Capítulo 7 #2
—Era la típica adolescente joven y estúpida, convencida de que lo sabía todo y de que era incapaz de equivocarse.
Conocí a Justin el verano antes de empezar la universidad.
Él acababa de terminar la carrera de empresariales y estaba labrándose un futuro prometedor, y en aquel momento era increíblemente encantador.
Total, que en cuestión de meses me quedé embarazada y me casé.
Y de paso, tiré por la borda una beca completa para la Universidad de Virginia —añadió con disgusto.
Lucas no dijo nada, simplemente esperó con paciencia a que continuara.
—Justin se centró en su carrera y yo me ocupé de Hannah y de la casa; ese era nuestro sistema. Nos mudamos a Chicago cuando consiguió un ascenso importante.
Respiró hondo mientras la humillación la invadía al llegar a la peor parte de la historia.
—No me di cuenta de lo mucho que nos habíamos distanciado hasta el día en que entré en su despacho y me encontré a su secretaria de veintiún años haciéndole una mamada.
—¡Dios mío! —exclamó Lucas con asco.
Leah se tensó y levantó la vista, esperando ver reproche en su rostro, pero se relajó al ver solo compasión.
Él negó con la cabeza.
—¿Y qué hiciste?
Respiró hondo y se encogió de hombros.
—No había mucho que pudiera hacer en aquel momento. Se rio de mí y dejó claro que haría lo que le diera la gana. No tenía trabajo ni dinero propio, así que mis opciones eran limitadas. Al final, volví a la universidad y empecé a ir a clases de yoga.
Suspiró.
—Entre eso, Hannah y mi mejor amiga, Rachel, conseguí mantenerme cuerda.
—Y te hiciste instructora de yoga —añadió él con una sonrisa.
Leah se rio.
—Sí, se me daba bien de forma natural y fue increíblemente terapéutico.
Hizo una pausa y terminó su historia.
—Cuando Hannah acabó el instituto, pedí el divorcio, y para cuando ella se instaló en la universidad, yo estaba lista para irme de Chicago. Mi antigua vecina es vieja amiga de tu madre y sabía que estaba buscando ayuda —hizo un gesto con las manos—, y voilà, acabé aquí.
Aunque le daba vergüenza haber contado tanto, le sorprendió lo cómoda que se sentía con Lucas, lo abierta que se mostraba con él.
Lucas asintió, riéndose de cómo había terminado su historia. —Bueno, podrías haber acabado en sitios mucho peores. —Se puso de pie y se sacudió las manos—. ¿Lista para seguir? No estamos muy lejos de un arroyo y una cascada. Seguramente aún no se hayan derretido del todo, pero la vista es preciosa.
Leah se levantó de un salto, con una repentina oleada de energía, y se echó la mochila al hombro de un tirón. —Apuesto a que llego antes que tú —dijo con una sonrisa antes de salir corriendo sendero arriba.
Leah se rio entre dientes mientras subía corriendo por el camino, imaginando la cara que pondría cuando le ganara.
Cuando salió de entre los árboles, se detuvo en seco, la sonrisa congelada en su rostro. Lucas estaba apoyado contra una gran roca en pose relajada, esperándola pacientemente.
—¿Qué demo...? ¿Cómo has...? —farfulló, mirando alternativamente a él y al sendero—. No me lo puedo creer. Me has ganado.
Una amplia sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. —Parece que me debes otra, cariño.
* * *
—Vaya, Lucas. Esta bodega es increíble. —Leah examinó su selección de tintos del viejo mundo, fijándose en cómo había organizado y etiquetado cada variedad con esmero—. Aquí tiene que haber al menos doscientas botellas —añadió.
—Es más un armario que una bodega, pero gracias. —Lucas asomó la cabeza y sonrió—. Y no tengo tantas, unas ciento cincuenta y pico, creo. —Levantó el sacacorchos—. ¿Cuál quieres?
Ella pasó el dedo por los estantes. —Hmmmmm. Casi demasiadas para elegir, pero me quedo con esta. —Le entregó una botella de chianti y lo observó abrirla con un floreo. Él parecía disfrutar de su atención y le dedicó otra sonrisa deslumbrante mientras servía el vino en un decantador.
—¿Qué te ha parecido tu primera caminata por Montana? —preguntó Lucas mientras volvía junto a los fogones y seguía removiendo la salsa marinara.
Leah dejó escapar un suspiro soñador. —Ha sido maravillosa. Esto ya es precioso, no me imagino cómo será en verano. —Levantó la vista y sus miradas se encontraron—. ¿Adónde me llevas mañana?
Echándose un paño de cocina al hombro, le indicó la pared del fondo de la cabaña, donde había un gran mapa topográfico de la zona. Se acercó y señaló un punto en la sección sureste.
—Aquí es donde estamos ahora. —Deslizó el dedo ligeramente hacia el norte—.
Aquí es donde hemos caminado hoy, y aquí está la cascada.
—Le lanzó una mirada burlona, regodeándose en su última victoria, y luego señaló el inicio de un sendero justo al este de la cabaña—.
Aquí es donde vamos mañana, el sendero de Morrell Creek.
Son unos trece kilómetros ida y vuelta con un desnivel moderado.
Leah se colocó a su lado y examinó el mapa.
