos de él permanecieron fijos en los de ella mientras sus manos subían para abarcarle los pechos y amasarlos con suavidad. Leah se dejó llevar por completo, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás con un gemido mientras él seguía obrando su magia. —Oh, sí —gimió.

Tantas sensaciones la recorrieron cuando él se inclinó hacia delante y le besó el escote sin dejar de masajearle los pechos. Estaba desesperada por sentir esa boca en sus pezones e intentó guiarla hacia las cimas anhelantes.

Él se rio mientras deslizaba una mano bajo su camiseta y la subía lentamente, dejando al descubierto sus pechos hinchados. Con la otra mano le agarró un puñado de pelo y atrapó un pezón con la boca, succionando con fuerza.

Un grito agudo se le escapó por la intensidad de aquella sensación mientras la boca y la lengua de él la llevaban al frenesí.

Lamió ambos pechos, alternando entre uno y otro.

Leah apenas fue consciente del sonido de un gemido constante y se dio cuenta de que salía de ella.

Sus dedos se aferraron al pelo de él y le apretó la cabeza contra su pecho.

El tiempo pareció detenerse mientras él obraba su magia sobre ella.

—Lucas —gimió, apretando su sexo ardiente contra el regazo de él—. Qué bien se siente.