Almas gemelas de dragón (Caballeros Dragón 14) 12 #2
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Cole se había quedado solo con sus padres dragones, quienes habían guardado luto, tomando la inusual medida de llevarse a su hijo humano con ellos al aislamiento.

No ocurría a menudo, pero no era algo inaudito en tales situaciones.

Los miembros restantes de la familia se aferraron unos a otros en su época de dolor, y no importaba si eran humanos o dragones.

Los corazones eran corazones y se seguían rompiendo cuando los seres queridos morían.

Cole ya era un adulto joven cuando la enfermedad se llevó a sus padres y quiso irse a las montañas con sus padres dragones.

Se cuidaron unos a otros, viviendo de forma ruda al principio, en una cueva que los dragones habían elegido.

Se quedaron a poca distancia a pie de una pequeña aldea para que su hijo de dos piernas pudiera estar entre los suyos de vez en cuando, si así lo deseaba.

Permanecieron apartados de otros dragones, excepto de algún visitante ocasional que traía noticias.

Todos los dragones combatientes comprendían la necesidad de guardar luto. O eso le dijo Cole a Seth.

Aunque no estaba vinculado a un dragón per se, Cole seguía viviendo con sus padres dragones, y el vínculo que se forma de padre a hijo nunca desaparecía, por lo que Cole aún se beneficiaba de la magia dragontina que le mantenía en forma y joven.

Aquellos que vivían en el cubil y tenían cualquier tipo de vínculo con un dragón, por tenue que fuera, obtenían algún beneficio de su intensa magia de esa manera.

Solo los niños del cubil que dejaban su hogar y se labraban una vida por su cuenta en el mundo exterior perdían la magia de los dragones, envejecían y morían por el curso natural de las cosas.

Seth, sin embargo, no podía quedarse. Ahora lo sabía con certeza. No habría puesto de sanador para él. Ninguna oportunidad de trabajar y vivir entre los dragones a los que tanto admiraba.

Con el tiempo dejaría el cubil y viviría su vida como una persona normal.

Tendría que ser feliz con la vida que le habían dado.

Tendría que resignarse al hecho de que Livia encontraría compañeros en el cubil y seguiría viviendo mucho tiempo después de que él se hubiera ido.

Seth se alegraba de que fuera así. Quería eso para ella: una vida llena de magia y alegría.

Si él no podía dársela, quería que la encontrara con otra persona. La amaba así de mucho. Y, si ella seguía viviendo, al menos alguien se acordaría de él cuando ya no estuviera. Tal vez lo recordaría con cariño de vez en cuando. Realmente lo esperaba.

—¿A qué viene esa mirada triste en tu cara? —preguntó Cole, devolviendo a Seth bruscamente a su conversación.

—Lo siento. Solo estaba pensando en algo. —Seth volvió a centrarse en su comida, ocupando sus dedos mientras ordenaba sus pensamientos.

—Algo preocupante, no me cabe duda. Siento si nuestra presencia aquí ha traído algún tipo de dificultad a tu vida, Seth. Quiero que lo sepas. —Cole sonaba tan serio que Seth levantó la vista hacia él, apartándola de los dragones.

— Lo dice en serio —intervino Hrardorr, observador en la mente de Seth, y Seth recordó que el dragón veía lo que él veía. Así que, en ese momento, en lugar de ver el melón que estaba comiendo, Hrardorr estaba mirando el rostro de Cole junto con Seth.

— Lo siento, Hrardorr. —Seth volvió a mirar hacia los dragones para que Hrardorr pudiera ver de nuevo una imagen de sí mismo sentado con los demás—.

Gracias, pero no tienes por qué sentirte así —le dijo Seth a Cole—.

Cualquier problema en mi vida me lo he buscado yo solo.

—Seth soltó una carcajada amarga. Nunca había dicho una verdad tan grande.

Hablaron de muchas cosas durante el desayuno, y Seth tuvo la oportunidad de informar a Cole sobre las heroicas hazañas de Hrardorr desde que llegaron a la Guarida del Sur.

Cole tenía muchas preguntas sobre la Isla del Grifo y los dragones marinos.

También parecía muy interesado en los grifos y formuló preguntas perspicaces sobre en qué se diferenciaban de los dragones.

Seth disfrutó de la comida y pensó que tal vez acababa de hacer un nuevo amigo.

Entonces, llegaron sus padres. En bloque. Los cinco.

Sus padres y sus compañeros dragones parecían acabar de regresar de una patrulla.

Los dragones se dirigieron directos al lado de Hrardorr, mientras que la madre de Seth y sus parejas saludaron brevemente a la mesa presidencial antes de acercarse a sentarse con Seth.

Él se los presentó a todos a Cole y sintió cómo el peso protector de su amor lo rodeaba.

Se dio cuenta con retraso de que habían venido para asegurarse de que los recién llegados no estuvieran allí para buscarle las cosquillas a Seth o a Hrardorr.

Tanto Alyria como su compañero parecían estar tan protectores con Hrardorr como los padres humanos de Seth lo estaban con él.

Al parecer, habían decidido acoger a Hrardorr bajo su ala y cuidar de él, incluso si eso significaba defenderlo ante sus propios padres.

