Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 12. CAPÍTULO 12
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12. CAPÍTULO 12

V ictoria quería a su padre. No había entre ellos dinámicas familiares tensas ni complicaciones.

Él siempre había estado a su lado, pasara lo que pasase.

Victoria no tenía nada malo que decir de él.

Tampoco había encontrado información preocupante como la que sus compañeros habían descubierto sobre Harrison y Lawrence.

Aun así, exponer sus antecedentes ante los demás agentes le parecía una especie de traición. Una invasión de su intimidad.

—Adelante, Victoria —dijo Rivera.

Victoria tomó aire despacio, de forma deliberada.

Todavía le costaba tener paciencia. Seguía queriendo estar fuera, buscando, trabajando con la policía y con los agentes que rastreaban las grabaciones de las cámaras y llamaban puerta por puerta, en vez de permanecer sentada a aquella mesa investigando.

Pero aquello era lo que exigía su trabajo.

Analizar. Encontrar patrones. Comprender todos los aspectos de la situación.

Los perfiles que sus compañeros y ella estaban elaborando podían conducirlos hasta los móviles.

Los móviles llevaban a los sospechosos. Seguir a los sospechosos los conduciría hasta su padre.

A menos que el crimen fuera aleatorio. En ese caso, por mucho que investigaran y analizaran, nada podría dar sentido a lo ocurrido.

Deja de cuestionarlo todo, se dijo. Confía en lo que estamos haciendo.

Compartió una foto reciente de su padre, sacada del carrete de su propio teléfono.

No era una fotografía de primer plano como las demás que habían visto.

Estaba en una barca, en la casa del lago de la familia, vestido con unos pantalones cortos deshilachados y una camiseta azul marino de manga larga.

Una leve sonrisa le asomaba al rostro. Siempre estaba disponible cuando Victoria necesitaba que cuidase de sus perros o le aconsejara sobre la casa y las finanzas.

Nunca tenía inconveniente en echar una mano a Ned en la extensa propiedad donde vivían él y Victoria.

Había trabajado con ellos reparando vallas e incluso ayudaba de vez en cuando a limpiar los establos de los burros.

Era un padre maravilloso y un buen amigo para muchos.

Victoria quería que todos lo vieran como lo veía ella.

Empezó a hablar y, aunque no era su intención, se dio cuenta de que exponía los hechos como una abogada durante el alegato inicial.

Como una abogada defensora. —A diferencia de Harrison y Lawrence, mi padre no estudió en Georgetown.

Se graduó en la Universidad de Virginia.

Dirige una empresa financiera en Washington D.

C. Lleva treinta años levantándola. Sus clientes confían en él.

Sus amigos también. No se me ocurre un solo enemigo.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Victoria alargó la mano de golpe y lo agarró. La pantalla se iluminó con un mensaje enviado desde el número de su padre.

Leyó el mensaje en voz alta. —Tengo a cuatro hombres. Uno debe confesar. El crimen ocurrió hace diez años. A estas alturas ya debería estar dispuesto a quitarse ese peso de encima. He esperado bastante. Se le acaba el tiempo.

Victoria tuvo que tragar saliva para vencer el miedo que le atenazaba la garganta. El mensaje le recordó la cuenta atrás de una bomba acercándose a cero.

—¿Estás bien, Victoria? —preguntó Sam.

—Sí, estoy bien —respondió ella.

—No parece que esto tenga que ver con el dinero ni con utilizar a alguien como medio de presión —dijo Peterson.

—No, no lo parece —convino Victoria. Le decepcionaba que aquel crimen no estuviera motivado por la codicia. Eso sí podían entenderlo. Habían llevado casos similares y contaban con protocolos para los siguientes pasos. De momento, seguían adentrándose en terreno desconocido.

—Analicemos ese mensaje palabra por palabra —dijo Sam—. Está escrito por completo en primera persona del singular. Pero ¿podría una sola persona organizar todo esto? ¿Secuestrar a cuatro hombres, incluido un equipo de seguridad?

