4. CAPÍTULO 4
V ictoria entró a toda prisa para buscar a su abuelo.
—Ahí estás —dijo él al verla.
—Perdona, abuelo. Tenemos que irnos.
Él escuchó mientras Victoria le explicaba la situación.
—¿No crees que habrán parado en algún otro sitio por el camino? —preguntó.
—No, él no puede hacer eso.
—¿Cómo que no puede?
—Quiero decir que sí puede, pero va con un agente de la CIA que tendría que informar de cualquier parada que no estuviera autorizada de antemano. Además, ese mensaje se envió desde su teléfono. Papá jamás me mandaría algo así. No tiene ninguna gracia.
—Tienes razón. ¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.
—Mis compañeros están al tanto de la situación. Me reuniré con ellos y les contaré lo que sé.
Volvió a mirar el teléfono por si había recibido otro mensaje o una respuesta al último que había enviado. Nada.
Los pensamientos se le agolpaban en la cabeza y la adrenalina le recorría el cuerpo.
Bastante esfuerzo le costaba no echar a correr mientras avanzaba hacia el coche al paso de su abuelo.
Sus problemas de salud le daban derecho a una tarjeta de estacionamiento para personas con discapacidad.
Ella le había dicho que solicitara una, pero él no quería.
Aquel día les habría venido bien. La impaciencia le revolvía las entrañas.
Él se detuvo, aferrado al bastón.
—Debería ir contigo y ayudar.
—Gracias, abuelo —dijo ella, suspirando al ver que parecía aminorar aún más el paso—. Pero necesito llevarte a casa para poder concentrarme en encontrar a papá. Eso sí, ten el teléfono a mano por si necesito localizarte.
Por fin llegaron al coche. Victoria abrió la puerta del copiloto, deseando haberle pedido un vehículo o haber solicitado a alguien de la recepción que lo llevara a casa.
Pero no había pensado con claridad. Además, llevarlo ella misma era lo correcto.
Sentía como si acabara de perder a su padre por un giro inesperado de los acontecimientos.
No podía perder también a su abuelo. Tenía que asegurarse de que llegara sano y salvo.
Después iría directa a la oficina para averiguar qué estaba pasando.
Su abuelo subió al coche. No siguió discutiendo, y Victoria se lo agradeció.
Ella se acomodó al volante.
—Ponte el cinturón —dijo mientras ya salía marcha atrás.
Cuando estuvieron en carretera, llamó a su asesor financiero. Saltó el buzón de voz.
—Steve, soy Victoria Heslin. Se han llevado a mi padre. Lo han secuestrado. Si recibo una petición de rescate, necesito estar preparada. No puede haber demoras. Por favor, liquide parte de mis activos. Tres millones para empezar. Después, llámeme.
Cuanto antes satisficieran las exigencias de los secuestradores, más posibilidades habría de que su padre regresara sano y salvo. No esperaba que Rivera ni el FBI discreparan de ella en ese punto, aunque todavía no estaba segura.
—Así que sí puedes permitirte unos zapatos nuevos —dijo su abuelo—. Pero yo también puedo ayudarte con el dinero.
—Gracias. Te avisaré si necesito más.
—Tu madre... —empezó él.
—Ya sé lo que pasó —dijo Victoria, acelerando para cruzar un semáforo en ámbar—.
El FBI lo hizo todo bien, siguió todos los protocolos de negociación.
Mi padre reunió el dinero del rescate...
y, aun así... —Apretó los dientes, incapaz de pronunciar aquellas palabras en voz alta—. Esta vez será diferente.
—No iba a decir eso. Iba a decir que tu madre estaría orgullosa de ti. De cómo estás afrontando esto y de los recursos que tienes a tu disposición.
Victoria inspiró hondo y le dedicó una sonrisa tensa, con los labios apretados.
Tenía razón. Su puesto les daba ventaja.
Sabía exactamente a quién llamar y cómo poner las cosas en marcha, y tendría acceso a información privilegiada.
Pero si, Dios no lo quisiera, aquello no acababa bien, jamás se lo perdonaría.
Si ella no hubiera pronunciado aquel discurso, su padre no habría estado en Georgetown. Fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo, él no se habría visto involucrado.
Mientras cambiaba de carril, intentando llegar a casa de su abuelo en tiempo récord, llamó a su prometido. Un primo de Ned se graduaba aquel mismo día. Ante la insistencia de Victoria, él había ido a reunirse con su familia.
Ned respondió al segundo tono.
—¿Qué tal ha ido tu discurso?
—Bien, pero tenemos un problema grave. Han secuestrado a mi padre en el campus.
—¿Qué? ¿Cómo lo sabes?
Mientras atravesaba Georgetown, le contó los hechos: la precipitada marcha de su padre con los otros tres hombres y el inquietante mensaje que había recibido desde el teléfono de este.
—Voy a llevar a mi abuelo a casa y después iré a la oficina local. Rivera organizará un grupo especial.
—Claro. Sí. Eso está bien.
Victoria y el agente Dante Rivera habían tenido una relación amorosa en el pasado. Habían seguido siendo amigos y compañeros, y desde entonces su relación había sido estrictamente profesional. Ned lo sabía. Nunca había dicho que le molestara.