¿No era eso interesante? Era como si hubieran adoptado al dragón ciego como a uno de los suyos.

Seth apenas acababa de procesar esa perla informativa cuando las puertas del gran salón se abrieron de par en par de nuevo para dejar paso a Livia O’Dare.

Caminó decidida hacia la mesa presidencial e hizo una elegante reverencia, convirtiéndose en el foco instantáneo de todas las miradas de la sala.

—Maestra O’Dare, ¿a qué debemos el placer? —preguntó Drake con su tono culto. Una sonrisa asomaba a sus labios, como si ya supiera lo que se traía entre manos, pero interpretara la escena para beneficio de todos los demás.

Seth notó que los dragones se habían quedado completamente quietos. Algo estaba a punto de pasar. Posiblemente algo importante.

—Sir Drake, se me ha pedido que presente a un visitante de más allá de la Isla del Grifo. ¿Permitiría la entrada a Lord Skelaroth y a su comitiva en vuestro salón?

Seth abrió mucho los ojos. ¿Skelaroth estaba aquí? ¿Y le había pedido a Livia que lo presentara? Eso sí que era interesante.

—Por supuesto. Sir Hrardorr ha hablado muy bien del Señor de los dragones marinos, y estaríamos muy interesados en conocerlo a él y a quienes lo acompañen. —Los ojos azules de Drake chispearon, y Seth supo que Drake tenía algún tipo de conocimiento previo de estos eventos.

Algunos de los habitantes de la Isla del Grifo habían dado a entender que los bardos eran a menudo espías disfrazados, y Seth sospechaba que Sir Drake no había abandonado sus dotes de espionaje.

Ni mucho menos. Sin duda, probablemente ya habría establecido una red de espías de gran complejidad por toda la costa desde que llegó aquí.

Con un estilo casi teatral, Livia dio un paso atrás y extendió el brazo hacia el gran portón al otro extremo del gran salón.

Seth supuso que Livia probablemente le hizo una señal silenciosa a Skelaroth porque, en ese momento, este apareció, con toda su gloria de dragón marino, perfectamente enmarcado en el alto arco de la puerta.

Se detuvo un instante como para dejar que el público lo contemplara, cuando en realidad, Seth se dio cuenta de que estaba escaneando la sala en busca de cualquier indicio de amenaza.

Al no ver ninguno, entró en el salón, avanzando lentamente hacia la mesa presidencial.

Sin embargo, a diferencia de la mayoría, se dirigió primero al grupo de dragones que lo rodeaba, no a los humanos sentados a la mesa.

Skelaroth no se inclinó, pero ladeó la cabeza de manera casi regia, primero ante Hrardorr, después ante su madre, Lady Belisandre —a quien observó con obvio interés—, y luego ante los demás presentes.

Livia apareció al lado de Seth, tras haberse apartado silenciosamente de la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

—¿Cuándo ha pasado esto? —le susurró Seth.

—Se ha presentado en mi muelle esta misma mañana —respondió Livia, también susurrando—. Sabía que tenía que traerlo aquí primero. ¿Es esa la madre de Hrardorr? —Livia miraba boquiabierta a los dragones, pasando la vista de Hrardorr a Belisandre y viceversa.

—Sí —le dijo Seth rápidamente—. Sus padres y su hermano también se han presentado esta mañana.

—Seth señaló hacia Cole, que hizo un gesto como de quitarse un sombrero imaginario ante Livia.

Seth pudo ver el gesto por el rabillo del ojo mientras mantenía su atención fija en los dragones para que Hrardorr pudiera ver lo que estaba ocurriendo.

— Saludos, Lord Skelaroth —dijo Hrardorr en medio del asombrado silencio, transmitiendo sus pensamientos para que todos los que fueran capaces de oír pudieran entender lo que sucedía—.

Bienvenido a tierra firme y a la Guarida del Sur.

Permítame presentarle a Lady Jenet y a Sir Nellin, líderes dragones de esta Guarida, y a sus compañeros, Sir Drake y Sir Mace, y a su señora, Krysta.

Hrardorr parecía dominar el protocolo, presentando primero al liderazgo. Se intercambiaron saludos y luego Hrardorr señaló hacia sus padres.

— Y estos son mis padres, que han llegado esta misma mañana.

Mi padre, Sir Rudrik, y mi madre, Lady Belisandre.

—Hrardorr señaló a ambos dragones ancianos por turno mientras Lord Skelaroth les saludaba formalmente.

Luego dio un paso hacia el núcleo familiar y habló directamente a Lady Belisandre, aunque mantuvo sus palabras al alcance de todos los que pudieran oír.

— Está claro de dónde saca vuestro hijo su herencia de dragón marino, señora —dijo Skelaroth—.

Me complace mucho ver que no es el único ejemplo de la mezcla de nuestros dos linajes.

Vuestra presencia es un buen augurio para la pareja recién formada de dragones de tierra y de mar que ahora hacen su vida en las costas de la Isla del Grifo.

— Acabamos de llegar poco antes que vos, Lord Skelaroth —explicó Belisandre—. Aún no hemos oído todas las noticias.