8
L exie
La primera noche de Lexie en el autobús de la gira fue toda una revelación.
Estaba nerviosa por pasar tiempo con un grupo de estrellas de rock egocéntricas, pero todos resultaron ser sorprendentemente sencillos.
Se había pasado una cantidad desmesurada de tiempo riéndose de sus travesuras y haciendo fotos.
Lo más seguro era que no fuera a utilizar ninguna de esas fotos para el álbum.
Se trataba más bien de que los chicos se sintieran cómodos con su presencia y de que ella se hiciera una idea de cómo se comportaban todos ante la cámara.
Lo que más le llamó la atención fue su total falta de timidez.
Había algo innegablemente atractivo en los hombres que se sentían tan a gusto consigo mismos, con quienes eran.
Noah era el payaso, siempre exagerando sus gestos.
Sonreía y se reía con facilidad, y era un ligón empedernido; la hacía partirse de risa la mitad del tiempo.
Zac era más reservado, pero tenía un sentido del humor pícaro.
Sus ojos oscuros y expresivos eran perspicaces, y le costó más tiempo abrirse con ella, pero cuando lo hizo, fue muy divertido estar con él.
Tex era el arquetipo del dios del rock, con su pelo castaño hasta los hombros con mechas rubias y los tatuajes que cubrían sus musculosos brazos y su pecho.
Al principio le resultaba intimidante, ya que era mucho más alto que ella, pero cuando sacó una novela de bolsillo, mantuvieron una estupenda conversación sobre su amor compartido por los libros.
Connor era el más difícil de descifrar. Daba sensación de contención, como si siempre estuviera ocultando parte de sí mismo.
Después de la cena, que Maggie había comprado en un restaurante de carretera, Tex, Noah y Zac se acomodaron para ver una película en el gran televisor de pantalla plana.
En lugar de unirse a ellos, Connor se dirigió al fondo de la sala y sacó una guitarra acústica y un bloc de notas.
Inclinó la cabeza sobre el instrumento y lo rasgueó en silencio.
Ella podía ver cómo se le movían los labios, aunque no oía lo que cantaba.
De vez en cuando se detenía y tomaba notas en el bloc.
Lexie no pudo evitar encuadrarlo en el visor de su cámara. Se fijó en la elegante línea de su espalda, curvada sobre la guitarra; en su pelo oscuro sobre la frente, y en las largas pestañas que le rozaban las mejillas cuando cerraba los ojos para concentrarse.
A través de la cámara, observó cómo se tensaban los músculos de sus brazos bajo su piel bronceada mientras tocaba el instrumento.
Divisó un tatuaje en su brazo izquierdo, cuyo borde se asomaba parcialmente por debajo de la manga de la camiseta, y se preguntó cómo era sin la camiseta que lo cubría.
Cómo era él sin la camiseta. Esa sensación de atracción volvió a susurrarle al oído, y frunció el ceño, bajando la cámara sin hacer la foto.
Cuando empezó a darse la vuelta, él ladeó la cabeza y su mirada se cruzó con la de ella.
La había pillado estudiándolo. Otra vez.
Durante unos segundos que le dejaron sin aliento, ella no apartó la vista y la atracción se intensificó aún más mientras se perdía en sus ojos verdes. Entonces volvió en sí.
—Esto no está pasando —se dijo.
Esbozó una sonrisa forzada y se volvió hacia los demás, levantando la cámara para hacer unas últimas fotos. Había sido un día largo y agotador, y estaba cansada. Era hora de irse a la cama.
Guardó la cámara, se acercó a la parte delantera del autobús para darle las buenas noches a Maggie y luego regresó a la zona de estar para despedirse de los chicos.
Tex, Zac y Noah, que estaban tumbados viendo la película, le sonrieron y le dieron las buenas noches al unísono; ella respondió con un gesto de la mano.
Connor no parecía haberse movido desde que la había pillado observándolo.
Sus ojos siguieron cada uno de sus pasos hacia él y, como se sentía cohibida, Lexie le dedicó una pequeña sonrisa y le deseó buenas noches.
Él no le respondió, pero cuando ella ya casi lo había rebasado, él extendió la mano y le agarró la muñeca.
Sobresaltada, se detuvo y se dio media vuelta.
—Que duermas bien, Lexie —murmuró él, y le rozó el dorso de la muñeca; luego la soltó y volvió a concentrarse en su guitarra.
Lexie se quedó paralizada un segundo antes de dirigirse por el pasillo hacia su habitación, en la parte trasera del autobús, con el débil sonido de su guitarra siguiéndola. Aunque estaba agotada, tardó mucho en conciliar el sueño.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, ya habían llegado a Seattle para la primera parada de la gira.
El autobús se había detenido frente al estadio y parecía reinar de nuevo el caos mientras se descargaba todo.
Lexie ya podía oír los chillidos de las mujeres sobreexcitadas y apretó los dientes, convencida de que aquel sonido estridente iba a resultarle insoportable muy pronto.
Se levantó, se dio una ducha rápida y se puso unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta verde ceñida con cuello en V; luego se calzó unas zapatillas Converse y se recogió el pelo en una coleta, lista para el ajetreado día que la esperaba.
