Amanecer en Montana (Amor bajo el cielo del oeste nº 1) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Unos golpes en la puerta distrajeron a Leah del ordenador. —Llaman a la puerta, Rach, tengo que dejarte. Te escribo en cuanto volvamos, te lo prometo.

—Claro que sí, chica. ¡Te quiero! Y tírate a ese bombón por mí, ¿vale?

Leah se rio y respondió: —Yo también te quiero. ¡Adiós!

Apagó el portátil y se limpió las manos mientras cruzaba la habitación.

Lucas y Max esperaban pacientemente en el porche, y Lucas sonrió cuando ella abrió la puerta. —Te ha llegado correo esta tarde.

Señaló el fajo que llevaba en las manos.

—¡Oh, gracias! Pasad.

Leah les indicó que entraran y cerró la puerta.

Lucas se detuvo nada más entrar y cerró los ojos, aspirando hondo. —¿Qué es eso? Lo olía desde quince metros.

Ella sonrió mientras acariciaba suavemente las orejas de Max. —He hecho un par de tandas de rollitos de canela. La última está levando y luego la meto en el horno. ¿Quieres uno?

—Pues claro.

Se dirigió con entusiasmo hacia la cocina.

—No sabía que hacías repostería.

—Es un pasatiempo y una forma de terapia; me ayuda mucho a concentrarme y relajarme. Si alguna vez me pongo a cocinar como una loca, suele ser porque estoy disgustada o preocupada por algo.

Lucas ladeó la cabeza. —¿Qué te preocupa? ¿La excursión?

Leah se sonrojó. —Un poco. Estoy emocionada y nerviosa a la vez, supongo.

Queriendo explicarse mejor, continuó: —No sé por qué... ya he hecho rutas largas antes. Supongo que es porque llevo tanto tiempo esperando esto, y ahora por fin lo estoy haciendo.

Leah se retorcía las manos mientras Lucas seguía observándola con paciencia. —Supongo que me preocupa un poco retrasarte o decepcionarte.

Cogió un rollito de la rejilla donde se enfriaban, lo puso en un plato y lo cubrió de glaseado; luego lo dejó en la encimera delante de Lucas.

Para no dejar a Max de lado, Leah sacó un juguete mordedor que le había comprado en su último viaje al pueblo y lo rellenó de mantequilla de cacahuete. El perro empezó a saltar a su alrededor, emocionado, y luego se sentó obedientemente. —Qué bueno eres.

Se lo dio y lo vio irse hacia la chimenea a disfrutarlo.

Lucas gimió de placer, cerró los ojos mientras daba un enorme mordisco al rollito y masticaba lentamente, como saboreando cada bocado. —Madre de Dios. Esto está increíble.

Leah lo observó boquiabierta mientras él se lamía los dedos.

—Aunque me encanta el resultado de tus nervios —dijo, señalando el rollito—, esto es algo que puedes quitarte de la cabeza ahora mismo. Tú mandas, e iremos tan despacio o tan rápido como quieras. Solo tienes que decirme si te sientes incómoda y reducimos el ritmo.

Hizo una pausa, se lamió el glaseado de los dedos otra vez y la miró fijamente.

—Se supone que esto tiene que ser divertido, así que deja de preocuparte por decepcionar a nadie, y menos a mí. Yo solo disfruto de estar en la montaña.

Leah estaba hipnotizada observando cómo su lengua recorría sus dedos, recogiendo toda aquella delicia pegajosa. No podía evitar desear que fuera a ella a quien su lengua dedicara tanta atención.

«Para... ni se te ocurra ir por ahí...»

Por una vez, Leah no quería hacerle caso a su lado racional.

Por primera vez en lo que parecía una eternidad, de verdad, de verdad quería ir por ahí. Quería ponerse pringosa y sucia y que él la lamiera hasta dejarla limpia, y viceversa.

«Joder, qué calor hace aquí...»

Sacudió la cabeza, se acercó al fregadero para recuperar la compostura y respiró hondo para calmarse.

«¡Contrólate, mujer! ¡Es el hijo del JEFE, no tu juguete personal!»

Lucas malinterpretó su expresión y su lenguaje corporal, y se acercó a ella.

—¿Qué pasa? Te lo digo en serio, Leah. Estaremos bien, no tienes por qué preocuparte.

En el peor de los casos, el tiempo se pondrá feo y nos quedaremos atrapados en mi cabaña unos días.

Llevo mucho tiempo haciendo esto y soy uno de los mejores.

—Su sonrisa disipó la ansiedad de Leah e hizo que le flaquearan las rodillas.

Leah esbozó una sonrisa forzada, con la esperanza de que él no hubiera notado cómo se lo comía con los ojos.

—Sabes, a veces, cuando has deseado algo con tantas ganas durante tanto tiempo, resulta extraño cuando por fin lo consigues.

Esta excursión es algo con lo que he soñado durante años y ahora por fin va a hacerse realidad.

—Se encogió de hombros—. Es solo que estoy un poco abrumada, nada más.

Lucas asintió. —Lo entiendo. Pero a veces hay que lanzarse al vacío para ver adónde te lleva la vida. Ten un poco de fe.

Retrocedió y se limpió las manos en los pantalones. —La cena es en una hora, así que baja cuando estés lista. —Se dio la vuelta para marcharse y silbó a Max—. Y mañana ponte las botas y los calcetines que te compré. Todo lo demás ya está en la camioneta, así que estamos listos para salir.

Leah sonrió, asombrada de lo bien que él la hacía sentir. —Bajo en unos minutos. Solo tengo que glasear estos cuando se enfríen. Diles a todos que llevo dulces. —Señaló las bandejas de bollos que se estaban enfriando.

Él le respondió con un gesto de la mano y siguió por el sendero. Leah lo siguió con la mirada, deseando haber tenido el valor de besarle el glaseado de los labios.