Epílogo I
Will entró en la mansión de los McAllen con el corazón acelerado, pero una firme determinación guiaba sus pasos.
La luz se filtraba por las altas ventanas y se derramaba sobre el vestíbulo con un resplandor cálido.
Las gruesas alfombras amortiguaban sus pisadas hasta volverlas imperceptibles, aunque él sentía que cada una lo acercaba un poco más a librar la batalla decisiva. Respiró hondo.
Se había aseado y vestido con esmero para la ocasión.
El plaid con los colores de los McEwen le cruzaba el hombro, sujeto con un broche de plata labrada.
La pulcra camisa de lino blanco contrastaba con su tez, curtida por el viento de las Highlands y por las noches sin descanso del largo viaje de regreso.
El tartán, plegado con precisión, lucía solemne y le caía hasta las rodillas.
En el brazo llevaba una cesta con una tarta de manzana envuelta: la mejor del condado y preparada exclusivamente al gusto de Charlotte McAllen.
Se había informado muy bien de cómo prefería aquel pastel: masa fina, casi quebradiza; manzana cortada en láminas delgadas; un toque de canela y otro de crema dulce.
Por último, el azúcar caramelizado bañaba la superficie y formaba una irresistible costra dorada.
Había recurrido a la cocinera más reputada de la región: su madre.
Catalina había viajado con él con la tonta excusa de visitar a sus antiguos amigos del castillo McAllen, pero Will sabía que, en realidad, la preocupaba aquella petición de mano.
Ya puestos, decidió prepararle la tarta de manzana que hacía su querida abuela y que, según ella, era la mejor de Escocia.
«Esta tarta podría conquistar el mundo, hijo. Cuando la pruebe tu suegra, tendrás la mitad del trabajo hecho», le había dicho mientras se chupaba los dedos tras comerse un buen trozo.
Después de entregársela al mayordomo, este le indicó que pasara a otra sala, pero el roce de una tela y unos pasos apresurados lo detuvieron. La conocía tan bien que la habría reconocido incluso descalza.
Psique apareció al final del corredor, iluminada por la luz dorada, y llenó la estancia de viveza. Su falda celeste se agitaba con la prisa, y su rostro encendido era la visión más hermosa que Will hubiera contemplado jamás.
Ella corrió hacia él y, al fin, Will sintió que la tensión acumulada se desvanecía de golpe.
—Will... —susurró Psique al llegar hasta él.
Él abrió los brazos sin pensarlo y ella se lanzó contra su pecho. Will cerró los ojos mientras respiraba su aroma. La había añorado un mundo esas dos semanas. Había contado los días para regresar con ella y, en ese instante, Psique lo abrazaba como si hubieran pasado otros dos años.
—Estás aquí —murmuró ella, levantando la cabeza para besarlo.
—No podía estar un día más sin verte, mi vida —le dijo contra su boca y, sin poder reprimirse por más tiempo, la besó.
Sus labios se reconocieron en un beso dulce, urgente, lleno de alivio y deseo. Psique se aferró a su plaid mientras Will la estrechaba con fuerza .
Y entonces... un carraspeo perfectamente calculado cortó el aire como un cuchillo.
Psique se separó de golpe. Will parpadeó, todavía confuso por el beso.
—Bueno... —dijo Jana, la prima de Psique, arqueando una ceja—. Me alegra ver que estas semanas no han restado entusiasmo a... tu afecto por mi heroína favorita.
Will, consciente al fin de aquel enloquecido lapso en el que lo había olvidado todo, se irguió como un poste. Se ajustó el plaid sobre el hombro, se aclaró la garganta y trató de contener el rubor de sus mejillas para conservar un poco de dignidad.
—Jana... —murmuró—. No te había visto llegar.
—Claramente —respondió ella con una sonrisa traviesa. Luego continuó en voz más baja—: Pero no te preocupes, no voy a juzgaros. Sé muy bien qué se siente cuando...
—¿Cómo? ¿Qué sabes tú de... —la interrumpió Psique y señaló a ambos con un dedo— ...esto?
Jana se tapó la boca para reprimir la carcajada.
—Digamos que estos dos meses han sido muy productivos en cuanto a conocimientos —contestó, haciendo que Psique boqueara como un pez.
Will se sintió bastante incómodo. ¿Productivos en cuanto a conocimientos? ¿Qué demonios quería decir con eso? No podía ser... Jana siempre había sido... demasiado correcta, demasiado prudente.
Psique, también sonrojada, la fulminó con la mirada.
—Oh, no me mires así, primita —dijo encogiéndose de hombros—. Aprendí de ti lo de ser atrevida .
—Jana, por favor... No te reconozco —protestó Psique con las manos en las caderas.
—No es por eso por lo que he venido —continuó ella alzando la barbilla, sin dejarse intimidar—. Vengo a recordaros que mi tía os espera en su despacho... y que quizá deberíais entrar sin parecer que acabáis de escapar de un establo.
—¡Jana! —gritó Psique, con las manos en las caderas—. Tú y yo —se señaló con el dedo y luego apuntó hacia ella— tendremos después una larga charla.
Jana sonrió como quien recibe una invitación a un banquete.
—Por fin —respondió entusiasmada—. Tengo muchas preguntas que hacerte.
Will tragó saliva y Psique resopló.
Unos minutos más tarde...
Will jamás había imaginado un despacho como aquel.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros.
