20. CAPÍTULO 20
L as horas siguientes se le hicieron a Thomas de las más largas de su vida. Se frotaba las manos contra las perneras del pantalón por no tener otra cosa que hacer. No podía dormir. Un único pensamiento lo consumía: la necesidad de escapar.
El ir y venir de Harrison y sus insultos habían dado paso a una inmovilidad fruto del agotamiento. El olor a excrementos humanos lo impregnaba todo. Thomas habría agradecido hasta una bocanada de aire fresco.
Por fin, la cerradura de la puerta se movió.
Con alivio y temor, Thomas vio entrar a la misma figura, con su pistola y un añadido nuevo: un cuchillo de caza que sobresalía de la funda que llevaba al costado.
Movió un poco la cabeza mientras recorría la habitación con la mirada.
La detuvo en Harrison, que seguía meciéndose hacia delante y hacia atrás en el suelo.
De los cortes que tenía en el brazo, donde se había arañado intentando quitarse insectos imaginarios, rezumaban gotas de sangre.
—Tiene que dejarnos salir —dijo Lawrence desde el catre—. Harrison está enfermo. Es alcohólico y está perdiendo la cabeza. Sabe que tenemos dinero, así que déjenos pagarle para acabar con esto de una vez. Diga cuánto quiere. Queremos salir.
—No quiero su dinero. Alguien tiene que confesar —espetó la voz modulada—. Es la única forma de que salgáis de aquí.
—No sabemos qué decirle —dijo Thomas—. Dos de nosotros estuvimos en Georgetown aquel fin de semana. Debió de pasar algo allí. Hemos estado intentando recordarlo. No se nos ocurre nadie a quien hiciéramos daño. Ni nadie que sufriera daño alguno.
—¿Ninguno lo recuerda? —La voz de su captor se alzó, furiosa—. ¿Arruinasteis la vida de alguien y no lo recordáis?
—¿Cómo se la arruinamos exactamente? —preguntó Lawrence—. ¿Murió esa persona?
—¿Lo dice en serio? —rugió su captor.
Lawrence levantó las manos, como si se rindiera y se protegiera la cara al mismo tiempo.
—Mire, lo estamos intentando. De verdad que sí. Tiene que darnos alguna pista.
—No tengo que daros nada —siseó él a través del modulador—. Uno de vosotros tiene que confesar y mostrar el debido arrepentimiento.
El silencio se apoderó de la habitación.
Entonces Lawrence dijo:
—Vale, vale. Le daré una confesión.
Todos volvieron la cabeza de golpe para mirarlo.
—Alguien tiene que hacerlo, ¿no? —Lawrence se encogió de hombros, pero su seguridad parecía fingida. Tragó saliva con dificultad—. Pues... hace diez años hubo un malentendido con una chica después de que pasáramos un tiempo juntos.
—¿Un malentendido? —retumbó la voz distorsionada—. Diga la verdad. Cuéntenos qué le hizo.
Lawrence apartó la mirada.
—No le hice daño. Que eso quede claro. La llevé de viaje a las Bahamas y fue increíble.
En jet privado. La mejor suite de hotel de las islas.
Todo el lujo imaginable. Mantuvimos relaciones íntimas, y juro que fue consentido.
Pero ella había bebido. No me di cuenta de cuánto hasta después.
Fue entonces cuando pareció arrepentirse de lo ocurrido.
Recordaba las cosas de un modo distinto al mío.
Las mujeres de hoy en día... —Puso los ojos en blanco—.
Solo buscan cualquier excusa para denunciar que ha habido juego sucio.
—¿Qué edad tenía? —preguntó su captor.
Lawrence vaciló antes de responder.
—Dieciocho años.
A Thomas se le revolvió el estómago. La chica tenía diecinueve cuando Lawrence había hablado de ella antes.
Ahora tenía dieciocho, como si Lawrence estuviera negociando su aproximación a la verdad, tanteando cuánto tenía que revelar.
A Thomas no le sorprendería descubrir que la chica era aún menor.
Negó con la cabeza, asqueado, aunque también agradecía que Lawrence hubiera hablado.
Por fin podrían salir de aquella prisión, alejarse de Harrison... conseguirle la ayuda que necesitaba.
—¿La violó? —preguntó su captor.
Lawrence soltó una risa desdeñosa.
—No la violé. Como ya he dicho..., después se hizo un lío con lo que quería hacer.
—Lawrence mantuvo las manos en alto—. Ya le extendí un cheque cuantioso, pero la buscaré y me disculparé.
Le extenderé otro. También puedo extenderle a usted uno por la misma cantidad.