La anterior había sido la jornada para acostumbrarse a todo, pero ya empezaba de verdad su trabajo.
Iba a llevar la cámara consigo a todas partes para asegurarse de hacer tantas fotos como fuera posible.
Lexie salió del dormitorio y se dirigió al salón, pero se quedó paralizada al ver a cuatro estrellas del rock guapísimas y sin camiseta holgazaneando mientras desayunaban. Dios mío . Parpadeó un par de veces, pero no desaparecieron, así que inspiró hondo y siguió adelante.
Tex fue el primero en fijarse en ella.
—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien? —El resto se giró para sonreírle y darle también los buenos días.
—Sí, gracias. Sorprendentemente bien, teniendo en cuenta que nunca había dormido en un autobús. ¿Qué tal las literas?
Tex se encogió de hombros.
—No estaban mal. Aunque pregúntamelo dentro de una semana; probablemente te daré una respuesta diferente.
Sintiéndose mal de nuevo por haber acaparado la única cama de verdad, abrió la boca, a punto de ofrecérsela a ellos, cuando Connor la miró fijamente a los ojos y, como si supiera lo que iba a decir, frunció el ceño y negó con la cabeza.
Lexie cerró la boca y se volvió para entretenerse preparándose un café en la encimera de la cocina, porque ver a Connor sin camiseta a primera hora de la mañana le resultaba demasiado desconcertante.
Aunque eso le había dado la oportunidad de fijarse en su tatuaje, que resultó ser un llamativo diseño tribal de estilo celta, en tinta negra, que se extendía desde la parte superior de su bíceps, pasaba por el hombro y la clavícula, y terminaba sobre su corazón.
Mientras removía distraídamente el café con leche — esforzándose por no pensar en aquella piel suave y bronceada, tatuada con líneas negras bien definidas—, sintió que alguien se acercaba a su espalda.
Antes de que tuviera tiempo de darse la vuelta, oyó la voz grave y ronca de Connor por encima de su hombro.
—Disculpa —dijo él, y luego estiró el brazo por encima de su cabeza para alcanzar el armario que tenía encima de ella y sacar una taza de café.
Al hacerlo, su pecho desnudo rozó la espalda de Lexie, y el aroma de un hombre de cuerpo cálido la envolvió y puso sus sentidos en alerta máxima.
Su respiración se aceleró y un rubor ardiente le recorrió el cuerpo.
Echó un vistazo por encima del hombro y lo vio mirándola con una sonrisa perezosa en el rostro, los ojos brillando con algo que se parecía mucho a la diversión. Maldito sea . Lo estaba haciendo a propósito para provocarle una reacción; así de seguro estaba del efecto que causaba en las mujeres.
Molesta porque él creyera que podía jugar con ella, reaccionó sin pensar.
Sonrió dulcemente y se volvió de modo que sus pechos rozaran el torso de él, esforzándose por ignorar cómo se le endurecían los pezones a causa del contacto.
Posó una mano sobre la piel suave y cálida de su abdomen y se apartó poco a poco para salir de su lugar entre él y la encimera.
Eso fue un error, porque sentir sus abdominales marcados contra su palma le resultó demasiado agradable.
Sin embargo, el movimiento surtió el efecto deseado: Connor apretó la mandíbula y parecía mucho menos divertido que antes.
—Déjame apartarme de tu camino. —Mantuvo la sonrisa dulce y fingida pegada al rostro mientras se alejaba de él, incapaz de evitar deslizar los dedos por su piel un poco más de lo necesario. Pero hacía tanto tiempo que no tocaba a un hombre de esa manera que había olvidado lo bueno que era.
Ese pensamiento la devolvió a la realidad. No estaba allí para recordar lo bien que se sentía al tener las manos sobre un hombre atractivo. Estaba allí para hacer un trabajo y hacerlo bien. Eso no iba suceder si se dejaba distraer por uno de sus jefes.
Se aferró a su taza de café y se dirigió hacia la mesa del comedor, donde los otros tres estaban terminando el desayuno. Enarcó una ceja, divertida. Al parecer, el menú consistía en tostadas y cereales. No era precisamente lo que esperaba que comieran unas estrellas del rock para desayunar.
—Bueno, ¿cuál es el programa de hoy? —preguntó.
—Después del desayuno, iremos al recinto para asegurarnos de que el montaje va bien y de que no hay sorpresas —respondió Zach—. Luego nos iremos al hotel unas horas para relajarnos, comer y volver aquí esta tarde a tiempo para la prueba de sonido.
Ella asintió, tratando de planificar sus fotos.
—Vale, pues saldré cuando vosotros lo hagáis y haré algunas fotos de todos montando el equipo. Voy a preparar mi cámara.
Al darse la vuelta para marcharse, no fue capaz de reprimir la tentación de echarle un vistazo a Connor.
Seguía donde lo había dejado, recostado contra la barra con sus musculosos brazos cruzados sobre el pecho, observándola con sus ojos verdes.
Verlo así no hacía más que avivar la atracción que le recorría las venas.
—Contrólate, Lexie —se dijo a sí misma en voz baja.
No sabía si había hablado más alto de lo que pretendía, o si él podía leerle la mente, pero las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa divertida.
Sacudió la cabeza, se dio media vuelta y regresó a su habitación.