Curiosamente, en algunos huecos imperaba una meticulosidad ejemplar, casi obsesiva; en otros, el caos total los apilaba en torres a punto de desplomarse, entre cuyas páginas asomaban montones de separadores.
Supuso que aquel matrimonio de profesores libraba allí a diario una batalla campal de ingenios bastante intensa, aunque enriquecedora.
Como era de esperar, dos escritorios llenaban la estancia.
Uno estaba repleto de manuales de navegación, mapas extendidos y volúmenes de filosofía.
En medio de este había tres plumas alineadas a la perfección.
El otro, en cambio, tenía cuadernos de notas escritos con una letra rápida, casi impaciente.
Las plumas... «desplumadas» sería el mejor adjetivo para definirlas .
«Serán un buen regalo para acompañar la tarta de manzana en mi próxima visita», pensó Will, algo nervioso mientras avanzaba con paso lento.
Irving, de pie junto a la ventana, lo observaba con una sonrisa contenida. Charlotte, sentada tras este último escritorio, levantó la vista hacia ellos.
Lo observó con paciencia. El silencio era a veces el mejor aliado para revelar las emociones, las intenciones y las grietas invisibles del alma.
Psique, a su lado, levantaba la barbilla, segura de sí misma.
—Buenos días, señor McAllen —saludó a quien, tras el largo viaje de regreso, ya consideraba su suegro. Luego inclinó la cabeza y se dirigió a la mujer—. Señora McAllen, me alegra conocerla por fin.
—¿Y tú eres...? —preguntó ella con la misma pose altiva que su hija.
Will carraspeó, sorprendido.
—¡Mamá! —protestó Psique.
—Lamento mi despiste, señora —respondió azorado—. Williams McPherson, para servirla. He venido a pedir su bendición para casarme con su hija.
Charlotte lo miró con calma.
—Williams, me encantaría decirte que estoy feliz de conocerte, pero no voy a andarme por las ramas: sé que ya habéis consumado la noche de bodas.
Will tensó los hombros ante el reproche y miró por un instante a Irving, quien había cerrado los ojos para asimilar aquellas palabras .
—Te casarás con ella con un sacerdote, como Dios manda —continuó sin apartarle la vista y entrelazando las manos sobre el escritorio—. Pero antes debes responderme algo que quiero que pienses bien, pues depende de ello que te dé mi consentimiento.
Hizo una breve pausa y todos contuvieron el aliento. Psique le cogió la mano para infundirle valor.
—Te aseguro que lo que piensen los demás de sus escarceos me importa un bledo, McPherson —añadió con un brillo fiero en los ojos—. Lo que me importa es que entiendas quién es mi hija.
Will asintió.
—Sí, señora...
—Psique no es una muchacha dócil, ni silenciosa, ni hecha para ser un adorno en un salón —prosiguió con intensidad—. Se disfrazó de hombre para ir a buscarte y arriesgó su reputación, su seguridad y mi paciencia. —Chasqueó la lengua—. Yo hice cosas parecidas a su edad.
Irving se acercó a Charlotte y colocó una mano en su hombro. Psique bajó la mirada, avergonzada. Will no se asustó, pues nada de eso era una sorpresa para él.
—Así que te lo pregunto sin rodeos, Williams: ¿por qué crees que Psique sería feliz contigo?
Will no tembló. Sonrió.
Aquella mujer lo había puesto contra la pared con una pregunta que no hablaba de dotes, tierras, tratos económicos ni posiciones sociales. Hablaba de Psique, de su esencia, de su fuego, de su reflejo.
Respondió a la pregunta más fácil que le habían hecho en su vida .
—Señora —dijo con serenidad—, Psique será feliz conmigo porque no quiero que sea dócil, ni silenciosa, ni contenida.
Quiero que sea exactamente como es: una compañera que piensa rápido y decide sin miedo.
Admiro su ingenio con la misma intensidad con que admiro su fuego.
Ella me reta, me iguala y me hace mejor con cada palabra que me dedica.
Psique levantó la cabeza con los ojos brillantes. Irving dejó escapar un suspiro, mitad de alivio, mitad de orgullo. Charlotte parecía una estatua.
—No quiero que Psique deje de ser valiente. Voy a caminar a su lado.
Will esperó con paciencia. Le daba igual lo que decidiera su suegra: Psique ya era su mujer en cuerpo y alma.
Charlotte parpadeó, sorprendida. Irving apretó su hombro con suavidad.
—Bien —dijo Charlotte—. Ahora empezamos a entendernos. —Miró a su esposo con una sonrisa encantadora—. ¿Decías que había una tarta de manzana por aquí?
Psique, tan impetuosa como siempre, gritó de alegría y abrazó al todavía confundido Will. Al momento, Jana entró en la sala con la cesta en el brazo, acompañada por el mayordomo, que portaba una bandeja con té y platos y cubiertos.
—Habéis tardado mucho, tía —dijo esta mientras sacaba la tarta de la cesta—. Casi no puedo esperar para probarla.
Y así, con la bendición de sus suegros, compartieron el mejor trozo de tarta de manzana de las Highlands.
Bajo la mesa, Psique buscó la mano de Will y entrelazó los dedos con los suyos.
Él la miró y comprendió que esa no había sido la batalla decisiva, sino el primer día de la vida que ambos habían elegido.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro le supo a hogar.