Eso es lo que quiere, ¿no? ¿Avergonzarnos para que le demos dinero, pero de una forma que le permita sentirse bien consigo mismo?
¿Me equivoco? Pues ya está. Ha conseguido lo que quería.
Le he dado una confesión. Le extenderé un cheque con un buen fajo de ceros. Ahora déjenos salir.
—Está enfermo. —Su captor resopló. A través del modulador, el sonido se convirtió en un ronquido bajo y venenoso.
Lawrence abrió las palmas de las manos.
—Discrepo. Pero he confesado. ¿Hemos terminado ya?
—No, no hemos terminado —respondió su captor—. Sois todos peores de lo que pensaba. Violadores. Borrachos. Merecéis estar aquí. —Pasándose la pistola a la mano izquierda, agarró el cuchillo—. Si no estáis preparados para confesar, necesitáis un incentivo.
Se volvió hacia Harrison, que seguía en el suelo junto al frigorífico.
—Mire, en este estado no puede aclarar nada —dijo Jake—. Tráigale una botella de licor. Por favor.
Su captor ladeó la cabeza. Por un instante, Thomas pensó que quizá accedería.
En lugar de eso, señaló bruscamente con la pistola el rincón más alejado de la habitación.
—Poneos allí. Todos.
Harrison apoyó una mano sobre el frigorífico para levantarse.
Su captor se movió deprisa. Tan deprisa que Harrison ni siquiera lo vio venir.
El cuchillo descendió.
Un chorro oscuro de sangre atravesó la habitación.
Hubo un lapso de estupefacción. Entonces Harrison lanzó un alarido inhumano que Thomas esperaba oír en sus pesadillas durante el resto de su vida.
Su captor retrocedió hasta la puerta, sin dejar de apuntarlos con la pistola y con el dedo amputado en el puño.
—¿Crees que eso duele? No es nada comparado con desangrarse sobre unos adoquines, tan lejos de casa y antes siquiera de haber empezado a vivir. Eso fue lo que sintió ella. La próxima vez podría ser una parte del cuerpo sin la que no puedas vivir.
Harrison se retorcía de dolor, apretándose la mano contra el pecho mientras la sangre manaba entre sus dedos y se extendía por su camisa blanca.
La puerta se cerró de golpe. La cerradura y los cerrojos encajaron con un chasquido.
Los gritos de Harrison se disolvieron en una retahíla de obscenidades.
Thomas apenas podía asimilar lo que acababa de ver y oír. Le pitaban los oídos. La sangre le martilleaba en las sienes.
Lawrence seguía pegado al rincón de la habitación.
Solo Jake reaccionó y se puso en marcha: se abrió la camisa de vestir con tanta rapidez que todos los botones se soltaron a la vez. Se quitó de un tirón la camiseta interior y la envolvió alrededor de la mano herida del diplomático.
Harrison chilló cuando Jake lo tocó.
La camiseta se empapó enseguida de sangre.
Jake la recolocó.
—Thomas, ayúdeme a detener la hemorragia —dijo.
Thomas se arrodilló junto a Harrison y le apoyó con firmeza una mano en el hombro.
—Se pondrá bien —dijo, aunque no estaba seguro de creerlo.
Los insultos de Harrison se transformaron en gemidos. Le temblaba todo el cuerpo. Tenía la piel fría y húmeda.
—Está entrando en shock —dijo Jake—. Lawrence, deme una manta.
Pero Lawrence no se movió del rincón. Con el rostro blanco, no podía apartar la mirada de las salpicaduras de sangre mezcladas con la suciedad y la mugre del suelo.
—¡Lawrence! —gritó Jake.
Lawrence no hizo ademán de ayudar.
Thomas cogió las dos mantas de los catres. Envolvió con ellas a Harrison mientras Jake mantenía el vendaje improvisado en su sitio.
La hemorragia estaba disminuyendo y Harrison había enmudecido. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Respiraba a bocanadas rápidas y entrecortadas.
—Necesita un hospital —dijo Thomas.
—Lo sé. —La voz de Jake sonaba plana, desprovista de emoción.
Debía de haber aprendido a compartimentar el horror—.
El tipo que nos tiene aquí... está yendo a más.
Ninguno saldrá hasta que alguien diga la verdad.
Así que, quienquiera que sea el responsable, que lo haga ahora, antes de que las cosas empeoren mucho.
—Miró a Thomas. Después a Lawrence. Y de nuevo a Thomas.
Harrison gimoteó.
El olor de la sangre se mezclaba con el hedor de los cubos.
Aquello parecía el infierno.
Y en el silencio conmocionado que siguió, Thomas se preguntó si su captor tenía razón y todos ellos merecían estar allí.