Peterson entrecerró los ojos mientras observaba los nombres escritos en la pizarra blanca. —No parece probable que haya un solo autor. Las víctimas tienen un perfil demasiado alto. Lo más probable es que sea un grupo.

—Y vamos a identificarlos, ya sea una sola persona o un pequeño ejército —dijo Rivera—.

La siguiente pista es «hace diez años». No es que acote demasiado la búsqueda, pero ayuda.

Empezaremos por averiguar dónde estaba cada uno de los secuestrados hace diez años y qué estaba haciendo.

Quiero una lista de todas las personas con las que se haya enemistado cada uno de esos hombres.

—¿Diez años justos desde hoy? —preguntó Victoria—. No está claro si se refiere literalmente al décimo aniversario o si solo indica un periodo aproximado.

—Empezad por el día exacto —respondió Rivera—. El 17 de mayo. Después ampliad la búsqueda a los días anteriores y posteriores. Tenemos que trabajar deprisa. Con cada hora que pasa, la situación se vuelve más peligrosa.

Victoria lo sabía. Dios, claro que lo sabía. Tenía que concentrarse en la investigación en lugar de pensar en el miedo y la incertidumbre que su padre podía estar sintiendo en aquel preciso instante. Rezó para que no estuviera sufriendo.

Su mirada regresó al nombre de su padre, escrito en la pizarra junto a los otros tres. Ojalá supieran cuál de ellos tenía que confesar. Así podrían centrarse en el pasado y las fechorías de esa persona en vez de dividir sus esfuerzos entre cuatro vidas distintas.

Los ojos de Sam se encontraron con los suyos al otro lado de la mesa. —¿Sigues dentro, Victoria? ¿Puedes ser objetiva con esto o prefieres que yo investigue el pasado de tu padre?

Ella levantó la barbilla. —Si ha hecho algo que lo haya convertido en un objetivo, lo encontraré. Puedo soportarlo. Tengo una idea mucho más precisa que cualquiera de vosotros de lo que hacía hace diez años. Y sabes que haré lo que sea necesario para recuperarlo. Así de sencillo.

Nadie puso objeciones.

Victoria no quería descubrir que su padre guardaba secretos incriminatorios capaces de justificar aquel secuestro.

Pero nadie tenía un pasado perfecto. Todo el mundo cometía errores.

Si había secretos en su historia, ella los encontraría.

Era lo que hacía. Caso tras caso. Había destapado transgresiones tan espantosas que costaba creer que sus autores hubieran logrado salir impunes durante tanto tiempo.

Y ahora contaba con una ventaja en la investigación.

Tenía acceso a muchos de los archivos personales de su padre y también a sus propios recuerdos.

Su vida podía depender de que averiguaran qué había hecho o a quién había perjudicado diez años atrás.

El teléfono de Rivera sonó. —Es la Policía Metropolitana —dijo. Atendió la llamada y salió de la sala de reuniones.

Mientras los demás agentes se concentraban en sus portátiles, Victoria recorrió las fotos de su teléfono. Imágenes de los perros. De los burros. De Ned y ella haciendo senderismo. Más perros. La familia de gansos que se había instalado en el estanque del vecindario.

Se detuvo al llegar a un acontecimiento que recordaba bien. El fin de semana de la graduación de Alex. Diez años atrás, en mayo, en la Universidad de Georgetown.

Había sacado muchas fotografías de su familia, una costumbre que adquirió después de la muerte de su madre. Victoria era consciente de que cualquier ocasión podía ser la última en la que estuvieran todos juntos. Quería conservar recuerdos tangibles y no tener nada de lo que arrepentirse.

Tenía una foto de su padre con una americana oscura en el césped de la universidad, acompañado por su abuelo y su abuela. Entrecerraba los ojos bajo el intenso sol.

Victoria amplió el rostro de su padre. Nada en aquella fotografía indicaba que guardase secretos oscuros, solo mostraba una mezcla agridulce de emociones. Se alegraba por Alex, pero era consciente de la ausencia de su esposa en una celebración en la que debería haber estado con ellos.