Desde donde estaban, en Morrell Mountain, la zona salvaje se extendía hacia el norte y el este en lo que ella sabía que era territorio casi inhóspito.
Sabía que los senderos por los que Lucas la llevaría rodeaban la montaña y no se adentraban en el Scapegoat, pero se estremeció solo de pensar en atravesar zonas que la mayoría de los excursionistas experimentados consideraban demasiado peligrosas.
—¿Qué está pasando por esa cabecita tuya? No hay nada de qué preocuparse. La caminata de mañana será más fácil de lo que crees. —Lucas se volvió hacia ella y le apoyó la mano en la espalda para tranquilizarla—. Puedes con esto.
Leah negó con la cabeza. —Oh, no, no es eso.
Mi imaginación anda divagando, nada más.
—Lo miró y dio un paso hacia él, dejándose envolver por su medio abrazo.
La atracción que ejercía sobre ella era irresistible, y tuvo que luchar contra el impulso de alzarse y besarlo cuando los ojos de él bajaron hasta sus labios.
—Es que sé lo cuidadoso que hay que ser en una caminata normal e imaginé cómo sería explorar por aquí. —Dio un golpecito con el dedo en el mapa, hacia el este, atrayendo de nuevo su atención al tema de conversación.
Él negó lentamente con la cabeza. —No es una zona a la que quieras ir. Es arriesgado incluso para excursionistas experimentados.
—No lo estoy sugiriendo, pero imagino que sería como retroceder en el tiempo. —Se estremeció ligeramente—. Se me pone la piel de gallina solo de pensarlo.
Lucas le lanzó una mirada seria. —Eso y mucho más. Hay más osos grizzly y otra fauna peligrosa en esa zona que en cualquier otro lugar de los Estados Unidos continentales. Es un sitio al que ni siquiera a mí me gusta ir.
—¿Por eso no has traído a Max? ¿Es demasiado peligroso para él aquí?
—No, él puede con casi cualquier cosa por esta zona.
Lo dejé en el rancho porque le encanta que mi madre lo mime —sonrió Lucas—.
En realidad, Max es mi perro de terapia.
Ella pensó que lo necesitaría cuando dejé el ejército —se encogió de hombros—, pero no tengo estrés postraumático, así que aunque está entrenado para ayudar con la ansiedad, no es más que un mascotón.
Se adaptó a las rutas sin problema y suele ser el favorito de nuestros huéspedes.
De hecho, se porta mejor que algunas de las personas a las que guío por aquí.
Leah se rio. El perro se había ganado su cariño desde el primer momento. —Yo lo adoro.
—Creo que el sentimiento es mutuo. —Le dedicó una sonrisa con hoyuelos—. Max disfruta de su tiempo a solas con mi madre, y a ella le gusta tenerlo cerca.
La cercanía de Lucas la dejó sin aliento. Por su propia cordura, retrocedió y se dirigió a la cocina, cogiendo una copa de vino. —¿Seguro que no puedo ayudar con la cena? —Sirvió dos copas y le pasó una.
Lucas cogió la copa y la hizo girar con cuidado. —Si quieres preparar la ensalada, sería genial. Los tortellini deberían estar listos en un minuto. —Dio un buen trago y saboreó el vino—. Buena elección. —Levantó la copa para brindar y añadió—: Por nuestra aventura y adondequiera que nos lleve.
Leah lo miró fijamente y alzó su copa hacia la de él. —¡Salud! —Era tan seductor que la hacía desear cosas que nunca podrían ser... o que nunca deberían ser.
«Te vas en unos meses... es el hijo del jefe... te vas en unos meses... es el hijo del jefe...»
Esos pensamientos se repetían como una letanía mientras intentaba recordar por qué nunca funcionaría.
Se acercó a la isla, picó la lechuga y los tomates, y añadió unos pepinos por si acaso. Hecho esto, Leah exploró el resto del salón, sobre todo las enormes estanterías que flanqueaban la chimenea.
Cada estante estaba repleto de libros, del suelo al techo, con temas que abarcaban desde biografías hasta novelas de misterio y atlas.
—Te gusta leer —comentó de espaldas a Lucas.
—Sí.
Su suave respuesta justo detrás de ella la hizo soltar un grito y darse la vuelta. Se había movido tan sigilosamente que no tenía ni idea de que estuviera tan cerca.
Lucas la miró fijamente y luego extendió el brazo por encima de su cabeza.
—Esta es mi sección favorita. Me gustan los libros de historia bélica y la ficción, y colecciono todo lo relacionado con Lewis y Clark.
Sacó algunos libros para mostrárselos.
—Nada de romance, ¿eh? —bromeó ella, haciéndolo reír y negar con la cabeza.
—Si mi hermana se saliera con la suya, habría una pared entera de novelas románticas. Pero solo tuvo control sobre los muebles, no sobre mi biblioteca.
—¿Mandy fue tu diseñadora de interiores? Tiene mucho talento; esta cabaña es una obra de arte.
—Bueno, yo también tuve algo que ver —respondió en tono juguetón, negando con la cabeza—. Tuve que andarme con ojo con ella. Si le hubiera dado rienda suelta, mi hermanita habría convertido este lugar en algo demasiado femenino para mi gusto.
—Unos cuantos toques femeninos aquí y allá no vendrían mal. Apuesto a que ella eligió esa bañera tan bonita de tu baño.
Lucas sonrió con suficiencia.