—¿Qué puedo hacer para ayudar? —preguntó Ned.
—Cuando vuelvas, ocúpate de los perros, por favor, para que yo pueda trabajar en esto.
Puede que esta noche no vuelva a casa. —No sabía cuánto duraría la situación, aunque rezaba para que todo terminara pronto.
Sin saber por qué se habían llevado a los hombres ni qué querían sus captores, ni siquiera podía calcular unos plazos.
—Hecho. Avísame si surge cualquier otra cosa. Te quiero, Victoria. Vas a encontrarlo.
—Sí. Lo haré. Voy a encontrarlo. Yo también te quiero, Ned.
—Se lo decía todos los días, pero en aquel momento sentía esas palabras más que nunca.
Nada como la posibilidad de perder a alguien para hacerte valorar todo lo que tenías en la vida y lo fugaz que podía llegar a ser.
Un minuto estaba con su padre y al siguiente él había desaparecido.
Ojalá se hubiera quedado a su lado en vez de intentar evitar la recepción durante unos minutos más.
Tal vez nada de aquello estaría sucediendo.
Estarían juntos en la Alumni House, ajenos a la desgracia de la que se habrían librado por los pelos.
Pero no tendría una segunda oportunidad para revivir aquel día, ni ningún otro.
Terminó la llamada y siguió conduciendo.
Veinte minutos después, llegaba a casa de su abuelo, una gran vivienda de estilo colonial apartada de la calle y rodeada de árboles maduros.
Maureen, su ama de llaves interna, había aparcado su Subaru plateado a un lado del camino de entrada.
—Llámame en cuanto sepas algo —dijo su abuelo mientras ella lo ayudaba a salir del coche y a llegar hasta la puerta principal, avanzando penosamente cuando lo que Victoria quería era correr.
—Estará bien —añadió él—. Es mi yerno favorito.
—Es tu único yerno, abuelo.
—Eso no cambia lo que he dicho.
Lo dejó con su ama de llaves y condujo hacia la oficina local del FBI en Washington, con la mente ya en modo investigador. El mensaje se repetía en su cabeza: Los 4 hombres están a salvo. De momento. ¿Qué quería el secuestrador? ¿Un rescate? ¿Información? ¿Algo más?
El hermano de Victoria la llamó mientras ella atravesaba Judiciary Square.
Ya lo sabía.
—El abuelo acaba de llamarme y me ha contado lo que ha pasado. Joder. ¿De verdad crees que alguien se los ha llevado?
—A estas alturas no se me ocurre ninguna otra explicación, así que sí. Pero ya estoy trabajando en ello. Te lo prometo.
—Lo sé. Me alegro de que seas tú. Eso es bueno. ¿Voy para allá?
—Todavía no, Alex. No hasta que tengamos más información.
Te mantendré al tanto. —No quería que su hermano se apresurara a tomar un vuelo de Colorado a Washington D.
C. Acababa de empezar un trabajo nuevo, tenía una esposa embarazada y, en ese momento, poco podía hacer allí aparte de compartir su preocupación.
Angustiarse no ayudaría, y ella necesitaba recordárselo también a sí misma, porque se le daba bastante bien imaginar todos los peores desenlaces posibles.
Así era como anticipaba los siguientes movimientos y lograba ir un paso por delante en sus investigaciones.
Pero en aquella situación, con su padre implicado, tenía que mantener el control.
Ya en el edificio de la oficina local del FBI, Victoria mostró sus credenciales al personal de seguridad y tomó el ascensor hasta la quinta planta.
Los tacones bajos que se había puesto para la ceremonia repiquetearon sobre las baldosas mientras avanzaba casi corriendo por el pasillo.
Quería arrancárselos y ponerse un calzado con el que pudiera correr.
Se detuvo en seco ante la puerta abierta de una sala de conferencias.
Varios agentes con ordenadores portátiles estaban sentados alrededor de una mesa grande: su amigo Sam y el agente Dave Peterson, que vestía ropa de golf.
El agente Rivera permanecía de pie a la cabecera, delante del emblema del FBI colgado en la pared.
Llevaba gorra, camiseta y pantalones cortos de baloncesto.
Era evidente que había ido directo desde el gimnasio y no se había detenido a cambiarse.
Sam vestía vaqueros y una sudadera gris con capucha, su indumentaria habitual, lo que hacía imposible saber si se había apresurado a acudir a la oficina como Rivera o si ya estaba trabajando allí un sábado.
Por lo que Victoria sabía tras haber trabajado con él, lo más probable era que ya estuviera en la oficina.
Durante un segundo espantoso, pensó que se trataba de alguna otra crisis que exigía los mismos recursos.
Entró precipitadamente en la sala.
Rivera sostuvo su mirada.
—Victoria. Ya estás aquí.
—¿En qué estáis trabajando? —preguntó ella, casi sin aliento.
—En el secuestro de tu padre —respondió Rivera—.
¿En qué otra cosa íbamos a estar trabajando?
Hemos confirmado la identidad de las cuatro personas desaparecidas.
El jefe de Protocolo Harrison Porter. El filántropo Lawrence Goodman.
El agente de la CIA Jake Miller. Y tu padre, el financiero Thomas Heslin.