Sin embargo, la gente ocultaba cosas y rara vez mostraba al mundo toda la verdad. La carrera de Victoria se había construido sobre ese conocimiento. La siguiente fotografía, una en la que aparecía ella, confirmaba ese hecho.

Victoria sonreía con la mejilla pegada a la de su abuela. Parecía que solo tuvieran pensamientos serenos. Pero Victoria sabía que no era así.

Aquella mañana habían recibido una noticia inesperada.

Su padre y ella estaban en casa de sus abuelos antes de la ceremonia de graduación de Alex.

Su abuela, Eleanor, siempre estaba lista antes que nadie. Había preparado para todos un magnífico desayuno con café recién hecho, fruta y bagels.

Su padre se levantó de la mesa para atender una llamada. Las arrugas de su frente se acentuaron mientras escuchaba.

No estuvo al teléfono ni un minuto. Después se quedó allí de pie, con una mano sobre el teléfono que había dejado en la encimera.

—Era de la prisión —dijo al fin—. Jules Johnson murió anoche.

Todos los miembros de la familia de Victoria conocían el nombre de Jules Johnson. Había ayudado a planear el secuestro de su madre. Era el único al que habían atrapado y se había negado a revelar los nombres de sus cómplices, demostrando que sí había honor entre ladrones.

Llevaba años encerrado en una celda, cumpliendo una condena que lo habría mantenido allí durante casi toda su vida.

—¿Cómo? —había preguntado su abuelo desde la puerta.

—Lo apuñalaron. En las duchas —respondió Thomas—. Lo mató otro preso. Aún no saben por qué. Pero creen que fue un asesinato por encargo.

—Bueno... —dijo al fin su abuelo. Dejó la taza de café sobre la encimera—. Bueno —repitió.

Eso fue todo.

Lo que Victoria más recordaba era la reacción de su abuela. Eleanor se había tapado la boca con las manos y después había salido de la habitación.

Regresó unos minutos más tarde, serena y con los ojos secos. —Hoy no hablaremos de él. Ya nos ha arrebatado bastante. Es hora de celebrar lo de Alex.

Nadie volvió a mencionar la muerte de Jules Johnson. Ni aquel día ni ningún otro. Pero Victoria sí había pensado en él. Se había preguntado quién había pagado para que lo asesinaran. Porque alguien lo había hecho. Se preguntó quién sería aquella persona. Cuál sería su motivación.

Después se había obligado a apartar esos pensamientos de su mente.

Hasta ahora.

No tenía elección.

Rivera regresó a la sala mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo. —El equipo forense ya está en el lugar. Están examinando el todoterreno y la zona. De momento no han encontrado nada que nos resulte útil. ¿Alguien tiene alguna novedad que comunicar?

—Sé exactamente dónde estaba mi padre hace diez años —dijo Victoria.

Todos la miraron.

—Estaba en la Universidad de Georgetown. Y yo también. Todos habíamos ido para asistir a la graduación de mi hermano.

—Lawrence Goodman también estaba allí —dijo Peterson—. Aquel año le rindieron homenaje por una donación. Acabo de descubrirlo mientras investigaba.

—¿Y Harrison? —preguntó Victoria.

Sam retorció el cordón de su sudadera y respondió: —Por lo que he podido averiguar, en aquel momento estaba en Alemania.

Victoria asimiló la nueva información. Dos de los cuatro desaparecidos habían estado en Georgetown diez años atrás. Teniendo en cuenta que también los habían secuestrado en la universidad, parecía un dato relevante.

Jake Miller no tenía ninguna relación previa con Georgetown. Al menos, Sam no había encontrado ninguna. Había estado en el lugar equivocado y en el momento equivocado, haciendo su trabajo. Victoria sintió una punzada de compasión por él.

Georgetown podía ser la clave. Algo debía de haber ocurrido allí.

Los agentes solo tenían que descubrirlo.